China, según Henry Kissinger

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi@el-nacional.com

(I)

Kissinger abre las páginas de On China (editado por The Penguin Press, Nueva York, 2011) con el relato personal de sus aventuras como enviado secreto del presidente Richard Nixon

Henry Kissinger es uno de los grandes expertos mundiales en China. En la época que vivimos, de decadencia occidental, ningún país tiene la significación y las incidencias globales de China. El estudio y comprensión de su historia, por consiguiente, está inscrito como prioridad. De ahí la importancia del último libro de quien fue personaje clave en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y de los diálogos abiertos entre dos adversarios que entonces se veían destinados a la confrontación ideológica permanente o a la fatalidad de la guerra.

Encuentro de Henry Kissinger con el entonces presidente chino Mao Zedong.

Kissinger abre las páginas de On China (editado por The Penguin Press, Nueva York, 2011) con el relato personal de sus aventuras como enviado secreto del presidente Richard Nixon, cuarenta años atrás, con la misión de restablecer contactos con un país que había roto esos nexos desde hacía más de veinte años. La palabra “aventura” no se usa aquí como algo acomodaticio. No conocía, en primer lugar, qué reacciones encontraría en sus interlocutores de Pekín ni sabía con quién o quiénes iría a conversar, ni la confiabilidad que dispensarían a su misión.

Por otra parte, nada mejor que esta palabra para calificar el viaje secreto a través de innumerables países de un personaje que en el lugar en que fuere visto despertaría todas las intrigas. Muy pocos se enteraron en Washington, ninguno en el largo viaje, con escalas que lo obligaron a desaparecer como aquejado de alguna dolencia. Cualquier filtración habría arruinado el encargo. Kissinger llegó a su destino, y el éxito rodeó su compleja misión.

Desde entonces hasta ahora su relación con China ha sido permanente.

Leamos su confesión: “…He estado en China más de cincuenta veces.

Como tantos visitantes a lo largo de los siglos, llegué a admirar al pueblo chino, su resistencia, su sutileza, su sentido familiar y la cultura que representa. Al propio tiempo, toda mi vida he reflexionado en la construcción de la paz, fundamentalmente desde una perspectiva estadounidense. He tenido la fortuna de proseguir estos modos de pensamiento simultáneamente como alto funcionario, portador de mensajes y académico”. Demasiado modesta, en palabras de Henri Kissinger, esta expresión de “carrier of messages”.

Si la diplomacia inteligente tuvo logros de larga duración (para usar un poco arbitrariamente la expresión de Fernand Braudel), pocos pueden parangonarse con los de Henry Kissinger como artífice de la apertura entre los dos gigantes que, en última instancia, orientó las relaciones de China con el mundo.

On China analiza una etapa compleja de la revolución, cuando el gigante asiático se enfrentó paralelamente con las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, ambos en el cenit del poder y de la influencia. Confrontó militarmente a Estados Unidos en el estrecho de Taiwán, y desafió a Moscú en los terrenos ideológicos, como los verdaderos intérpretes del marxismo.

No estando en condiciones de competir con ninguna de las superpotencias, no debe obviarse que fue Mao quien decidió sostener aquellos contactos iniciales y recibir en Pekín a Richard Nixon.

Kissinger jugó entonces el papel clave del enviado secreto. Este libro, On China, es una historia de China desde los tiempos de Confucio hasta la época actual, pasa por la Guerra del Opio y las crisis antiguas con potencias occidentales, el estudio de la estrategia china, Mao, menospreció la amenaza del poderío nuclear, se refugió en la certidumbre de que los adversarios de la Guerra Fría no optarían por un conflicto que los distrajera del verdadero duelo bipolar.

Con la agudeza del político ilustrado, del historiador y del académico, Henry Kissinger retrata a Mao, a Zhu Enlai, a Deng Xiaoping, lo que cada uno representó, los desastres de la Revolución cultural, los duelos florentinos por el poder. Vale la pena detenerse en ellos y conocer los enigmas del encuentro Nixon-Mao.

