¿Chávez por siempre?

Carlos Ochoa


Mercuriales
Carlos Ochoa
ochocarlos@gmail.com    

En la Venezuela republicana ni  la religión católica ha podido desplazar al bolivarianismo de su pedestal, afirmó críticamente el filósofo Luis Castro Leiva. El mito bolivariano está vivo, la figura de Bolívar se ha instaurado como eje del imaginario colectivo, lo que deviene que  ser venezolano implica entonces, ser bolivariano a medias, ya que lo imaginario como memoria histórica implica nutrirse de las ideas, las aspiraciones y las experiencias de una época, y en nuestro caso, la época de Bolívar,  es víctima de un reduccionismo malévolo que valora únicamente los logros épicos de la guerra de independencia, lo que trae como consecuencia un desconocimiento  del Bolívar de carne y hueso, el Bolívar humano que tanta falta nos hace conocer, y también  por supuesto, de su tiempo histórico y sus contemporáneos en una dimensión más amplia que alimente nuestra percepción del pasado venezolano.

Pero esta manera distorsionada e inconclusa de entender la venezolanidad,  se corresponde con una intencionalidad política de vieja data, que pretende justificar el atropello a las leyes y a las normas utilizando  la figura de Simón Bolívar.  Ya en el siglo XIX Guzmán Blanco sentó las bases del culto bolivariano para mantenerse en el poder, y en el siglo XX Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez  dispusieron a su antojo del nombre  de Bolívar para la misma causa. Ahora  con la refundación del culto por parte de Hugo Chávez, el  Bolívar que necesitamos  está cada vez más distante, y con el drama de la enfermedad del Presidente y su posible ausencia,  cobra interés que retomemos el tema del culto bolivariano, por encontrarse en este la clave de la estrategia del chavismo sin Chávez, que aspira reciclar el culto con el comandante de protagonista.

Si desarrollamos la idea pensada por el historiador José Pascual Mora-García  en su trabajo de  los imaginarios venezolanos,  en donde “Bolívar no es el que murió en Santa Marta en 1830, sino el que vive hoy en el corazón de todos los venezolanos  y latinoamericanos”, podemos captar que tipo de conexión mítica puede intentar establecer la dirigencia chavista si se produce la ausencia o impedimento  del líder para postularse.

El candidato o candidata suplente va a mercadear la idea que “Chávez no está muerto o impedido pues está más vivo que nunca en el corazón de los venezolanos”, un lema similar ha mantenido la izquierda necrófila desde hace mucho, “los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”. La conexión tiene sentido en Bolívar, por constituir El Libertador parte del mito fundacional de la venezolanidad bien o mal entendida, ¿pero qué ha construido o fundado Chávez?

El socialismo del siglo XXI es el capricho  anacrónico de un líder carismático embaucador con innegable talento político, pero inepto y sin visión para solucionar los problemas concretos  de los venezolanos.

La operación tiene sus dificultades para el candidato sustituto, pueda que le resulte para mantener el voto duro, pero no da para más allá, pues no se aprecia en el chavismo ni en la familia presidencial, quien pueda heredar la conexión emocional que Chávez, como mago de feria, ha explotado a lo largo de estos 14 años de desgobierno.

 

 
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