LA VIOLENCIA

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 

I

            Las protestas que se multiplican con tanta fuerza en el país son multiformes. Como un niño aferrado a una escopeta, el régimen dispara alocadamente en todas las direcciones. Las dianas son las que ocupan la gestión de cualquier gobierno. El palo va y viene sin dejar títere con cabeza. La degradación de la vida del venezolano comienza con el desempleo creciente y la indetenible inflación, más su correlato de desabastecimiento; estalla con las bandas de comunes y de seudo-revolucionarios, exhibiendo sus armas y usándolas contra el que se les pone a tiro. El sistema hospitalario se desplomó en la última década según cifras del Gobierno. La Educación en todos sus niveles, se encuentra en estado deplorable, las Universidades estranguladas y atacadas por paramilitares, los pobladores de ranchos de extramuros, los damnificados atrapados en la telaraña de promesas que nunca se cumplirán.

Los trabajadores despojados de la contratación colectiva y el sagrado e irrenunciable derecho a su salario integral y sus prestaciones. Los presos políticos, víctimas de abominables sentencias que ahora resaltan por las confesiones del ex magistrado Aponte. El servicio de agua mal tratada y escasa en un país donde abunda. La energía eléctrica irrecuperable porque los gastos operativos de Corpoelec son el doble de sus ingresos, cada vez más precarios por la mezcla explosiva de ineptitud y corrupción. Pronto se conocerá la magnitud que estos diabólicos males alcanzaron sobre todo bajo la presidencia de Alí Rodríguez. En Corpoelec y las plantas invadidas por cubanos, le perdonan que sea tan ignorante porque entienden que es un lince petrolero, mientras que en PDVSA le perdonan que sea tan majunche porque creen que es un sabio eléctrico. No pueden ni podrán resolver el drama de los apagones, como no pueden levantar del suelo al coloso PDVSA o a las líneas del Metro.

            No creo necesario continuar la revista de los contenidos de las protestas porque es el cuento de nunca acabar. Sólo diré que si hubiera una palabra para resumirlas todas, esa palabra sería Violencia.

 

II

 

            Su origen es la exclusión, la ferocidad contra quienes piensan o son distintos a la clique que domina el poder. A los millones de fichados en la Lista Tascón y a las formas tradicionales de discriminación, ejemplo reciente la homofobia, se agrega la enfilada por la cúpula contra aquellos que se atreven a disentir en el seno del gobierno. El PPT y Podemos han sido víctimas de intentos escisionistas. A la furia contra Henry Falcón, frustrada por la lealtad del pueblo larense a su gobernador, se sigue con la apabullante agresión contra el Gato Briceño y los monaguenses, que afortunadamente está siendo respondida con valor y energía. La crisis planteada por la red militante conducida por Eloy Tarazona, sostenido por la base del PSUV en el estado Bolívar, le acarreará seguramente el asalto de la jauría.

            Pero también es interesante el caso del ex magistrado Aponte, quien durante años había sido duramente cuestionado por la oposición y férreamente defendido, enaltecido y hasta condecorado por el gobierno, y personalmente por el presidente y su hermano Adam. La disidencia democrática no ha cesado de criticarlo, pero lo nuevo es que, como se decidió a confesar cosas oscuras de la intimidad de un régimen tan manchado de corrupción, está recibiendo toneladas de agresiones verbales y físicas. Sus perseguidores no tienen la menor autoridad moral para proceder de ese modo porque fueron quienes lo encumbraron y convirtieron en ariete implacable contra los disidentes.

 

III

 

            ¿Por qué insultan y descalifican? ¿Por qué le atribuyen sus pecados a la unidad democrática? Tiran la piedra y esconden la mano. Capriles no se hunde en ese pantano, mantiene su lenguaje de paz, no devuelve los insultos prostibularios, lo que pone de bulto que tiene claro el gran dilema nacional: amantes de la paz o  cultores de la violencia. Obviamente, los venezolanos, apabullados por los violentos se inclinan con serena regularidad hacia la opción representada por Capriles, pero los capitostes del régimen no pueden dejar de provocar y descalificar. Algo trascendente los empuja: una nebulosa y recóndita antigualla que atribuye sentido misionero a la violencia. “Partera de la historia” la llamó Marx. “No cabe diálogo entre la burguesía y el proletariado” repite el presidente Chávez con uso apasionado de las palabras.

            Esta teoría reivindica al más brillante de los terapeutas de la violenta, George Sorel, a quien hasta los comunistas repelieron por su intransigencia revolucionaria.

            Muchas cosas podrían decirse de este llamativo francés, a caballo entre los siglos XIX y XX, pero mejor oigámoslo a él:

            “La violencia proletaria, ejercida como pura manifestación del sentimiento de la lucha de clases, aparece así como algo bello y heroico. Está al servicio de los intereses de la civilización y puede salvar de la barbarie al mundo”.

            Es la legitimación de la violencia, de la persecución  política, de la guerra revolucionaria. Imagino el chispazo que saltaría si Chávez se encontrara con Sorel antes del 7 de octubre. Cuidado si nuestro alquimista no sufre una nueva conversión, que ni mala sería dada su usual propensión a no hacer lo que pregona.

Que hable de la violencia soreliana a ver si deja de practicarla.

 
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