El tiempo ha sido generoso con Henry Kissinger, y le ha permitido comprobar las consecuencias e implicaciones de su gran aventura. Sus palabras lo expresan: “Desde mi primera visita, China se ha convertido en una superpotencia económica y en un factor fundamental en la estructuración del orden político global. Estados Unidos prevaleció en los desafíos de la Guerra Fría. La relación entre China y Estados Unidos se ha convertido en un elemento central en la búsqueda de la paz mundial y del bienestar global”.

On China ilustra las alternativas de grandes países que reconocieron en el momento adecuado las inmensas posibilidades de la paz, de la cooperación y del compromiso frente a las políticas estériles de la confrontación permanente. El modesto “portador de mensajes” escribe a conciencia de que su misión tuvo y tiene otras connotaciones.

 

(II)

 

¿Nixon en Pekín? ¡Era para no creerlo! Fue una de las grandes noticias de la época, y perdurables las implicaciones del encuentro.

Encuentro histórico entre Mao Zedong y Richard Nixon (febrero 1972).

El 21 de febrero de 1972 el más anticomunista de los presidentes norteamericanos aterrizó en Pekín, y fue recibido al pie de la escalerilla por Zhou Enlai, uno de los más sólidos teóricos del anticapitalismo. Las calles de la ciudad estaban solitarias, y la llegada de Nixon fue la última de las noticias de la noche, como si a Pekín hubiera llegado alguien de muy poca monta.

En todo el mundo sucedió lo contrario: ¿Nixon en Pekín? ¡Era para no creerlo! Fue una de las grandes noticias de la época, y perdurables las implicaciones del encuentro.

Así culminaban 7 meses de negociaciones de Kissinger con el premier Zhou Enlai.

Kissinger dice que en sus 60 años de vida pública nunca conoció un personaje más convincente que Zhou. Bajo, elegante, con un rostro expresivo que servía de marco a unos ojos iluminados. “Cuando lo conocí había sido premier por 22 años, y cerca de 40, compañero de Mao”. Mao incendiaba la pradera y Zhou moderaba el fuego, si pueden traducirse así las líneas de estos retratos.

“Las diferencias entre los líderes eran reflejo de la personalidad de cada uno. Mao dominaba cualquier reunión. Zhou la matizaba. La pasión de Mao se imponía. Zhou, en cambio, prefería persuadir o maniobrar. Mao era sardónico. Zhou era penetrante. Mao se consideraba un filósofo; Zhou, un negociador. Mao quería acelerar la historia. Zhou prefería explorar sus corrientes. Cuando estaban juntos, no había cuestión de jerarquía, no simplemente en lo formal, sino en lo más profundo de la conducta deferente de Zhou”. En suma, fue la personalidad del premier y su sutileza convincente lo que permitió allanar las arduas diferencias de los negociadores. Es lo que confiesa Kissinger.

A la llegada de Nixon no estaba claro que vería a Mao.

Tal era la tónica, el suspenso.

A las pocas horas, Zhou le dijo a Kissinger que Mao invitaba al Presidente a conversar.

“Desde el comienzo Mao dio a entender que no entraría en un diálogo filosófico o estratégico con Nixon”. Mao prefería que hablara Kissinger, doctor en Filosofía, pero, como dice, resultaría inaceptable para el Presidente que fuera su consejero el que lo suplantara.

