ALEGORÍAS

Américo Martin

Desde la cima del Avila
Américo Martín
@AmericoMartin
amermart@yahoo.com 

 

-Otro dijo: Apuesto a que eso también es una alegoría
-Respondió el primero: Has ganado
-Por desgracia sólo en lo de las alegorías
-En verdad no; en lo de las alegorías has perdido
F.Kafka “De las Alegorías”

I

            La certidumbre depende de la información. Cuando las tinieblas y los rumores dominan el ambiente, las decisiones políticas no pueden ser sino tentativas, aproximadas, plenas de especulación y fantasía.

¿Qué podemos esperar de la enfermedad del presidente si ni siquiera sabemos con exactitud cuál sea la gravedad del mal que lo aqueja? Los aficionados a encontrar racionalidad en la locura pueden deducir que el daño es profundo porque si estuviera en trance de “sanación” no emitir partes médicos perjudica más que beneficia la intención del presidente, del gobierno o no se sabe de quién, pues eso también es una alegoría.

La gente dispuesta a entender el misterio cuando encubre una grave dolencia se supone que no lo aceptará si se trata de algo pasajero o próximo a pasar a mejor vida (la enfermedad, digo, no el enfermo), pero el secreto se ha mantenido con más fuerza que nunca. ¿Signo de una batalla perdida? Tampoco podríamos darlo por cierto desde el equívoco mundo de las alegorías, que suelen ser engañosas

Admitamos que si este resultado confuso fue el objetivo de una estrategia cuidadosamente diseñada, su éxito ha sido impresionante. Pero no deberíamos asegurarlo: puede tratarse de una racionalización ex post, sobre todo si nos preguntamos cuál sería el propósito de semejante estrategia. Que logre o no su objeto no cambia absolutamente nada; es un esfuerzo inútil salvo como diversión, una de las manías de la época. Bien analizada deja la sensación de un fantasmal baile de vampiros incapaz de reflejarse en el espejo;

II

            Pedirle una prórroga al Señor en lugar de a sus médicos luce desconcertante pero descubre una habilidad animal para intentar hurtarle el cuerpo a la muerte valiéndose de la divinidad, ante la cual hasta aquella debe someterse. No sabemos si este recurso extremo se justifica pues seguimos sumergidos en la oscuridad con respecto al estado de salud del hombre. Recordemos que entre sus actos y palabras no hay armonía, el signo no se corresponde al sentido como reclamaba el gran poeta de la negritud Léopold Senghor. Unir el signo al sentido es una de las misiones de la Humanidad. Desunirlo es una de las misiones del proceso bolivariano. Pero no deberíamos librarnos a especulaciones sobre el presidente. Personalmente deseo que participe en las elecciones y que la alternativa democrática no cambie su rumbo, confundida por el bombardeo publicitario que ya domina los espacios mediáticos después de las primarias y los recorridos de Capriles

            -Es lo que yo digo, interceptará uno de los convencidos de que la enfermedad ha sido una ardid en cuyas redes cayó mansamente la oposición. Respeto ese criterio pero no lo comparto, entre otras cosas porque supone que los pasos de este régimen siguen pautas lógicas y no son parte de una desconcertada gestión que no es capaz de ordenar sus desequilibrios. Si no encuentra quien le ponga fin al infierno de los apagones o al crimen callejero, parece excesivo que pueda manejar con las tuercas ajustadas políticas de consumado ajedrecista

III

            Se ha pregonado también que el presidente se quiebra en situaciones difíciles. Fue el único en rendir sus armas el 4 de febrero, que extrañamente presenta como un acto épico tipo 26 de julio; se rindió el 11 de abril–o así lo hizo creer- y como es de emociones fáciles se dice, no me consta, que lloró en la sotana de monseñor Porras. Y ahora ante el peligro de muerte se abraza, lágrimas al aire, a la cruz para que lo deje vivir un rato más. No puedo asegurar que estas manifestaciones reflejen flaqueza de ánimo o sean otra muestra de habilidad estratégica. Todo puede ser.

            Pero los que siempre están atándose a ejemplos del pasado, alegan que Allende prefirió suicidarse antes que rendirse y que Fidel no se humilló cuando fue conminado por el oficial que lo capturó después del asalto al Moncada. “¡Tírese al suelo! le ordenó, encañonándolo. “¡No me tiro!” le respondió.

-Yo sabía, me contó Fidel, que si me tiraba al suelo me iba a disparar.

El argumento me pareció algo absurdo: si lo querían matar qué más da que fuera acostado o parado.

Bolívar ordenó a Urdaneta defender la plaza de Valencia hasta morir y el bravo oficial maracaibero sobrevivió luego de exponer su cuerpo a la guadaña de la muerte, Ribas no entregó La Victoria al feroz asturiano, Páez se revolvió heroicamente en las Queseras del Medio. Que se sepa no le rogaron al Nazareno, deshechos en lágrimas, una ñapa de vida

Pero tal vez al presidente venezolano no se le pueda medir con ese rasero. Parte de su arsenal es la emoción que siente y utiliza para perforar resistencias. A lo mejor llorar es una pieza de su castillo argumental. Y si no, que lo digan Schemel y el gago Seijas, que lo perciben travestido en mito religioso. Pero todo esto, claro, es una alegoría. Y como tal un batir de alas que remite a otro significado.

Porque así como la paloma de Picasso es la alegoría de la paz, el llanto del presidente bien pudiera ser la alegoría de la guerra.

 

 

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