LOS LABERINTOS DEL PODER

SIMÓN ALBERTO CONSALVI

SIMÓN ALBERTO CONSALVI
sconsalvi @el-nacional.com

 

En su columna de El Universal del domingo pasado, Elías Pino-Iturrieta escribió sobre “El emblemático Aponte Aponte” y, a pesar de lo deplorable que resulta mencionar al personaje, quiero detenerme en sus observaciones porque sería un error que pasaran inadvertidas. Esto es lo que nos sucede con frecuencia, y, como consecuencia, la montaña rusa de nuestros laberintos se va sucediendo con tal frenesí que nos vamos quedando como desahuciados, inermes, sin palabras, aterrados de lo que vemos y padecemos.

Por eso me detengo en las reflexiones de Elías. Tocan la médula de nuestra desgracia y apuntan a la crisis moral que corroe a la nación. El historiador se pregunta cómo un hombre de la ignorancia y mediocridad del coronel pudo optar a cargos de tal rango y responsabilidad como fiscal militar, magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, y presidente de la Sala de Casación Penal del alto tribunal.

Obviamente, no reunía méritos ni personales ni académicos para tan relampagueantes ascensos. Pero tenía una condición, la de incondicional del Presidente de la República y militante radical del proceso. Si contribuyó a hacer de la justicia la guillotina de la revolución, asumió con orgullo la misión de verdugo.

Conviene, o es preciso advertir, que no era el coronel y magistrado el que tomaba las decisiones. No pasaba de ser el instrumento ciego de quienes ahora escurren el bulto y se dan golpes de pecho por haberlo dejado solo, teniendo como en efecto tiene tantas culpas y crímenes compartidos.

No dudo de que ellos son más responsables que el magistrado fugitivo. No gastaré epítetos para referirme a él. Bastan con los que le disparan sus antiguos cómplices. Es preciso olvidarse del personaje para reflexionar en el fenómeno que representaba. A esto apunta el historiador Pino-Iturrieta.

Olvidémonos por un momento del coronel, como si se lo hubiera tragado la tierra. Lo verdaderamente trágico nos espera. ¿Y qué puede ser algo tan nefasto? ¿Lo imagina, lo supone, lo percibe usted? Pues, muy simple. Al coronel Aponte Aponte lo sustituirá otro Aponte Aponte tan mediocre e ignorante como él, pero tan incondicional y tan verdugo como él porque la revolución bolivariana a estas alturas de la historia dejaría de ser revolución si no degrada la justicia y la condena a su misión de guillotina.

De ahí lo emblemático, según Pino-Iturrieta, porque los Apontes proliferan, y son el denominador común de la burocracia reinante. Todos acampan bajo el mismo paraguas. Todos hablan el mismo lenguaje. Todos repiten que en revolución no se concibe la autonomía e independencia de los poderes del Estado. Todos quieren ser sumisos, complacientes, obedientes. Todos, como el magistrado que habló en la inauguración del año judicial, encuentran que el derecho de la revolución es la única ley. ¿Lo recuerdan? Tal vez no. Y esta es otra de nuestras desgracias. El olvido, la resignación, la indiferencia, la complicidad. O, quizás, el cinismo.

“Como no quiere hacer a solas su viaje hacia el infierno, el magistrado Aponte Aponte ha establecido, desde su mediocridad, un vínculo estrecho con la mediocridad que lo rodea”, escribe el historiador, y añade: “El vínculo es susceptible de poner en relieve atrocidades que se intuían, pero sobre las cuales faltaba el testimonio de uno de sus actores”.

La mediocridad está equitativamente repartida en todos los poderes del Estado. Unos eligen a los otros, y todos a una queman el incienso que los sustenta. Nunca había sido tan patética la gramática del poder como en esta etapa triste de la historia venezolana. La gramática también está bajo secuestro. Los ministros usan las mismas frases, aunque a veces no las completan.

Los diputados olvidaron la palabra, no la usan, no pueden, sólo las disparan pero ninguno ha pronunciado un discurso coherente. Si una rectora del CNE se dirige a los ciudadanos, no puede desprenderse del lenguaje autoritario, como si el diálogo con los ciudadanos les estuviera vedado. El complejo de guillotina está instalado en la revolución, y de ahí la tragedia de la gramática del poder.

¿Imagina usted a un jerarca (ministro, general o magistrado) que hable en tono civilizado, como parte de un país y como funcionario destinado a la alternación constitucional? No.

Es inconcebible y no sucederá porque la revolución los condenó al laberinto de la guerra.

Porque, además, revolución significa control de la sociedad, represión, divisionismo, discriminación.

Para armar un aparato de poder que garantice incondicionalidad, sumisión, obsecuencia, se necesitan los Aponte Aponte, y esa cantera está al alcance de la mano todopoderosa que los maneja como títeres. No es posible suponer que las atrocidades cometidas en nombre de la ley cesarán porque haya caído un verdugo. La mano que lo movía como el gran guiñol necesitará otros coroneles togados. Nadie lo dude: véalos, ahí están haciendo cola.

El emblemático Aponte Aponte era apenas uno entre muchos.

 

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