Los mitos que Capriles derribó

Roberto Giusti

Roberto Guisti


ROBERTO GIUSTI
rgiusti@eluniversal.com 

 

Por encima de la disciplina y organización se impuso la movilización espontánea

 

La victoria de Henrique Capriles, que es la victoria de la coherencia y de unos principios que venía sosteniendo desde el principio de su carrera política, pone en entredicho varios mitos. Uno de ellos es la existencia de una maquinaria partidista como condición ineludible para ganar elecciones. Y decimos “en entredicho” porque si bien es cierto que la época dorada de los aparatos partidistas terminó hace ya mucho tiempo, también lo es que algunas señales del pasado reciente parecían indicar la sobrevivencia de algunos mecanismos capaces de incidir electoralmente. Se suponía, por ejemplo que, sobre todo Acción Democrática, mantenía una red organizativa nacional capaz de movilizar, al menos, unos 900 mil electores, de acuerdo con los resultados de las elecciones parlamentarias del 2010. Pero eso no ocurrió.

La maquinaria falló con Pablo Pérez, lo cual indica que no se puede equiparar los resultados de unos comicios donde se elige dirigentes regionales con la elección de un líder nacional, en este caso, aspirante a candidato presidencial, quien, además, con todos y sus atributos políticos, tenía poco reconocimiento fuera del estado Zulia. Ocurre, además, que ahora los militantes no cogen la línea que viene de arriba con la facilidad de antes y se han apropiado de un mayor margen de autonomía al tomar sus propias decisiones sin que ello implique su abandono del partido.

Otro elemento, aunque discutible, es que las maquinarias resultan, a la postre, estructuras clientelares que se alimentan de los recursos casi siempre provenientes del poder y cuando el chorro se adelgaza o deja de fluir totalmente, el mito se deshace en la nada. Y decimos “discutible” porque podría aducirse que las maquinarias de los partidos siguen funcionando y relativamente bien, pero que el electorado, ahora con voluntad propia (y nos referimos tanto a los militantes como a los sin partido) anda a la búsqueda de algo distinto y no le compró el discurso a Pablo Pérez por su cercanía a un pasado que no está interesado en reeditar.

Pero más allá de todo eso hay una pregunta clave: ¿no ganó Capriles porque disponía de una maquinaria más poderosa que los partidos tradicionales? Y la respuesta es negativa. Por encima de los criterios de disciplina y organización, se impuso una movilización espontánea estimulada por un discurso de unión, de inclusión y de reconciliación (y eso incluye a los partidos tradicionales) dirigido a quebrar otro mito aún vigente y que se querrá revivir en la campaña electoral: aquel según el cual el discurso disolvente, de la confrontación y la polarización, la clave de los éxitos electorales de Chávez, ha sido superado por la realidad de un país que está cambiando a un ritmo vertiginoso.

 


 

 
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