La Fiesta de Despedida

Henrique Salas Römer

Henrique Salas Römer

Tres imágenes vi esta semana de cuyo recuerdo no me he podido librar.

La primera fue por televisión. Era la imagen del Presidente en su última actuación. Lo veo en el teatro Teresa Carreño, hinchada su cara por efecto de los esteroides, guapeando para vencer las emociones que lo arropan. Ha descubierto que, contrario a sus deseos, ni el Santo Cristo de La Grita ni la Oshún de los Babalaos, lo han librado del terrible mal que lo tiene atenazado. Intenta convencernos de que saldrá bien de su nuevo vía crucis pero no lo logra… porque no lo cree. Las palabras de amigos y partidarios que le rinden tributo, el coro de voces que lo animan, la alegría y colorido de la escena que lo rodea, no hacen sino acentuar por contraste, el cuadro de gravedad por el que atraviesa el enfermo. La escena parece extraída de una obra de Ionesco, del teatro del absurdo. Si, es una fiesta de despedida.

La segunda escena es escabrosa. La vi retratada en la prensa. Son los despojos de dos chivos degollados. Se ven inmensos, hinchados por la podredumbre. Sus restos abultados los vi arrumados sobre la isla de concreto que divide la avenida. Esperan ser recogidos, tal parece, para recibir sepultura. Es otra imagen que me intriga. Solo para actos de brujería podría haberse perpetrado la degollina. Pero ¿por qué? ¿Para qué? Dejarlos frente a un hospital ofrece un posible indicio. ¿Habrán sido sacrificados para sanar a un enfermo? No. Yo mismo me respondo. Son mitológicos sátiros, degollados por su apetito sexual.

Diputada por el Consejo Legislativo del estado Carabobo, Neidy Rosal.

La tercera imagen es parte de nuestra cotidianidad. Es la cara hermosa y afligida de la diputada Neidy. Denuncia una vez más, prueba en mano, un gigantesco alijo de alimentos vencidos. Comprar alimentos y dejarlos perder, dice, es un gran negocio. Después que se vencen, hay que volverlos a comprar. Nueve denuncias ha hecho, señala en otro momento, pero la Fiscalía no interviene.

Toneladas de alimentos perdidos. Dos chivos decapitados. Una alegre despedida. Son esas las imágenes que me atormentan.

Quizás porque son reflejo de una Venezuela que no alcanzo a reconocer.

 

 

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