EL 19 DE ABRIL

Américo Martin

Américo Martín
@AmericoMartin
amermart@yahoo.com 

 

I

  

       Los políticos tienen muy mala prensa, eso ya lo sabemos. En el Nuevo Orden bolivariano se piensa que desde el 4F la partidocracia o sistema dominado por los taimados políticos se batió en retirada; se habría iniciado un proceso revolucionario-socialista dominado por los ciudadanos comunes. De esta fuente pura emergería el Hombre Nuevo, el producto más elaborado de la revolución. Aponte Aponte podría encarnarlo.

       Pero no, no es así. El oficio político es visto con mucha reserva casi desde sus orígenes. Ortega y Gasset comparaba en 1921 el prestigio que para entonces tenían los militares victoriosos con el descrédito que acompañaba como una maldición a los oficiantes de la política. En aquella época a la gente le gustaba aplaudir a los hombres de uniforme porque en lugar de negociar ideas las imponían, lo que era tomado como prueba de firmeza principista, mientras que los políticos deponían sus enfrentamientos, transaban y se avenían a posiciones en algo diferentes a las que usaban para pescar votos. ¿Suena familiar?

       No obstante, la civilización debe mucho más a las transacciones políticas de tendencias distintas que a las imposiciones a menudo totalitarias de un solo personaje. La causa de eso es de una sencillez abrumadora: la sociedad no es uniforme sino variada y plural. En consecuencia, se purga y excluye y aniquila a quienes piensen distinto o se buscan puntos de coincidencia para impedir degollinas. Decidir quién asumirá el poder respetando los acuerdos básicos, dependerá del sufragio. De eso se trataba. De eso se trata.

 

II

 

       El 19 de abril de 1810 tiene ese linaje. De no ser por la forma flexible como el liderazgo abordó la inmensa tarea de separarse de un imperio de hondo asidero en Hispanoamérica, la revolución habría sido aplastada in ovo. En cambio, la emancipación bajo forma republicana resultó de un diestro y hábil manejo político, que partía de un principio elemental: para vencer hay que lograr consensos, es decir: hay que transar. Los líderes de 1810 descubrieron muy pronto que para avanzar hacia la meta debían colocar sus lemas y aspiraciones al nivel de comprensión de una mayoría que si bien podía respaldar la ruptura con la Metrópoli, más difícil le resultaría hacerlo con la monarquía. Durante tres siglos fueron formados para considerarla natural e imprescindible.

       Partiendo de semejante realidad, los líderes se asumieron monárquicos intransigentes. Crearon una Junta Conservadora de los derechos del rey Fernando VII y no de un gobierno republicano. Ese rey era prisionero de Bonaparte. Su padre, el redomado imbécil Carlos IV, abdicó a su favor pero inmediatamente le escribió a Bonaparte presentándose como víctima de un hijo que le habría arrebatado arteramente la corona. Mostrarle la carne a Napoleón y devorarla éste fue cosa de instantes. Carlos IV le cedió sus derechos al emperador, quien nombró a su hermano José rey de España y de las Indias Occidentales.

       La resistencia del pueblo al dominio francés fue sobrecogedora.  En nombre de Fernando VII, el también acobardado rey reducido a prisión, la Junta de Cádiz resistió con energía la acometida del mejor ejército del mundo. Fernando fue el inmerecido emblema, tomado en el aire por los americanos quienes a partir de sus cabildos repitieron la política de Cádiz, sin quitarle ni ponerle nada.

       Hasta en los hechos más abominables se conservan cosas muy valiosas. Bonaparte había reventado la soberanía de España pero dictó una Constitución sin monarquía absoluta y con división de poderes y derechos ciudadanos. Recordemos eso muy bien. Explica por qué la emancipación lo fue de una potencia europea pero también de un régimen absolutista. Nuestras naciones fueron libres y republicanas.

 

 

III

 

       Con semejante doctrina los patriotas se esmeraron en legitimar su revolución. Sostuvieron que los hispanoamericanos tenían un contrato con Carlos V y sus descendientes, pero no con la metrópoli española. Si faltaba el rey su dominio americano, que era in tuito personae, no sería transferible al régimen español. De allí que debieran obediencia al monarca, no a España. Esa sofisticada interpretación prevaleció desde México hasta Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata, pero tuvo en los sucesos de Venezuela un sólido soporte. La fórmula fue obra de los políticos, incluso de aquellos que uniformados nunca perdieron esa condición. Hablo en primer lugar del Libertador que con habitual brillo la expuso en la Carta de Jamaica.

       La conclusión es clara. El 19 de abril ocurrió la Independencia de Venezuela. Pero el 5 de julio de 1811,  una formalización de lo que se conquistó de hecho el año anterior, es reconocido como día de la Independencia. No obstante, el escudo de nuestro país, aprobado por el Congreso en 1836 y que se mantuvo casi sin variantes significativas hasta hoy, ofrece una llamativa particularidad: lleva en su parte inferior una cinta tricolor donde con letras de oro figuran dos inscripciones: a la izquierda, 20 de febrero de 1859, Federación;  y a la derecha, 19 de abril de 1810, independencia. ¿Por qué no se colocó 5 de julio de 1811?

       Bueno, porque en el subconsciente colectivo desde los albores de nuestra historia está sembrada  la convicción de que fue en aquel 19 de abril de 1810, desde el balcón del Cabildo de Caracas, cuando echó a andar la saga vigorosa de la Venezuela emancipada

       La  buena política es así. Ofrece resultados en lugar de desahogos hijos de la sagrada venganza.

 

 

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