Miserias de la política

Carlos Boyero

George Clooney, junto a Brad Pitt, Leonardo di Caprio, Tom Cruise y ¿Johnny Deep? serían la representación suprema del actual star-system masculino, actores que garantizan un público masivo y fiel, de cualquier edad, que paga la entrada para verlos a ellos, independientemente de la calidad del producto, sin necesidad de tener referencias sobre la autoría de la película. El magnetismo de esas personalidades atrae a espectadores de cualquier parte, gente que paga la entrada en función exclusiva de sentir el encanto que despliegan estas estrellas.

Durante una época los teóricos del cine intentaron autoconvencerse de que muchos directores se habían convertido en auténticas estrellas, que gran parte de los espectadores acudían al cine buscando en primer lugar la acreditada firma del creador, valorando su obra. Hubiera sido gozoso, pero no era cierto. Tal vez funcionara en el insólito caso de Hitchcock. O de Spielberg. Pocos más. El mayor reclamo del cine desde que este se inventó es la fascinación del gran público hacia hombres y mujeres que resultan modélicos en las pantalla, con algo especial además de atractivo físico, que comunican siempre, que enamoran a la cámara y esta transmite permanentemente ese amor a los mirones. No necesitan grandes dotes interpretativas (aunque algunas de las estrellas las poseen), les basta con transmitir la sensación de que son ellos mismos, al margen de los personajes que interpreten.

George Clooney solo necesita de su seductora presencia y su hipnótica sonrisa para ser famoso y millonario a perpetuidad, admirado y deseado por ambos sexos, pero está empeñado en demostrar que además de esos genuinos atributos de estrella y de ser un actor excelente, también es alguien que tiene muchas cosas que contar, con opinión propia sobre las personas y las cosas. Como actor, pudiendo elegir los guiones y los directores que le den la gana, apuesta desde hace tiempo por el riesgo, por creadores cuyas historias tendrían problemas de financiación si él no encabezara el reparto. Igualmente, produce a directores nada convencionales. Y dirige con estilo y fuerza expresiva películas con sustancia, con capacidad para hacer pensar al receptor.

 

Una secuencia de ‘Los idus de marzo’

En Buenas noches, y buena suerte, Clooney ambientaba en blanco y negro la asfixia y el terror que impuso el macartismo. También exaltaba la necesidad del periodismo libre (esa deseable utopía que mosqueantemente pretenden encarnar tantos manipuladores ancestrales), y su enfrentamiento a los abusos del poder a través de la figura del integro, resistente y legendario Edward R. Murrow. En Los idus de marzo ya no hay nada que exaltar. Clooney habla corrosivamente de los turbios mecanismos de la política, de una profesión especialmente golosa para la corrupción, de los pactos ocultos y las siniestras mentiras que genera, de la imposible supervivencia del idealismo en ella.

Clooney, un ferviente demócrata que ha hecho campaña pública por Obama, que nunca se cortó en sus críticas opiniones sobre el devastador Gobierno de Bush, narra en esta inquietante y lúcida película los sucios manejos a lo largo de una campaña electoral que aspira a la presidencia de Estados Unidos, lo que se oculta detrás de apariencias que pretenden ser inmaculadas, la manipulación de la opinión pública, el sofisticado teatro que montan los asesores de imagen, la contradicción entre el discurso pretendidamente luminoso del que aspira al poder absoluto prometiendo el bien común y la oscuridad y las trampas de su conducta personal, los recovecos y las mentiras como regla de conducta en nombre del pragmatismo para alcanzar la victoria. Y ese aspirante al trono es un demócrata que dice cosas muy sensatas, un señor rebosante de encanto y racionalidad que recuerda inevitablemente a Bill Clinton. El proceso hacia el desencanto de su joven portavoz de prensa, alguien que cree en la honestidad y en los principios del hombre para el que trabaja, incapaz inicialmente de imaginar su profesión como un negocio artero plagado de mentiras oportunistas y cotidianas, está descrito con sutileza, nervio y profundidad. Clooney, que sabe mucho de su trabajo, se rodea de los mejores del gremio, intérpretes de lujo como Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti y Marisa Tomei, para hacer veraz ese temible universo. Se reserva un sabroso papel secundario. Y le ofrece el protagonismo al magnífico Ryan Gosling, un joven que puede parecer vulnerable y también provocar miedo. Imagino que los destinatarios del veneno de Clooney le acusaran de maniqueismo y demagogia. Pero es probable que el espectador sienta un escalofrío ante algo que parece lamentablemente real.

El País

 
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