Fatiga revolucionaria

Rocio San MIguel

ROCÍO SAN MIGUEL
rociosm@cantv.net 

 

Existen varios signos de debilidad, pero el mayor es la moral de esta revolución. Esa que divide entre revolucionarios y apátridas, bolivarianos y traidores, por el solo hecho de criticar o no estar de acuerdo con este gobierno

 

Varios son los signos de debilidad del gobierno que cada día están más de manifiesto. Uno es la imposibilidad de sumar nuevos rostros al equipo de alta dirección. De allí que encontremos a funcionarios claves al frente de dos despachos sin la posibilidad de llevar con eficacia ninguno de los dos. Vicepresidente de la República ejerciendo el cargo de ministro de Agricultura y Tierras.

El ministro de la Defensa ejerciendo el cargo de Comandante Estratégico Operacional. Por traer un ejemplo de algo más profundo que está a la vista de todos. El Presidente se queda solo.

Otro de los ejemplos patéticos es la utilización una y otra vez, como comandantes de las paradas militares de actos claves: Trasmisión de mando del ministro de la Defensa, conmemoración del 4F, etc., de individuos radicales probados en el proceso de partidización de la Fuerza Armada Nacional. Allí aparecen los Alcalá Cordones y el Benavides Torres.

Sujetos dispuestos a transgredir la Constitución a todo pulmón para hacerle creer al mundo que Chávez finalmente se hizo de la FAN.  La verdad es que todo el mundo evade ese compromiso que les avergüenza y los marca no sólo entre sus pares sino frente a la sociedad.

La propia defensa del General Rangel Silva, que se hace permanentemente desde el discurso oficial, antes que limpiarlo de dudas, lo enloda, pues muchos subalternos se preguntan si vale la pena contar con un ministro de la Defensa  al que debe estársele defendiendo a cada rato. ¿Acaso un solo individuo representa a la FAN? Eso está como el tema de la enfermedad presidencial. Si no está enfermo, ¿por qué a cada rato estar desmintiéndolo…?

Pero sin duda el mayor signo de debilidad es la moral de esta revolución. Esa que divide entre revolucionarios y apátridas, bolivarianos y traidores, por el solo hecho de criticar o no estar de acuerdo con este gobierno. Una moral revolucionaria que justifica unos golpes de Estado y defiende otros. Que ha incorporado el concepto del enemigo interno. Que promete el desarme desde una Comisión Presidencial que ha sido inútil por 9 meses, contradiciéndose al siguiente día para amenazarnos diciendo que está armada.

 

Una revolución que después de 13 años pretende convertir  a los ciudadanos en “sapos”, en policías de nosotros mismos  ante el fracaso de la obligación del Estado de darle seguridad a sus ciudadanos. Ahora con agravantes mayores que los del 2008 cuando se trató de implantar la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia que los venezolanos le obligamos al Presidente a derogar. Con esta nueva Ley quienes nos neguemos a ser sapos, amparados en nuestros derechos constitucionales, seremos objeto de multas que irán entre 35.000 y 76.000 bolívares.

El Presidente quiso hacerles creer a los más pobres  que él es igual a ellos y ellos son igual a él. Que la oposición está en contra de él y en consecuencia en contra de ellos. Esta ecuación que le ha venido funcionado por más de una década sin ser combatida eficazmente por la oposición, comienza a debilitarse ahora más que nunca y aceleradamente porque ya es inocultable el quiebre moral de esta revolución que encarna en sí misma todos los vicios del poder.

 

 

 

 
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