LA SOLEDAD DEL TAITA

Vladimiro Mujica


VLADIMIRO MUJICA

 

El creciente desamor del pueblo y la precariedad del liderazgo emergente crean una imagen desoladora alrededor del Presidente.

Hay algo tragicómico, que se repite en diversas latitudes y distintos contextos sociales

José Tomás Boves

El colapso de los regímenes autoritarios y personalistas es un momento histórico inevitablemente cargado de dramatismo. Hay algo tragicómico, que se repite en diversas latitudes y distintos contextos sociales, donde se mezclan la figura fuerte de un caudillo con la dinámica impredecible de la adulación, el miedo y la obsecuencia que frecuentemente acompañan las cortes que se confirman alrededor del poder.

Todo ello combinado con los planes individuales de los dioses menores que conspiran entre ellos manteniendo la fachada de fidelidad al dios mayor. Un drama fascinante político y humano que en estos tiempos modernos se desarrolla con máxima exhibición frente a los medios de comunicación y las redes sociales.

El caso venezolano está lejos de ser una excepción. Después de 13 años de construcción de un esquema de poder ligado inexorablemente a la figura del Comandante-Presidente, el chavismo descubre atónito no solamente que el caudillo se enferma, sino que el amor del pueblo que presuntamente los acompañaría hasta la eternidad se va disolviendo lentamente. 

La revolución ha transformado profundamente el país en que crecimos hasta hacerlo irreconocible, a veces ajeno, pero el desgaste del poder de la revolución, y la desaparición del miedo sobre el que la misma se sustenta, es perceptible para todos, especialmente para los chavistas extremistas que integran la corte del poder.

Creo que a estas alturas está claro que el personaje de la historia venezolana en el que verdaderamente se inspira la gesta chavista no es Simón Bolívar sino José Tomás Boves, el temido Taita, asturiano por nacimiento y convertido en el primer gran caudillo llanero, líder carismático que al igual que Chávez supo ganarse el alma del pueblo llano.

Por supuesto que el chavismo jamás admitirá la herencia bovecista, pero el hilo histórico conductor del uso del resentimiento como motor de la acción de masas está allí como gran soporte del liderazgo tóxico que conduce a Venezuela.

Pero la recreación de la historia nunca es mecánica y hay algo en el ocaso de la era chavista donde la figura del Taita se confunde y se integra con la del Bolívar frustrado y desilusionado que encontró refugio en tierras colombianas al término de su vida. La imagen de soledad de Simón Bolívar en Santa Marta y su terrible y trágica confesión de que había “arado en el mar” surge hoy recreada con fuerza en lo que se anuncia como las postrimerías de la era chavista.

Hugo Chavez mano en la frente

Hugo Chávez

En primer lugar destaca la pobreza del liderazgo que pretende suceder a Chávez desde el interior de las filas revolucionarias. No es solamente la precariedad de luces de los aspirantes a la sucesión, sino la profunda ambición por hacerse con el legado del poder sin tan siquiera tener las grandes dotes inspiradoras de devoción del líder fundamental.

El patético espectáculo de las peleas internas del PSUV, ventiladas y escondidas a plena luz en las conferencias de prensa de los lunes, y las escenas de reconciliación fingidas que suceden como en telenovela a los episodios de enfrentamiento, dejan ver el resultado del aniquilamiento del pensamiento y la acción independiente que el Comandante-Presidente ha impuesto a sus seguidores.

Lejos de crear un liderazgo colectivo fuerte, lo que emerge es un conjunto de ambiciones desarticuladas en un remolino interno de zancadillas y conflictos. Más allá del daño que han hecho al país, conmueve el drama del gran líder enfermo e hiperactivo mirando a su alrededor y no encontrando sino a jefes de tercera que se disputan entre ellos el liderazgo y que se presentan de manera desarticulada frente al país.

Ningún émulo de Antonio José de Sucre para sucederlo.

Más allá de la guerra intestina del chavismo, que presagia grandes conmociones, se escenifica otro gran desencuentro. Esta vez uno de los actores es el propio pueblo que creyó en la revolución chavista y que descubre de manera creciente la dimensión descomunal del engaño. No hay un solo aspecto de los que hacen agradable la vida que haya mejorado en esta última década y el incumplimiento reiterado de las promesas ha ido destruyendo el vínculo emocional entre el líder carismático y su pueblo.

En un sentido muy profundo, la revolución le ha fallado al pueblo venezolano al que dice defender y ha construido una nueva oligarquía del poder cuyos recursos y manejos hacen palidecer a las oligarquías históricas que el chavismo denuncia. A los maestros del doble lenguaje se les está acabando el tiempo y un país que nunca se les rindió completamente les está exigiendo cuentas.

La conexión emocional conmovedora que llevó a muchos venezolanos a afirmar que antes de Chávez no existían, que la revolución los había dotado de identidad, se desintegra al contacto con una realidad que ya no se presta a engaños. La expresión del desamor del pueblo será tan poderosa como la de la devoción que le entregó el poder a la quimera corrompida de la revolución.

 

@talcual

 
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