LA TELE

Peter K. Albers


PETER ALBERS
peterkalbers@yahoo.com 

 

A veces escucha uno a alguien decir que prende el televisor al despertarse en la mañana, y lo deja encendido mientras se ducha, afeita, viste y desayuna. Antes de salir al trabajo lo apaga sin haber prestado atención alguna a lo que las ondas traían hasta su pantalla luminosa. Tal vez solamente era una necesidad de escuchar un ruido cualquiera, música, voz, tiros, chirriar de cauchos, explosiones, o el vociferar de algún mitinesco político en “replay”. Todo a falta de la voz de la pareja que todavía duerme.

 

O tal vez quien vocifera no está en “replay”, sino en, como se dice ahora, “tiempo real”, que me parece que no es otra cosa que una mala traducción del “real time” del idioma inglés, y que tal vez sería más apropiado traducir como “tiempo actual”. Claro está, a quienes no saben una papa de inglés, pero presumen de saberlo, les es fácil caer en la trampa: “actual” en inglés no significa lo mismo que “actual” en español, sino más bien “real” o “verdadero”. Son los que se enorgullecen de poner nombre exótico a sus negocios, como por ejemplo “Arepa’s” o “Zapato’s”, sin saber que en realidad están diciendo que el dueño del negocio se llama “Arepa” o “Zapato”. O como quienes ponen una venta de cauchos (otro ejemplo) y la llaman “Castillito Tire” y, para colmo, el local queda al lado de un conocido “motel”.

 

Pero volvamos a la televisión, que me he desviado del tema porque, mientras escribía, comencé a pensar en lo que embrutece la televisión. Poco a poco hemos ido cayendo en una cultura de “History Channel”, “Animal Planet” y “Nat Geo” que no deja de ser preocupante. Sobre todo con lo malo de los doblajes, que se empeñan en explicarnos que una lagartija tiene “diecisiete coma setenta y ocho centímetros” por el simple hecho de que el “científico” que hace el programa dijo en inglés que la lagartija medía “unas siete pulgadas”. ¡Vaya precisión! Un visitante adolescente me preguntó una vez por qué tenía tantos libros en mi casa, que para aprender historia bastaba ver el fulano “History Channel”. Como si un dato específico que uno necesite en determinado momento pudiera obtenerse con una simple llamada: “Aló, History Channel, necesito que me pasen de inmediato el programa ese que ustedes tienen sobre la batalla de Waterloo” y ya…

De esa “cultura” de la televisión no son pocos los beneficiarios: actores, cantantes, presentadores, humoristas, locutores de noticias, entrevistadores, publicistas, modelos retocadas por el cirujano plástico, “científicos”, gente a quien le pagan por comer cuanta porquería hay en el mundo. Y presidentes.

 

Y pensándolo bien, ya que el tema de hoy es el de la televisión embrutecedora, se le ocurre a uno que cierto compatriota nuestro erró su profesión. Qué lástima.

 

 

Versión editada

 

 

 

 
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