McDonald’s y los límites de la libertad

Vicente Diaz


VICENTE DÍAZ
@vicenteDz 

 

Los padres con niños pequeños lo viven a diario: cuando hay tiempo y dinero para salir a pasear y les consultan a los chamitos dónde ir, invariablemente terminan haciendo la cola de McDonald’s en procura de la bendita cajita feliz con el juguete de moda.

El alborozo infantil para ir a McDonald’s no es espontáneo, es inducido por la cuidadosa estrategia de esa corporación para captar sus mentes. Tienen parque infantil, su imagen es un payaso, organizan cumpleaños, el juguetico es sobre alguna película de moda, sus comerciales apuntan con frecuencia a ese mercado.

Pero su comida está cargada de harinas, grasas y químicos nada aconsejable para niños. Y esto es válido para casi todas las cadenas de comida rápida, por algo la llaman también comida chatarra.

La respuesta marxista a este asunto asumiría que esto es derivado del afán de lucro del capitalismo que no le importa dañar a los niños con tal de vender; y, por ende, hay que prohibir este tipo de establecimientos ya que el Estado debe velar por la salud de sus ciudadanos (casi escribo, súbditos); soslayando el hecho de que esa empresa genera millones de empleos, ha establecido altos estándares que son referencia mundial en la manipulación de alimentos y ha popularizado el concepto de franquicia que creó un nuevo sector económico.

La respuesta liberal alegaría que el ciudadano tiene libertad de elegir y que cada quien tiene el derecho de comer lo que le plazca y que el Estado no debe reemplazar a los padres en las decisiones de alimentación de la familia; soslayando el hecho de que la libertad de elección puede ser sólo una ilusión, pues en la mente del consumidor probablemente la opción McDonald’s sea la primera como resultado de una cuidadosa estrategia de mercadeo.

Los países que han superado las trampas de los dogmas ideológicos han explorado respuestas creativas. El Estado ha intervenido no para prohibir sino para promover y regular, al establecer amena educación nutricional en las escuelas, impedir cuñas de esos productos en horarios infantiles, exigir despliegue de información nutricional de forma pedagógica, inducir opciones nutricionales en los menús, establecer impuestos especiales y razonables a los productos asociados a la obesidad y destinar esos recursos a combatirla, reclamar la revisión de los componentes perniciosos en las recetas. Y esto se hace también al promover y premiar la responsabilidad empresarial y la organización de consumidores para que sean protagonistas de la defensa de sus derechos.

Estado, empresas y ciudadanos con intereses diversos deben buscar caminos para el bien común. 

Alejarse de dogmas: libertad sin autoridad es anarquía, autoridad sin libertad es totalitarismo. Para eso hay que dejar de lado tanto la bobería de que la lucha de clases es el motor de la historia como la inocentada de pensar que el humano es racional.

Hay un camino intermedio.

 
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