Nixon no esperó y echó algunas cartas sobre la mesa, hizo algunas preguntas incómodas (según la transcripción de On China), como, por ejemplo, la reflexión de por qué la Unión Soviética tenía más tropas desplegadas en la frontera con China que las que tenía en la frontera con Europa occidental. O el tema más arduo de responder, si era mayor el peligro de agresión que para China planteaban la URSS o Estados Unidos. Kissinger refiere que Mao rehusó entrar en cuestiones tan álgidas, y recomendó que dejaran esos asuntos para conversarlos con el premier Zhou. Tuvo lugar este cruce de palabras: “Mao: Nuestro común viejo amigo, generalísimo Chiang Kai-shek, no aprueba este encuentro. Nos llama comunistas bandidos. Hace poco pronunció un discurso. ¿Lo oyó usted? “Nixon: Chiang Kai-shek llama al Chairman bandido. ¿Cómo llama el Chairman a Chiang Kai-shek? “Zhou: Por lo general nosotros lo llamamos la clique de Chiang Kai-shek. En los periódicos algunas veces lo llamamos bandido. Igualmente nosotros somos llamados bandidos. De todos modos, nos insultamos los unos a los otros.

 

Henry Kissinger

“Mao: En realidad, la historia de nuestra amistad con él es mucho más larga que la amistad de ustedes con él”.

La cuestión de Taiwán estaba perdiendo intensidad. Los interlocutores pasaron a otros asuntos, y Mao se olvidó de su primera reacción y entró en los temas puestos sobre la mesa por Nixon. Dijo: “En nuestro tiempo, la cuestión de la agresión de Estados Unidos o de la agresión de China es relativamente insignificante. Puede decirse que no es un asunto primordial porque la situación presente demuestra que no existe un estado de guerra entre nuestros dos países”.

Las palabras de Mao justificaban el viaje. Mao dio a entender que había vencido las resistencias que se manifestaron en el Partido Comunista contra el encuentro.

Kissinger glosa el largo diálogo, los complejos asuntos que trataron los personajes con franqueza y discreción.

Mao sostuvo la necesidad de que se aceleraran los acuerdos de cooperación, y puso énfasis en los aspectos tecnológicos.

Recurriendo al estilo sarcástico o sardónico que le anotó Kissinger, Mao le dijo a Nixon que había “votado por él”. Que prefería negociar con los occidentales de derecha porque “eran más confiables”. El diálogo sucedió de esta manera: “Nixon: Cuando el Chairman dice que votó por mí, es porque votó por el menor de dos males. “Mao: Me gustan los derechistas. La gente dice que ustedes son de derecha, que el Partido Republicano es de derecha, como el primer ministro Heath. “Nixon: ¿Y el general De Gaulle?” Mao: De Gaulle es diferente. También dicen que el Partido Socialcristiano de Alemania Occidental es de derecha. Me siento relativamente feliz cuando esta gente de derecha llega al poder”.

 

Por ser de derecha Nixon visitó a Mao. La derecha estadounidense no se lo habría permitido a un miembro del partido demócrata. Así es el juego.

 

III

 

Pocos como Kissinger estuvieron tan cerca de la escena, y pocos dispusieron de materiales tan exclusivos

Henry Kissinger observó de cerca, como protagonista, analista e historiador, los últimos años del dominio de Mao y de Zhou Enlai, que murieron el mismo año, 1976, éste en enero, y aquel en septiembre, uno tras otro, como si despidieran la época, como si con la muerte le abrieran paso a tiempos inimaginables. Pocos como Kissinger estuvieron tan cerca de la escena, y pocos dispusieron de materiales tan exclusivos como las minutas de diálogos, los innumerables papeles de Estado, los documentos de la República Popular de China. Pero no sólo esto, también las fuentes de la URSS o de las potencias occidentales.

Henry Kissinger y el primer ministro Zhou Enlai, en Pekín (1973)

A la inteligencia y al talento del admirador de Bismark y del historiador de la Santa Alianza (Un mundo restaurado) se unen privilegios poco comunes. On China es el resultado de este conjunto de primacías. Debemos añadir otras, como la gracia del tiempo, aludida antes, que le permitió a Kissinger comprobar el desenlace de la historia, los frutos de su misión secreta y los grandes cambios que a partir de entonces transformaron China, y la convirtieron en la gran potencia del siglo XXI.

