A PUNTO DE RENACER

JULIO CASTILLO SAGARZAZU – 

Si alguna vez quedó demostrada la volubilidad de la “opinión pública” fue, según la Escrituras, en el periodo que va entre el domingo de Ramos y el martirio de Jesús. Tanto que los mismos seres que lo recibieron con palmas y ramos de olivo, reconociéndolo como el hijo de Dios, poco después, puestos a escoger entre él y un delincuente, optaron por liberar Barrabás.

Decía José Ortega y Gasset que “nada humano nos debe ser extraño”. Dentro de cada ser vive alguien capaz de las cosas más sublimes y también de las más abyectas. Solo la conciencia, la educación y la formación moral llevan a refrenar aquello de negativo que existe en nosotros.

No cabe duda, al tomar la perspectiva histórica dramatizada en el sacrificio de Cristo, que quien logre manipular el inconsciente colectivo podrá obtener reacciones abyectas como las que llevaron a Jesucristo a la Cruz. El temor puede obrar “prodigios”.

Quienes detentaban el poder en aquel entonces, las fuerzas romanas de ocupación y, en un plano religioso, el sanedrín judío, temerosos ante el avance de una fuerza que amenazaba con cambiar el estado de cosas (aun cuando Jesús manifestara que “su reino no era de este mundo”), pudieron convencer a una población que se hizo masa crítica e infundirles el miedo a esa promesa.

En las profecías estaba escrito que el sacrificio de Jesús debía darse para sellar con sangre la alianza que había establecido Jehová con el pueblo israelí. Al igual que El Salvador, los pueblos también están condenados a sufrir un calvario para que pueda producirse la renovación.

La gran lección de estos días no es la pasión y muerte de Jesús, sino su Resurrección. Fue el triunfo de la vida sobre la muerte. Por ello Jesús recrimina a sus apóstoles “¿Por que me buscáis entre los muertos?”

Esos mismos apóstoles, antes aterrorizados, al ver que se cumplía la promesa de la resurrección, fortalecido por el Pentecostés, cobraron valor para fundar la mayor organización planetaria que haya conocido la Humanidad.

Animados por el fuego sagrado de una causa justa, marcharon por los cuatros costados del mundo entonces conocido. Varios sufrieron suplicios pero bien valió la pena: dejaron sembrada una semilla que ha fructificado hasta nuestros días.

El mensaje a rescatar es que no importa la dimensión del sacrificio, lo que verdaderamente importa es comprender que una causa justa tendrá siempre como premio una Resurrección.

Oportuno mensaje para un país como el nuestro… a punto de renacer.

 

* Esta semana con sumo gusto cedemos nuestro espacio editorial a una columna de especial interés y calidad.  

 
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