JUEGO DE DAMAS

Angeles Espinosa


ÁNGELES ESPINOSA

 

Llevo varios días dándole vueltas a la imagen. Se produjo durante la toma de posesión de Daniel Ortega. La cámara, que acababa de enfocar al presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, se paró un instante sobre la esposa de éste. La intuí más que reconocerla, oculta como estaba bajo el chador ajustado a la altura de la barbilla y que apenas dejaba ver sus características gafas. ¿Qué significaba la presencia de Azam Farahí junto a su marido en la ceremonia? ¿Cuál era el mensaje?

 

Azam Farahí, esposa del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad.

Cierto que otras primeras damas acompañan a sus maridos jefes de Estado en las visitas oficiales. Pero no es lo habitual ni en la región ni en Irán. No recuerdo ningún viaje del presidente Jatamí con su esposa, Zohreh Sadeghi. A las de sus predecesores, Rafsanyaní y el ahora líder supremo Ali Jameneí, ni siquiera las hemos visto en una foto. Tampoco es la primera vez que Farahí, ingeniera con un máster en educación, se traslada con Ahmadineyad en un viaje de trabajo. Estuvo con él en una de sus primeras visitas al extranjero, en Kuala Lumpur en 2006, y más sorprendente aún, en 2009, intervino en un foro contra el hambre en Roma.

Desconozco si ese gesto es una prueba de la modernidad que algunos círculos adscriben al presidente iraní, o simplemente del interés de su esposa por conocer el mundo. En cualquier caso, la imagen que proyecta resulta escasamente moderna. Y no sólo por su vestimenta, que oculta el cuerpo como si fuera algo pecaminoso o de lo que avergonzarse. Es su elección como dejó claro a finales del año pasado durante un viaje a Jorasán del Sur (al este de Irán) en el que defendió el hiyab[i] y acusó a los países occidentales de prohibirlo (sic).

Estoy convencida de que estas apariciones públicas de las señoras de no son casuales. Tal vez buscan suavizar la imagen de sus cónyuges, hacerles más cercanos o atraer a esa mitad de la población que en esta parte del mundo suele estar segregada, por ley o por costumbre. ¿Funciona? Tal vez más en el extranjero que en sus propios países. Miren sino lo que ha sucedido con las guapas oficiales de Oriente Próximo, Rania de Jordania y Asma de Siria.

Desde que empezaron las revueltas árabes, la glamurosa reina Rania, cuyos caros y occidentalizados gustos molestaban a sus compatriotas beduinos, mucho más conservadores y menos acomodados, ha desaparecido del papel cuché y sus actividades públicas se centran en la educación infantil. Su marido, el rey Abdalá, está tratando de capear el goteo de protestas con cambios políticos más cosméticos que reales. Pero hasta el momento, los islamistas (la única oposición organizada) no se han lanzado a la yugular.

 

Asma, la esposa del presidente sirio, Bashar al-Assad , hace acto de presencia con sus dos hijos, Karim y Zein, durante un mitin en apoyo de su marido en Damasco, 11 de enero 2012.

Más complicado lo tiene Asma, a quien algunos medios internacionales llegaron a apodar la Rosa del Desierto. Con Bachar el Asad en la cuerda floja, el símbolo de coexistencia que representaba que una suní originaria de Homs se hubiera casado con un alawí ha quedado olvidado. Como quedó claro durante su reciente aparición en una manifestación pública en la que intervino su marido, la antigua banquera de inversiones respalda a su hombre. ¿Qué otra cosa podría hacer? Tiene pasaporte británico, así que podría haberse ido, apuntan algunos sirios. Otras voces piden en Twitter que Londres le retire el pasaporte por “complicidad con un criminal de guerra”.

¿Cuál será su destino? Hasta ahora las esposas de los líderes árabes derrocados han encontrado refugio en países vecinos, bajo un pacto de honor sobreentendido que las deja al margen de las intrigas del poder, aunque alguna haya ejercido una notable influencia. Así, la primera mujer de Sadam, Sayida, fue acogida en Qatar, mientras la segunda, Samira, vive con su familia en Líbano. Lo mismo con la mujer de Ghadafi, Safiya, y su hija, Ayesha, a quienes ha dado asilo Argelia. Más difícil es saber dónde para Leila Trablesi, la ex primera dama de Túnez, a la que se acusa de haber sacado del país 1,5 toneladas de oro. Aunque Ben Ali aceptó la hospitalidad de Arabia Saudí, no está claro que Leila esté aburriéndose con él en el palacio de Yeddah al que le han confinado sus anfitriones.

La única que ha permanecido en su país después de la caída en desgracia de su marido es Suzanne Mubarak. Fue detenida brevemente en mayo del año pasado, pero quedó en libertad después de entregar al estado sus propiedades y el dinero de sus cuentas, unos cuatro millones de dólares en total. Mientras su marido y sus dos hijos han aparecido humillados ante el tribunal que los juzga, ella no ha vuelto a ser vista en público desde que un avión la trasladó a Sharm el Sheij con el ya depuesto presidente hace ahora un año.

Sobre la autora: Ángeles Espinosa lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

 

@ELPAIS

 

 

 

 



[i] El hiyab es un código de vestimenta femenina islámica que establece que debe cubrirse la mayor parte del cuerpo y que en la práctica se manifiesta con distintos tipos de prendas, según zonas y épocas. En sentido restringido, suele usarse para designar una prenda específica moderna, llamada también velo islámico.

 
Etiquetas ,

Artículos relacionados

Top