EN UN OSCURO CALLEJÓN

Peter K. Albers

PETER ALBERS
peterkalbers@yahoo.com

 

En abril de 2003 me robaron mi carro. Era una vieja “ranchera” modelo 1985, bastante gastada ya. Quisiera pensar que los que me la robaron no tienen mucha culpa, pues tal vez lo hicieron porque tenían hambre y, como lo dijo el Sr. Chávez una vez, tal cosa no es delito. Eso, según él… Pero no creo que les haya dado mucho de comer, pues mi vieja camioneta ya llevaba tres rectificaciones de motor y no aguantaba una cuarta, y tenía la carrocería bastante picada, aunque por fuera lucía como recién pintada. Esas, entre otras “fallitas”. En todo caso, fui una víctima más entre esos venezolanos que, desde hace trece años, vivimos con esta “sensación de inseguridad” que nos está matando.

Después de siete meses de “pedaleo” me pude comprar un carro nuevo. Del modelo que escogí junto con mi esposa, había dos versiones. Una más costosa, con asientos de cuero y radio con reproductor de CD, y otra más económica y al alcance de mi bolsillo, con asientos de tela y radio con reproductor de casetes. A fin de cuentas, creo que salimos ganando, pues siempre he pensado que el sonido reproducido de soportes analógicos, como los viejos discos de acetato LP y las cintas de casetes, es mejor que el digital, reproducido por los equipos de CD o MP3.

Pero sea casete o CD, cualquier equipo es bueno como “cortacadenas” en el carro, y sus beneficios permiten una mejor y más apacible conducción y un viaje más placentero. Le evitan a los ocupantes del vehículo la crispación de los nervios, el soportar improperios y vulgaridades, el tener que oír las amenazas y mentiras que, con cada vez mayor frecuencia, escuchamos por las emisoras de radio. Y ya el lector, que es inteligente, se habrá percatado de que lo que llamo “cortacadenas” es ese aparato que nos permite interrumpir la recepción de la radio cada vez que comenzamos a escuchar “esta es una transmisión conjunta de la red de emisoras etc., etc.” que un locutor, con engolada voz y ceremoniosa modulación, nos anuncia que el señor Chávez está a punto de iniciar una de sus interminables, tediosas, mentirosas y cada vez más frecuentes peroratas. Parece que no tuviera otra cosa que hacer, lo cual posiblemente sea verdad, vistos los pobres resultados de su gestión a lo largo de estos trece desgraciados años.

Algunos analistas piensan que lo que viene es peor. El señor Chávez arreciará la frecuencia y duración de sus coloquios radiales y televisados, en ellos se mostrará más agresivo (pero no más coherente) de lo que ha venido siendo hasta ahora (que ya es bastante) y se dedicará, con mucho menos disimulo (si cabe) del que ha venido acostumbrando hasta ahora, para utilizar los medios del estado en su propia campaña electoral, a despotricar del “imperio”, culpable de todos nuestros males, y a insultar a todo aquél que no comulgue con sus trasnochadas ideas “revolucionarias”.

Siempre me ha asombrado la capacidad que tenemos los venezolanos para soportar la tortura de ver u oír las cadenas del señor Chávez, o las evacuaciones nocturnas del señor Mario Silva en el canal “de todos los venezolanos”. Uno entiende que los periodistas, esos abnegados comunicadores públicos, estén obligados a calarse tales sacrificios, pues ellos deben (si se puede) recopilar la poca sustancia (cuando la hay) que puedan filtrar del montón de paja que va acumulando a lo largo de las horas de cuentos e historias banales el señor Chávez en sus cadenas; o, pañuelo en la nariz, recopilar algo del estiércol que llega a través de VTV en el programa donde el despreciable comentarista, acompañado de un personajillo con apariencia de mancebo autocomplacido, se dedica a comentar, según su sesgada óptica, todo lo que los líderes de la oposición hacen y dicen. Pero esa es la función de los periodistas: Informar a los que no nos calamos cadenas ni hojillas de lo que allí se dice.

Cuando el gobierno se apoderó de las instalaciones de Radio Caracas TV se incrementaron las suscripciones a las compañías que suministran señal de TV por cables o satélites privados. Inclusive en las zonas de viviendas más humildes se hacían “vacas” para adquirir los decodificadores que permitieran otras alternativas distintas a las “cadenas”, como seguir sus telenovelas preferidas, que eran interrumpidas por las arbitrarias “transmisiones conjuntas”. Supone uno que ahora, ya contra un tábano más grande, el señor Chávez hará que la venta de equipos de sonido y vídeo y que la suscripción de los servicios de TV por cable se disparen. Es que el culillo lo vuelve a uno más hablachento.

Como quien silba cuando atraviesa un callejón oscuro.

 

 

 
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