Uno de los capítulos que ilustran las complejidades de la sucesión del liderazgo histórico es “El fin de la era de Mao”. El gran líder prefirió no escoger sucesor, y como anota Kissinger, quiso “institucionalizar su propia ambivalencia”. Estimuló las rivalidades de modo que nadie pudiera disfrutar de un poder absoluto como el suyo. Zhou Enlai afrontó los tiempos turbulentos del Gang de los Cuatro. La caída de Zhou Enlai fue dramática y no sólo por el cáncer terminal, sino porque lo derrotaron las crisis y las luchas por el poder. Kissinger lo visitó por última vez en diciembre de 1974; abatido, le confió que, por consejo de los médicos, no debía entrar en conversaciones políticas. El encuentro duró apenas veinte minutos. Era el final.

No obstante, en enero de 1975 Zhou reapareció en el Congreso del Pueblo, aún con el título de premier. Su discurso fue como un testamento. Exhortó a los chinos a conquistar las “cuatro modernizaciones antes del fin del siglo”, y señaló que “antes del fin de siglo, la economía nacional de China debía avanzar hacia los primeros rangos del mundo”, lo cual implicaba apertura y riesgos políticos, pero para Zhou la historia había terminado.

El fin de la era de Mao abrió las ventanas de la Gran Muralla, los nuevos tiempos perfilarán un país desconocido para el gran líder fundador y para el propio Zhou Enlai. No debe olvidarse, en todo caso, que fueron ellos los que optaron por la apertura a Estados Unidos y al mundo.

El tiempo pasa y todo cambia. Entra en escena un personaje que define Kissinger como “El indestructible Deng”, título del capítulo que registra la historia y avatares de Deng Xiaoping, y las reformas profundas que emprendió. El término “indestructible” es el más adecuado para describir sus caídas espectaculares del poder, sus exilios y vejámenes, y sus ascensos seguidos de nuevas caídas hasta el suceso final de convertirse en el gran constructor de la China del siglo XXI.

Kissinger ofrece este testimonio: “Sólo aquellos que conocieron la China de Mao Zedong pueden apreciar plenamente la transformación impulsada por Deng Xiaoping”. Mao destruyó la China tradicional, y sobre esas ruinas, Deng “tuvo el coraje de fundar la modernización del país en la iniciativa y el vigor del pueblo chino”.

Eliminó las comunas, abrió rutas a la autonomía de las provincias y postuló lo que llamó “socialismo con características chinas”.

“La China de hoy ­escribe Kisssinger­, con la segunda economía más grande del mundo y el mayor volumen de reservas extranjeras, con múltiples ciudades donde se alzan rascacielos más altos que el Empire State Building, testimonia la visión de Deng, su tenacidad y sentido común”. Frente a la indudable grandeza de los fundadores, Mao y Zhou, Deng aparecía como una figura de menor rango. La historia demostró que su estatura política (no la física, porque era excepcionalmente pequeño y carecía de la elegancia de Zhou Enlai) no era menor que la de aquellos, y como hombre de Estado fue quizás superior.

Deng era secretario general del Comité Central del Partido Comunista cuando fue destituido y arrestado en 1966, acusado de ser “un roedor capitalista”. En 1973, Mao lo restituyó en el Comité Central pese a la oposición de los radicales del Politburó. Cuando en 1974 se convirtió en el interlocutor de Estados Unidos era más o menos desconocido para Kissinger. Deng viajó a Nueva York a una Asamblea de la ONU sobre asuntos económicos ese año, 1974, como parte de la delegación china cuyo jefe nominal era el ministro de Exteriores, pero al poco tiempo se descubrió que Deng era el poder tras el trono. Afirmado luego como jefe del Partido, con todos los títulos dispensados a Mao, Deng Xiaoping proyectó a China hacia el siglo XXI. Es su legado.

Concluiremos que On China es un libro fundamental para la comprensión del gran protagonista del siglo.

 

 

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