LAS MALAS JUNTAS

Milagros Socorro

Milagros Socorro


MILAGROS SOCORRO
msocorro@el-nacional.com 

“El telebodrio del jueves mostró un pobre hombre aterrado. Peor que solo, rodeado de una farándula desgastada…”

 

En el tramo final de su andadura política ­y quizá, de su vida­ Hugo Chávez completa un arco que se inició el 6 de diciembre de 1998, cuando pronunció su primer discurso como presidente electo.

“Un verdadero jefe de Estado debe estar por encima y no arrastrándose a sentimientos subalternos”, fueron sus primeras palabras esa noche, en el Ateneo de Caracas. “Dejemos atrás la campaña. Yo cuelgo los guantes. Busco la paz y la unidad. En mi corazón no hay sentimientos de venganza ni una pizca de odio. ¡Ahora no tengo enemigos políticos!”.

La prensa del día siguiente subrayaba que Chávez había manifestado su deseo de “ser recordado como el presidente de la dignidad, una vez que culmine su mandato”. Y enfatizaba en el hecho de que el recién elegido había convocado a la unidad para que Congreso, pueblo y Ejecutivo trabaran “en equipo”.

Ese lunes, los 23 gobernadores del país ofrecieron su apoyo al Presidente; y anunciaron que trabajarían “como un solo gobierno con el poder central”, sin detenerse en la circunstancia de que 14 de ellos habían sido sus adversarios. Y el mismo ánimo movilizó a empresarios y sectores gremiales, que rápidamente evidenciaron su disposición a colaborar.

En un trabajo publicado en 2000, el sociólogo Daniel Castro Aniyar estableció que Chávez hablaba en términos poéticos. “No cita técnicos, sino filósofos. Recurre a las épicas más románticas de la historia venezolana (…) en un viaje fundamentalmente poético. (…) su electorado no lo oye como prosista, como ensayista de calibre, sino como emocionado poeta. Se trata del personaje más cercano al correspondiente del imaginario romántico. A Chávez se le escucha en la dimensión musical, con las corazonadas abiertas, sin rigurosidades lógicas…”.

Pero, así como se movían las fuerzas de la concordia y la armonía venezolanas, también se ponía en marcha la perversión. Desde el primer momento, la buena suerte de Chávez estuvo asediada por el infortunio personificado en Fidel Castro, quien se apresuró a hacerle llegar una misiva de felicitación… y a afinar sus artes para convertir al felón del 92 en su pupilo y muestra gratis de sus obsesiones.

A menos de un mes de las dulzuras del Ateneo, Chávez convirtió el acto de asunción de la Presidencia en un compendio de patanerías y derroche: se negó a recibir la banda presidencial de su antecesor, Rafael Caldera (y, de paso, se encargó una nueva a España); y, si esto fuera poco, se juramentó sobre la Constitución vigente tildándola de “moribunda”. La cuadrilla de su perdición había comenzado a actuar.

Jorge Olavarría sostenía que Chávez se “metamorfoseó” al llegar a la presidencia.

Pronto comenzaría a notarse la paranoia en la personalidad de Chávez, aporte, a no dudarlo, de Fidel Castro, gran beneficiado del tormento que instiló en quien lo reconoce públicamente como “padre”. No por nada, ya en febrero de 1999, Jorge Olavarría constató: “Me separé de Chávez al advertir que era un peligro para nuestras instituciones: tenía a Cuba como modelo a seguir; esto no lo decía en un principio”.

En los 13 años siguientes, la violencia de Chávez y su popularidad trazaron una curva. El ascenso le supuso el éxito en sucesivos eventos electorales, hasta que comenzó el declive, expresado nítidamente en las elecciones para la Asamblea Nacional, donde la oposición obtuvo 52% de los votos.

Este jueves 23, en la víspera de su viaje a La Habana, donde quedará sellado su destino, el país fue obligado a presenciar el espectáculo de degradación que ofreció la diputada María León, quien en desafuero de estulticia y frivolidad, se permitió decir que “el cáncer es como los escuálidos” (y otras bajezas más, que no quiero repetir). ¿Cuántos votos le sumará al oficialismo la intervención de esta mujer, mediocre, carente de formación y de la más mínima sensatez? Esas son las alianzas de Chávez en las postrimerías de su historia: una comparsa de fracasados locales; y un vetusto tirano extranjero, que lo ha enloquecido de temores hasta el punto, como reveló un periodista brasileño, de haber exigido, para su eventual ingreso al Hospital Sirio Libanés de Sao Paulo, el cierre de dos plantas enteras, el control de la edificación por parte del Ejército, y el acceso, para su servicio de seguridad, a la ficha de cualquier ciudadano norteamericano que estuviese en el hospital al mismo tiempo que él.

El telebodrio del jueves mostró un pobre hombre aterrado. Peor que solo, rodeado de una farándula desgastada, que usó la desgracia del enfermo para montar un vodevil del resentimiento, animado con chacota y graves ofensas a la mayoría de los venezolanos.

 
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