Fachada de alacranes

Fernando Egaña


FERNANDO LUIS EGAÑA
 flegana@gmail.com 

 

Ya no se puede decir que la procesión va por dentro, y menos cuando el contrapunteo de los jerarcas desbordan los límites del entorno y se proyecta deliberadamente en los ámbitos mediáticos. Razón de más, pensará el comandante-presidente, para seguir desinformando sobre el preciso estado de su salud

En estos días de incertidumbre oficialista y escarceos sucesorales, ha sido muy recordado el finado general Müller Rojas por aquella comparación que espetara al entonces naciente partido-de-Estado: “el Psuv es un nido de alacranes”…

Y si eso era cierto para cuando el señor Chávez no experimentaba quebrantos de salud y por lo tanto lucía encima de los pormenores de su parcialidad política, ¿qué podrá decirse en el momento presente en que ya se considera públicamente el tema de una eventual sucesión?

Y es que la alacranera roja parece más alborotada que de costumbre, lo que de por sí no debería sorprender tomando en cuenta la situación de la “variable oncológica” en pleno año de campaña electoral. El primer hermano de la Revolución, Adán Chávez, discierne por escrito sobre la existencia de traidores en el seno partidista, y apela a la vituperada figura de José Antonio Páez para enfatizar el dramatismo de su denuncia.

Diosdado Cabello no se da por aludido de manera directa, pero de forma oblicua se defiende al afirmar, un tanto forzadamente, que su camaradería con el vicepresidente Jaua está más renovada que nunca. Y éste le sigue el juego retórico, acaso también en respuesta a los truenos del gobernador barinés.

El ministro Izarra, tan parco a la hora de ofrecer información veraz, oportuna y sin censura sobre lo que sea, tercia en el debate señalado que no está planteada una sustitución candidatural, y ello, naturalmente, da pie a la continuidad del asunto en la opinión pública.

En verdad, ya no se puede decir que la procesión va por dentro, y menos cuando el contrapunteo de los jerarcas desborda los límites del entorno y se proyecta deliberadamente en los ámbitos mediáticos. Razón de más, pensará el comandante-presidente, para seguir desinformando sobre el preciso estado de su salud. Mientras los demás no sepan a qué atenerse, también pensará, mejor para mí y para mi capacidad de manejar las avivadas apetencias…

A diferencia de Cuba, en Venezuela no hay un Raúl Castro. O sea, un segundo consagrado para ejercer el mando de la “revolución”, si las circunstancias lo exigiesen… Esto no significa que no haya personajes que se consideren a sí mismos con la aptitud de desempeñar ese papel, pero en este caso no sólo los deseos no empreñan, sino que el examen ponderado de la realidad demuestra que ninguno de los aspirantes reúne las condiciones de confiabilidad que un Raúl Castro le inspiraba al supremo Fidel.

¿Consecuencia? Los egos se inflaman, las rivalidades se exacerban, las corrientes se acuerpan, y los “corazoncitos” se orientan hacia la silla miraflorina. Y máxime en una dinámica política sin instituciones valederas, donde la concentración de poder en la persona del caudillo ha llegado a niveles más que hegemónicos. No se olvide que a mayor concentración, mayor potencial de vacío en el supuesto de un debilitamiento o de la ausencia del hegemón.

Mientras tanto, los alacranes también tratan de mantener la fachada de la unidad y la fidelidad a toda prueba… Una fachada cada vez más agujerada por la ambición de poder.

 

 
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