UN FANTASMA RECORRE AL PSUV

Vladimir Villegas


VLADIMIR VILLEGAS
vvillegas@gmail.com 

 

La unidad del Partido Socialista Unido de Venezuela no es tan monolítica como la pintan, y la salida del partido del gobernador del estado Monagas, José Gregorio Briceño tal vez no sea el último episodio que lo confirma.

 

Aún no sabemos quién es el Páez al cual se refería el gobernador de Barinas y hermano del jefe del Estado, Adán Chávez, cuando dejó entrever que aún había un traidor por salir a la palestra. Y ese no es el caso de Briceño. Es más, no pocos apuestan a que ese Páez que le quita el sueño a Adán es el mismo personaje que le hizo la vida de cuadritos al Gato en Monagas. Pero será el tiempo el que confirme o niegue esa hipótesis. Lo cierto es que “el proceso” entró en la fase caníbal que ha dado al traste (o ha convertido en pesadillas históricas, en otros tiempos y en otras latitudes) revoluciones auténticas o de mentirijillas que sucumbieron ante terribles deformaciones que provoca el uso y abuso del poder.

José Gregorio Briceño

Briceño aguantó demasiado durante largos años. Siempre estuvo en la línea de fuego de sus poderosos adversarios hasta que le llegó su cuarto de hora, el momento de decidir si se doblegaba ante la exigencia de dejar de lado su compromiso primario con los habitantes de la región y aceptaba las presiones para suministrar agua proveniente del contaminado río Guarapiche, o se le plantaba a la poderosa Pdvsa y a la no menos pesada burocracia partidista. Ese episodio fue el detonante de una situación inaguantable a la cual sólo le faltaba un día D y una hora H.

Así ocurrió con Henri Falcón, otro gobernador con liderazgo propio que tomó la previsión de irse de las filas rojas rojitas y denunciar todas las perversiones del Gobierno y del partido antes de que se dieran el lujo de expulsarlo. Así pasó en su momento con Ismael García y Podemos, y con el PPT, tan sólo por mencionar los casos más recientes. Y en todos ellos un denominador común: mientras más se aleja el Gobierno de la Constitución de 1999 es más irrespirable el ambiente.

Y esos casos van a repetirse. Tan inevitable es que hasta el propio Presidente señala que Briceño no será el último.

La unidad del Partido Socialista Unidos de Venezuela está pegada con el cemento del autoritarismo, del centralismo exacerbado, del miedo, del bochornoso culto a la personalidad que cada día llega a niveles tan empalagosos como sospechosos. Mientras más le adulen, mientras más le jalen, más duda el comandante Presidente. ¿Dónde saltará nuevamente la liebre de la traición? Imagino que tal vez los organismos de seguridad están más activos dentro del PSUV que en las entrañas de la Mesa de la Unidad Democrática. Y, seguramente, tienen a varios Páez en la lista de sospechosos. Sólo esperan que se equivoquen, que metan la pata o, incluso, la mano. O ambas…

 

La paranoia de la depuración, de las purgas, llegó nuevamente al partido rojo rojito.

Por eso hablar de unidad y de cohesión mientras el fantasma de la traición ronda por las altas esferas del poder es, más que una gracia, una morisqueta. Lo ocurrido con Briceño y con medio PSUV en Monagas, un desgarramiento nada desdeñable, es apenas una escaramuza frente a lo que puede pasar en un futuro cada vez más cercano. ¿Cuántos gobernadores o alcaldes, e incluso parlamentarios o dirigentes medios o de base, que de la boca para afuera acusan a Briceño de traidor no estarán sometidos en su soledad más íntima al reclamo de la conciencia? ¿Y quién los detendrá si los demonios que compiten en las grandes ligas de la revolución desatan sus furias unos contra otros sin que Chávez pueda impedirlo?

 
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