Cómo atrapar una alondra


JEAN MANINAT
@jeanmaninat

(Para Zapata, Rayma y Weil)

Cómo tener y no tener una alondra, así tituló el poeta cubano Eliseo Diego un breve ensayo suyo sobre la poesía

La alondra traza giros en el aire, remonta el espacio sin esfuerzo aparente y desmaya el vuelo dejándose caer silenciosa hacia la tierra. ¿Puede la poesía atrapar los trazos fugaces de ese instante? se pregunta Eliseo Diego.

Los hombres de camisa roja detestan el papel y la tinta, las plumillas y pinceles. Desconfían de los dedos que los empuñan, son extremidades peligrosas: desarropan mentiras y despiertan verdades. Por eso las quieren domesticar, que se hagan rígidas y obsecuentes para alabar las glorias del amo, y no perturbar su quimera. Menos aún hundir sus designios para sucederlo.

Los hombres de camisa roja no comulgan con el humor y la risa, cultivan la risotada vulgar, altisonante, retrechera; prefieren el chascarrillo escabroso a la humorada elocuente.

(Un dazibao tiene la fuerza de un tanque, pero no mata personas. La letra de A Banda, una festiva canción de Chico Buarque, hacía rabiar a los dictadores brasileños. El Guernica fue exiliado a Nueva York, para que no perturbara con sus trazos el bostezo, aparentemente infinito, de la dictadura franquista).

Tienen miedo al papel y a la tinta: son leves y vuelan con libertad. ¿Cómo atraparlos?

Por eso los hombres de camisa roja fabrican redes intrincadas para cazar caricaturas. Aborrecen el vuelo de la alondra. Flota como una mariposa y pica como una avispa, diría el caricaturista peso pesado más grácil de todos los tiempos: Mohamed Alí.

Es un improperio, se dicen. Un atentado contra la moral y las buenas costumbres revolucionarias, repiten. ¡La mano del imperio conduce esos dedos! Y a más miedo más algarabía represiva. Atrás dejaron la Mafalda de sus años de liceo.

Pero es inútil la celada: la alondra vuela con destreza, se escabulle en el aire, se posa sobre los bustos de los nuevos héroes y si Eliseo Diego nos permite una cita inconsulta: “los roza con sus alas y ni un montoncillo de amargura queda”.

De manera tal que estemos al tanto: fraguarán encuentros de ex caricaturistas aletargados, simposios internacionales de comunicólogos dormidos, reuniones de partido con militantes desengañados, gabinetes con ministros aterrados y cadenas de televisión de repetición instantánea. Todo para evitar, sin éxito, el aleteo alegre del humor en sus pescuezos.

 

La caricatura, esa alondra que nos alegra el café con una sonrisa, y también nos lo amarga con una mueca, seguirá avivando nuestros sentidos y descorriéndole el telón a las miradas insulsas.

Tendremos que alimentarla y defenderla, para que siga volando, impenitente, mordaz y provocativa, tal como no lo quieren los hombres de camisa roja.

 

 

 
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