La tragedia de Chávez es nuestra

Roberto Giusti

Roberto Guisti


ROBERTO GIUSTI
rgiusti@eluniversal.com 

 

La enfermedad del Presidente coincide con la enfermedad del régimen en campaña electoral

 

La tragedia de Chávez es la tragedia del país porque ese terco aferrarse al poder, más apreciado por él que la propia vida (lo cual no deja de ser un gran contrasentido), cierra cualquier posibilidad de transición, incluso aquella que le permitiría a uno de los suyos asumir las riendas del gobierno mientras él lidia con su enfermedad. Pero no hay manera. Se amuralla en su testarudez con desatinado egoísmo, no acepta un escenario que le reste protagonismo y así transfiere su drama personal a todo un país.

Más allá del rosario de disposiciones jurídicas y constitucionales que es menester hacer cumplir en casos como éste y del propio derrotero que tome la lucha del díscolo paciente contra su padecimiento, lo que queda confirmado es una negación obstinada de la realidad (“yo, ser nimbado por los dioses de la historia no puedo ni debo doblegarme ante un mal que solo padecen los simples mortales”) porque es evidente que no ha coronado aún la cota superior del objetivo trazado en tanta noches de insomnio: la revolución irreversible y totalmente acabada. Pero, además, se ratifican los desatinos a los cuales puede conducir un régimen personalista, incapaz de promover liderazgos emergentes en su propio entorno, más aun, empeñado en abortarlos porque nadie puede hacerle la menor sombra al Supremo. Solo él reinará. Así esté como está.

De allí que el resultado de toda este dramón por entregas que vivimos, no sin compasión, no sin expectación, sea la zozobra sobre nuestro futuro inmediato colectivo, pendiente de un tumor, no identificado plenamente, en alguna parte del cuerpo de un hombre que se encuentra fuera del país, en manos de un grupo de médicos desconocido para nosotros, que intentará no sabemos exactamente si operar para curar, operar para cerrar de inmediato u operar para postergar lo inevitable en un acto médico cuyo riesgo, duración y complejidad ignoramos casi por completo. Y todo esto en una isla donde impera una de las dictaduras más prolongadas del planeta Tierra.

Aquí, mientras tanto, se diseñará escenarios, se discutirá, se especulará, se conspirará (y no precisamente desde la oposición, único ángulo donde priva la sensatez y el sentido de la realidad) sobre los escenarios posibles, las transiciones factibles, las eventuales candidaturas de recambios (no las hay visibles) y, por supuesto acerca de “salvar el proceso” mediante un acto “heroico”. Un despropósito a estas alturas inviable porque la línea de la enfermedad presidencial se ha encontrado en un punto decisivo (la campaña) con la enfermedad del régimen. Una convergencia letal de males no fortuita frente a la cual se debe activar el único mecanismo democrático posible y disponible: el voto.

 

 

 

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