Oz revolucionario

Ruth Capriles


RUTH CAPRILES
ruthcapriles@yahoo.com 

 

Lo peor de todos los mundos imaginarios se convierte, en la práctica, en el peor de los mundos posibles

 

En algunas visiones catastróficas del futuro, de esas que pintan distopías y no utopías, tipo Blade Runner, vemos un mundo en corrosión y desintegración final, poblado por bandas de maleantes, sobrevivientes en un mundo de escasez y sin orden, sin reglas, sin autoridad. En otras distopías, como 1984, de Orwell, vemos un Big Brother, dictador o déspota, empeñado en dar todo y controlar todo para quitar todo a todos dentro de un mundo exterior absolutamente ordenado y abundante.

Lo notable de esta revolución venezolana es que, en la abundancia colectiva potencial, ha unificado lo peor de las dos visiones en una realidad catastrófica, cada vez más anómica y en desintegración mientras Big Brother pretende controlar todo, dando todo quitando a todos.

Como si cuantas más reglas, más procedimientos, más controles inventados para imponer una sociedad igualitaria, se produjera más anarquía, más descontrol, más deterioro y desintegración.

Las bandas de maleantes matan y se matan, devastando por igual barrios y urbanizaciones; los motorizados sin placas, vestidos de negro y armados, corren por la ciudad impunes cual ángeles de la muerte; los sindicalistas se matan entre sí por controlar los proyectos de extorsión laboral; la ciudad se desintegra, las construcciones oficiales quedan inconclusas mientras confiscan e invaden las privadas, los puentes ceden, las autopistas colapsan, la maleza se traga la civilización; el Gobierno actúa como mafia mordiendo y extorsionando en un mundo sin leyes fijas, que varían cada día según el capricho de las bandas burocráticas de turno o del que manda desde la isla de la utopía revolucionaria; la ciudad esmeralda desde donde el otro, el artilugio de Oz, intenta infructuosamente inyectar a Big Brother cerebro, coraje y corazón.

Lo peor de todos los mundos imaginarios resulta el peor de los mundos posibles en la realidad. Es la contradicción intrínseca de esta revolución, su propia negación, su disolución. El fin de la historia del pensamiento comunista.

 

 
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