El cambio: un pecado capital

Argelia Rios

ARGELIA RÍOS
Argelia.rios@gmail.com
@Argeliarios

 

Toda una farsa para enmascarar la desenfrenada adicción al poder y el fracaso de una gestión

La propia campaña es otra estafa. Lo que se le propone al pueblo no es la defensa de la gestión, ni de las conquistas que durante años han sido exaltadas. En los tiempos de la enmienda constitucional se dijo que la reelección debía ser una recompensa a los buenos gobiernos; un premio concedido por los ciudadanos para celebrar la satisfacción de sus necesidades. Hoy, a seis meses de las presidenciales, el mismo oficialismo asume que su desempeño es exiguo y que su único logro ha sido la toma del poder. Así, lo que “el proceso” le plantea al electorado no es la salvaguarda de lo obtenido en el transcurso de estos 13 años, sino de todo aquello que la revolución le proveerá en el futuro.

La nomenclatura roja asume que no hay nuevos motivos para refrendarle su mandato. Lo que el experimento bolivariano le ha dado al pueblo no merecería una ratificación. Hasta Chávez lo confirma: el único motivo que existe para revalidarle su majestad es la deuda que los pobres tienen con su “Salvador”. A ellos se les pide que honren su obligación, devolviéndole al comandante, con votos contantes, el amor que les ha sido entregado. No es este un amor desinteresado, por cierto; es un amor concebido como una transacción de la cual existe una factura acumulada que ahora debe ser cancelada al acreedor. Sí, de eso se trata el “amor con amor se paga”.

La oferta bolivariana está agotada y a leguas despuntan las maniobras para añadirle motivaciones “religiosas” a la cita electoral de octubre. En ausencia de obras visibles que confirmen los méritos para asegurar el premio de la reelección, la propaganda oficial apela a la simbología religiosa haciéndole creer a los humildes que la “salvación de los oprimidos” llegará algún día, con el sacrificio de sus aspiraciones particulares, en beneficio de un impalpable “estado de gracia” derivado de la lealtad absoluta al credo revolucionario. Sin el menor rubor, y a falta de eficiencia en el cumplimiento de sus deberes como administrador, el “Creador” del “proceso” hilvana a la revolución como un fin en sí mismo, cuya feligresía está exigida de brindarle devoción ciega y fervorosa.

La vida ofrendada del “Salvador” -por la cual sus creyentes han de entregar las suyas- no admite insatisfacciones. La intangible promesa de “la tierra prometida” espera la respuesta del pueblo, obligado a hacer votos de lealtad absoluta hacia una “patria futura” cuya materialización impone la resistencia a la tentación del cambio. En esta construcción mágico-religiosa, el cambio es un pecado capital que admite el castigo del diluvio: toda una farsa para enmascarar la desenfrenada adicción al poder y el fracaso de una gestión que no posee méritos para recibir la gracia de la salvación.

 

 

 
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