TERAPIA INTENSIVA

Alberto Barrera Tyszka


ALBERTO BARRERA TYSZKA
abarrera60@gmail.com  

 

Cualquiera que tenga tan sólo el parpadeo de una pregunta será condenado moralmente de inmediato. La búsqueda de información se convierte de pronto en un pecado

 

La madre de una amiga va cada día a una farmacia diferente. Esa es su última estrategia.

 

Pregunta por una medicina y, si la tienen, consulta su precio.

 

Inventa luego una historia, dice que es un encargo, promete volver pronto…pero se va quedando, como quien no quiere la cosa, buscando explayar la conversación, hasta el momento justo en que decide soltar su pregunta: Y por cierto ­exclama, apoyando un brazo en el mostrador­, ¿qué se sabe por aquí sobre la enfermedad del Presidente? Primero lo intentó con sus amigos médicos. Luego, con los médicos amigos de sus hermanas, de sus primos, de sus hijos, de sus sobrinos. Después pasó a los doctores conocidos. Una tarde, incluso, la descubrieron con un directorio telefónico abierto frente a ella, el teléfono en el puño, recorriendo uno a uno la lista de galenos. Iba apenas por la A: Avendaño, Sebastián. Pediatra. Por supuesto que también se ha dedicado a revisar cuanta noticia, informe, diagnóstico o rumor aparezca y desaparezca en todos los medios de comunicación.

 

Nada. Por eso está desesperada. Por eso ya llegó al azar de las farmacias.

 

Es saludable aclarar las cosas desde temprano: la señora del cuento no votó en las primarias, no se siente parte de la oposición. Tampoco es una militante de calzón colorado, aunque sí simpatiza con el Gobierno y, en todo caso, está genuinamente preocupada por el Presidente. Siente la misma fragilidad, la misma ansiedad, que padece la mayoría de los seres humanos ante cualquier otro ser humano herido. La enfermedad, sea lo que sea, siempre es una injusticia.

 

Pero la falta de información potencia las angustias. Esto de ver a Juan Manuel Santos, por ejemplo, casi en plan de bata blanca y médico de familia, dándonos noticias sobre la salud del Presidente desde el aeropuerto de La Habana también es la constatación de un método: la información siempre nos llega de retruque.

 

Basta recordar el proceso que hemos vivido desde hace tantos meses. Si, en la medicina mundial, uno de los dilemas éticos más comunes es decidir si se debe decir o no la verdad al paciente, en este caso ocurre paradójicamente todo lo contrario. Aquí el único que parece saber la verdad es el paciente, quien está todo el tiempo decidiendo qué pueden saber o no los demás. Bajo ese manto de misterio y control, vivimos el diagnóstico del cáncer y su salvación. ¿Ya olvidamos la serie de eventos ecuménicos realizados para celebrar la “salvación” del Presidente? Dios, el pueblo y todos los santos, de esta historia y de cualquier otra, se pusieron de acuerdo en esa consagración. En todo el proceso, antes, durante y después, se repitió de manera consistente la misma premisa: la verdad sólo es una emoción.

 

El gran logro de Chávez es haber convertido la política en una experiencia sensible. A veces pareciera que, al enviar los resultados clínicos del paciente al Tufts Medical Center de Boston, o a algunos especialistas brasileños, también mandaran una copia directamente al escritorio de Delia Fiallo, una de las reinas de los teleculebrones latinoamericanos. El chavismo es una industria afectiva.

 

Melodramatiza todo lo que toca. Y con todo el proceso de la enfermedad del Presidente ha demostrado que es capaz de incorporar a la intimidad de un cáncer los elementos de suspenso necesarios para que el espectáculo de la revolución jamás se detenga.

 

Para todo esto, también es necesario mantener en alto la confrontación. El Gobierno exige, a sus seguidores y a todos los ciudadanos, una actitud jubilosamente sumisa. O cantas “pa’lante, comandante” y te conformas con las breves palabras del propio paciente, o eres casi un asesino, un ser perverso y diabólico. Si se te ocurre, tan siquiera, preguntar por su salud, ya eres sospechoso de algo. En el contexto de la enfermedad del Presidente, los venezolanos no hemos recibido diagnósticos clínicos sino dogmas de fe.

 

Promover, desde el poder, la idea de que todo aquel que quiera información sobre la salud del Presidente sólo desea en el fondo que éste se muera es una paliza salvaje a la tan cacareada “información veraz y oportuna”. La curiosidad no puede ser un delito.

 

El melodrama masivo sólo se desarrolla gracias y por medio de estereotipos. Así funciona también la comunicación oficial. Cualquiera que tenga tan sólo el parpadeo de una pregunta será condenado moralmente de inmediato. La búsqueda de información se convierte de pronto en un pecado.

 

La polarización de un tumor también es un síntoma. Delata una enfermedad mayor. Demuestra que tenemos la verdad en terapia intensiva.

 

 

 

 

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Un Comentario;

  1. Edith Zulay caldera said:

    Muy bueno su artículo. Felicitaciones!!!

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