El silencio se impone

Armando Durán

ARMANDO DURÁN

 

Saber es una necesidad imperiosa del ser humano.

Y un derecho inalienable del ciudadano. Circunstancias estas altamente peligrosas para los poderosos de todos los tiempos y signos ideológicos. De ahí que el simple derecho de informar y querer estar informado le imprima al periodismo su irrenunciable carácter contestatario.

De ahí también que se le persiga con tanto afán. En definitiva, la curiosidad no ha sido nunca una experiencia inocente. Así ha sido desde que Adán se arriesgó a ser expulsado del paraíso para siempre, sólo por querer saber y pensar por sí mismo. En gran medida, la historia de la humanidad reseña esa difícil lucha universal del hombre por ser libre: según Marcuse, la eterna confrontación de Eros y Tánatos.

Fiscal general de la República Luisa Ortega Díaz

Cuando hace pocos días Hugo Chávez advirtió que informar sobre la contaminación de aguas, que debían ser potables y al parecer no lo son, constituía un acto de terrorismo y tranquilamente le impartió instrucciones tajantes a la fiscal general de la República para actuar penalmente contra quien se atreviera a hacerlo, lo que en verdad hizo fue darnos a conocer, ya sin disimulos ni disfraces, uno de los principales rasgos que definen a la perfección el sistema de gobierno que prevalece en esta Venezuela nuestra del siglo XXI. Y, por supuesto, la suerte que le aguarda a quien se resista a pasar por el angosto aro de la afonía sin remedio.

La desmesura de esta orden presidencial, la sumisión con que la fiscal la acató sin chistar y la vertiginosa velocidad con que el Poder Judicial dictó su inaudita medida cautelar sólo para satisfacer el deseo personal del Presidente de no ser cuestionado por nada ni por nadie, revela la magnitud de un abuso de autoridad sin precedentes. Juan Vicente Gómez, por ejemplo, o Marcos Pérez Jiménez, para encerrar a los ciudadanos en ese túnel de silencio en el que se pretende obligar a Venezuela a adentrarse de nuevo, tuvieron que apelar al ilegítimo poder que les otorgaba la fuerza brutal de las armas. El régimen actual rehúye esa modalidad del combate frontal y recurre, por primera vez en nuestra historia, al mucho más ilegítimo y perverso artificio de utilizar los mecanismos formales de la democracia para dinamitar, mediante una circunvalación oportunista, los fundamentos reales de la libertad.

Quizá sea bueno recordar la advertencia que le formuló Fidel Castro a un grupo de militantes venezolanos de extrema izquierda reunidos en el Aula Magna de la UCV la noche siguiente a la primera toma de posesión de Chávez: “No le pidan a Chávez hacer lo que nosotros hicimos hace 40 años.” El argumento empleado por Castro era que la situación mundial generada por el desmoronamiento del Muro de Berlín y el fin de la URSS era muy distinta de la que existía en 1959 y, en consecuencia, para eso también sirve la dialéctica, había que modificar las estrategias y las tácticas con el objetivo de alcanzar exitosamente los mismos fines de la Revolución cubana, pero por caminos muy otros. Precisamente lo que había señalado el propio Chávez horas antes, al glosar en su discurso de toma de posesión la famosa sentencia de Carl von Clausewitz de que la guerra es la política por otros medios. Para él, afirmó aquel día, sin que muchos comprendieran entonces el sentido exacto de sus palabras, “la política es la guerra por otros medios”.

Pues bien, eso es lo que tenemos ahora entre manos. La guerra por otros medios. El mismo proyecto cubano, pero bajo una capa, cada día más delgada, de opaco barniz democrático. Elecciones a granel para legitimar un poder cuya legitimidad procede en realidad de sí mismo. Poderes públicos supuestamente autónomos que para serlo, ceremonia suprema de la confusión, primero deben renunciar a su independencia. Justicia que sólo sirve para darle forma legal a lo que desde ningún punto de vista lo es. Silencio, el más insondable silencio, para que nada se sepa del estado de salud del Presidente, de los miles de asesinados que se apilan cada año en las morgues de todo el país, del despilfarro, de esto y de aquello. De la impunidad rampante, de los derrames petroleros y, por supuesto, de la contaminación de las aguas. De la quiebra de Pdvsa y de la quiebra del país. Para que no se sepa nada de nada en vísperas de unas elecciones que, si llegan a celebrarse, culebra a punto de morderse la cabeza, bien pueden marcar el principio del fin de este silencio total que se les quiere imponer a toda costa a los venezolanos, o el imperio absoluto del caos. En la práctica, ¿ahora sí patria chavista o muerte?

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