CUENTOS DEL ABUELO

Milagros Socorro

Milagros Socorro

MILAGROS SOCORRO
msocorro@el-nacional.com 

“Un día, estaba la familia reunida en un asado, y uno de mis nietos vino a preguntarme cómo era eso de que yo había señalado a Pinochet con el dedo, y que eso había causado un revuelo…”

Con esta introducción, el ex presidente de Chile, Ricardo Lagos, se dispuso a contar una anécdota durante la rueda de prensa de los tres ex jefes de Estado convocados por Banesco para el evento Palabras para Venezuela, que en esta ocasión llegó a su cuarta entrega.

La conferencia de prensa se hizo el sábado en la mañana, día en que tendría lugar el acontecimiento formal y, por cierto, multitudinario. Apenas unas horas separaron el encuentro con los periodistas de la presentación de la noche. Sin embargo, el tono fue distinto precisamente porque en presencia de los reporteros, los ex presidentes hicieron varios chistes ­cosa que evitarían más tarde­ y echaron mano de anécdotas para ilustrar las ideas que querían comunicar, expediente al que más tarde, delante de 4.000 asistentes, no apelaron.

Ricardo Lagos en el histórico programa televisivo (1988).

Esta cuestión de rellenar los discursos con cuentos es asunto al que se ha aludido mucho entre nosotros en los últimos años. Es sabido que los políticos deben dirigirse a audiencias diversas, con disímiles perspectivas de la vida, así como de niveles educativos y lexicales. Un relato siempre viene bien para movilizar la emocionalidad y establecer un vínculo entre el expositor y sus oyentes. Esto es irrebatible. Pero en Venezuela hemos sido testigos de un abuso de los relatos y las referencias autobiográficas trufando una alocución oficial, no porque el Presidente de la República lo haya hecho en demasía (que sí), sino porque ha rebajado el poder de este efecto de vocería al emplearlo para crearse una épica personal, que para colmo no existe. Y ya no existirá jamás ­a menos que se agigante en la lucha con la enfermedad.

Los rodeos narrativos refuerzan un discurso cuando se apela a ellos para explicitar una situación compleja que requiere auxilios pedagógicos para su cabal transferencia. Pero cuando el cuento conduce a la calle ciega del autobombo y la confección marrullera de un pasado glorioso, entonces pierde su eficiencia. Y peor: cansa y mueve a la desconfianza, como ocurre en Venezuela cuando Chávez se entrega a la ensoñación y urde embelecos en los cuales él aparece como un héroe, lleno de coraje e ingenio, virtudes que, con todo respeto, son más que escuálidas en su caso.

En suma, la anécdota y la disquisición autobiográfica tienen sentido y pegada cuando están respaldadas por la realidad y sobre todo cuando son la muestra a escala humana de algo más grande. Pero cuando corren a abrevar en las aguas de la mentira crean esa incredulidad y aburrimiento infinito que es el saldo de las “cadenas”.

En los años ochenta, Ricardo Lagos se remangó para luchar por la recuperación de la democracia en Chile. El 25 de abril de 1988, cuando participaba en un programa de televisión, la conductora del espacio le preguntó qué implicaría el eventual triunfo de la alternativa «No» ­a Pinochet­ en el plebiscito de octubre de ese año, y Lagos, sin titubear, contestó: “El inicio del fin de la dictadura”. Y no se detuvo. Siguió hablando con gran pasión, mirando a la cámara y apuntando con el índice al dictador, que suponía telespectador.

Le echó en cara su afán continuista, su ambición, sus falsas promesas de que no se presentaría a las elecciones de 1989. Y lo acusó abiertamente de pretender darle a Chile “ocho años más de tortura, con asesinato, con violación de los derechos humanos”. Cuando la periodista ­cabe imaginar que aterrada­ quiso detenerlo, Lagos dijo que estaba hablando “por 15 años de silencio”.

Ricardo Lagos en la actualidad

En aquella parrilla, Lagos instó al nieto a buscar en Youtube la grabación del episodio. El muchacho obedeció y regresó perplejo: “¿Eso fue todo, abuelo?”.

Este cuento le sirvió al ex presidente chileno para hacer visible su aserto de que “cada generación tiene su épica” y para hacer gráfica la noción de mínimo civilizatorio (de Norberto Bobbio), que apunta a que cuantos más recursos hay, materiales y políticos, el piso común de expectativas aumenta. El muchachito, crecido en democracia, no veía la hazaña de emplazar a un gobernante.

El cuento, por cierto, movilizó las risas de los asistentes. Esas risas de inteligencia que cosechan los cuentos cuando son cortos, certeros y oportunos.

 

 
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