Ruego a Dios que Chávez no muera

Fernando Mires

Fernando Mires
Fernando.Mires@uni-oldenburg.de    

 

Chávez, nunca lo he ocultado: es para mí  un enemigo político

 

Hugo Chávez Frías representa todo lo que más he negado políticamente: El militarismo, la prepotencia, la ignorancia y la arrogancia, la ostentacion, la grosería, la demagogia, la vulgaridad, la mala leche. Sus alucinaciones, sus proyectos, sus malvadas alianzas internacionales, todo eso es lo peor que pudo haber sucedido en la América Latina de nuestro tiempo. Y sin embargo, ruego a Dios que Chávez no muera. Por lo menos por ahora no: que no se muera.

Nunca he de desear la muerte de ningún prójimo, me lo he propuesto y lo he cumplido. Por lo menos, nunca desearla en segunda instancia.

En primera instancia -lo dice Freud, no yo- deseamos a menudo la muerte de algún prójimo. Pero en segunda instancia -que es la de la condición humana, la del ser pensante que somos cuando hemos alcanzado la fase moral- no la deseo a nadie. Ni al peor de mis enemigos. En cada ser humano, hasta en el más odiable, está la mano y la voz de la creación. Nadie tiene el derecho de desear la muerte de nadie. Ese deseo no nos corresponde. Es un tabú y ha de seguir siéndolo.

Muy bajo tendría que ser un humano para desear la muerte del adversario político. Porque el adversario político está ahí no para odiarlo, no para convertirlo en neurótica proyección de nuestros inconfesos deseos, nunca para matarlo. Él está ahí para combatirlo y, sobre todo, para derrotarlo. Eso fue seguramente lo que pensó Henrique Capriles Radonski cuando deseó -con gran honestidad-  larga vida al presidente Chávez.

Capriles, hombre de clara y limpia dicción, no quiere derrotar a un enemigo muerto porque un muerto ya no puede ser un enemigo. En la lidia, sea en el boxeo, en el fútbol o en los toros, necesitamos al enemigo viviendo y actuando. En la política también. Con la muerte del adversario termina la lidia.  

Si se muere el perro se acaba la rabia, escribió un antichavista en un lenguaje que envidiaría el mismo Chávez. No: Chávez no es un perro, como Capriles tampoco es -como lo insultó Chavez- un cochino. Y la que tiene Chávez tampoco es rabia. Chávez –así lo veo yo- es un ser humano políticamente equivocado, y lo que importa durante este ya complicado 2012, es hacer entrar en razón a una gran parte del pueblo venezolano, pero con argumentos, con lógica, con inteligencia, con habilidad y con sentido moral. No con tumores malignos. Ningún buen nacido ha de querer la victoria sobre un cadáver carcomido por el cáncer. Esa sería -para decirlo en latín- una victoria de mierda.

 

El mundo pertenece a los vivos, así lo dijo el judío Jesús. Y no hay nada más vivo y mundano que la política. Ahí, en la política, luchamos contra el enemigo político por el poder que nos han quitado o por el poder que deseamos. Ahí vamos para perder o ganar. Son las reglas del juego. Y hay, mientras sigamos actuando políticamente, sólo dos posibilidades: Una vez nos ganan, otra vez ganamos. Nadie tiene, en todo caso, asegurada la victoria eterna; y es bueno que así sea. La eternidad no se hizo para nosotros, los mortales.

 

La mayoría decente de la oposición venezolana –hay como en todas partes una fracción que no lo es tanto-  merece una victoria política. La fracción decente del chavismo –hay otra que no lo es-  merece una derrota política para después recuperarse y volver a luchar por lo que ellos consideran legítimo y justo. Nadie, ni los unos ni los otros quieren luchar en torno a mitos.

 

Carlos Gardel, James Dean, Marilyn Monroe, Elvis Presley, Eva Perón, Che Guevara y tantos otros, fueron mitos sólo porque no conocieron la vejez. Si muere Chávez, se convertirá en otro mito más, como si nos faltaran.

 

Donde hay mitos hay mitología. Donde hay mitología no hay política.

 

 

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