La constitución mental

RAFAEL J. CHAVERO GAZDIK
rchavero@hotmail.com 

 Que a nadie asombre que el Presidente diga que le vale un bledo la Constitución

A pocos sorprende que el Presidente de la República afirme que las Fuerzas Armadas son “chavistas”. Él es un militar que desde su llegada se ha encargado de acoplarlas a sus intereses. La experiencia de abril de 2002 le enseñó la importancia de tener fieles seguidores en los puestos de mando. Poco importan los méritos, lo relevante es el compromiso político y la obediencia ciega.

Lo que sí resulta insólito es que el Presidente se burle de su Constitución tan descaradamente, pues es obvio que no desconoce el hecho de que el artículo 328 señala que la Fuerza Armada es una institución profesional, sin militancia política y en ningún caso al servicio de persona o parcialidad política alguna. No puede ser más clara la Carta Magna y no puede ser más grotesco su desconocimiento.

Esa es la realidad de nuestro supuesto Estado de Derecho, en el que la Constitución y las leyes no son más que meras recomendaciones para el tirano, quien puede libremente, sin ningún tipo de control, apartarse de esos compromisos cuando bien lo tenga en gana. Es una monarquía sin límites. Sólo basta invocar “el poder del pueblo” para modificar cualquier principio fundamental, entendiendo que “pueblo” es cualquier cosa que se le ocurra al mandón.

La Constitución ahora es sólo una farsa, es más bien cualquier cosa que salga de la cabeza del mandatario. Por eso vemos actuaciones u omisiones claramente alejadas del texto fundamental, sin que ningún otro poder del Estado lo impida. Así, la Constitución nos habla de que la expropiación requiere sentencia firme y pago oportuno de la justa indemnización (art. 115); que los jueces sólo pueden ingresar por concursos públicos de oposición (art. 255); que el Estado debe incentivar la iniciativa privada (art. 112); que nuestro sistema de gobierno es descentralizado y alternativo (art. 6); que el Banco Central es autónomo (art. 318); que el Estado debe cumplir las decisiones de los organismos internaciones de derechos humanos (art. 31); que toda persona se presume inocente (art. 49); que no puede haber censura previa (arts. 57 y 58); que están prohibidas las armas tóxicas para reprimir manifestaciones (art. 68); es competencia exclusiva de los estados la administración y aprovechamiento de los puertos y aeropuertos (art. 164); de todo esto se burlan.

De allí que a nadie asombre que el Presidente diga que le vale un bledo la Constitución. Los sistemas autoritarios no creen en normas preestablecidas, más bien en el gobierno sobre la marcha. La Constitución suele ser un estorbo, el cual se burla con socarronas maniobras de los adláteres de turno.

 

 

 

 

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