LOS MOTIVOS DEL MAL

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
@AmericoMartin
amermart@yahoo.com 

I

            Extraordinarias son las reflexiones de Hanna Arendt sobre el totalitarismo, sistema que contra las esperanzas de la Humanidad no quedó enterrado bajo los escombros del estalinismo, el comunismo, el nazismo y la tríada asiática-tan emblemática ella- de Mao, Pol Pot y Kim Il Sung (y su descendencia), ni tampoco  de  los modelos fidelista, trujillista, somocista, pinochetista y sistemas similares o que apuntan en la misma dirección.

 

Eladio Aponte Aponte

           De Arendt nos queda, además, su profundo estudio  sobre la “banalidad del mal”, que nos ayuda a comprender cómo es que personas corrientes, sin apariencia maligna, cometen crímenes despreciables. No lo hacen porque tengan una especial capacidad para ello, sino porque se han convertido en piezas de un engranaje fundamentalista basado en la creencia de que aquellos actos horrendos constituyen “males inevitables”; etapas, digamos, en el camino hacia la justicia universal, o medidas de defensa contra fantasmales conspiraciones de enemigos feroces y bien armados. Para ellos, tranquilos y satisfechos de sentirse parte de una “causa histórica”, lo que cuenta es cumplir con eficacia y sin remilgos las tareas encomendadas.

            En una onda parecida, el gran escritor norteamericano Saúl Bellow había hecho constar que “el gran éxito” de los nazis consistió en lograr que la gente aceptara como cosa corriente y trivial, monstruosidades capaces de horrorizar a cualquier ciudadano medianamente despierto.

II

            El tormentoso tiempo que estamos viviendo los venezolanos ha sido pródigo en técnicas semejantes. Los escándalos más ominosos se dejan ver hasta que otros tan o más desagradables los hacen pasar al olvido. Los hechos brutales que no suscitan respuestas eficaces por parte de las autoridades, tienden a ser asimilados, digeridos, metabolizados, almacenados porque la gente quiere seguir viviendo su vida sin el acoso permanente de la conciencia o del espanto.

            ¿Cómo es posible que no estalle un huracán de protestas ante las revelaciones del magistrado Aponte? ¿Acaso desnudar el vergonzoso estado de la Justicia y la íntima conexión del narcotráfico con los altos funcionarios del gobierno, no tendrían que mover enérgicamente la vindicta pública?

            El “éxito de los nazis” de Bellow, adormece la conciencia, crea una coraza de indiferencia que deja a la sociedad inerme.

            Recordemos que la confesión de Aponte Aponte no es un hecho aislado, una sola manzana podrida. Los antecedentes abundan y los personajes parecen repetirse. La lista de los delitos es impresionantemente larga, pero baste con recordar hechos tan resonantes y tan sin consecuencias como el maletín de Antonini y sus escandalosas secuelas, que no causaron despidos o castigos. Lo que rodea el asunto del magistrado Aponte es siniestro. Él mismo declaró que se iba del país para no ser golpeado por la furia que cayó sobre el gobernador Aguilarte, hombre del proceso, cercano al presidente, que de repente fue siendo aislado por sus antiguos amigos, hasta ser victimado por unos sicarios. Se comenta que algo parecido le ocurriría al general Moreno, cuyo bárbaro homicidio llevó a su conmovido hijo a declarar en forma enigmática: “no podrán impedir que lo que sabía mi padre sea revelado”.

            Aponte ha dado el testimonio más terminante de la sumisión del TSJ y la utilización de jueces para revestir de juridicidad actos de venganza o de persecución política. También puso al descubierto la relación de generales con la droga, las FARC y los presos de conciencia. En una parte de su confesión reconoce que la juez Afiuni, los comisarios y policías, Mazuco y muchos más fueron condenados por  él y otros jueces, bajo la presión de la presidenta del TSJ y hasta del Primer Mandatario. Estaban apercibidos de que si no obedecían, sufrirían la suerte de la digna María Lourdes Afiuni o en el mejor de los casos serían echados del Poder Judicial. Reconoce su responsabilidad en la comisión de  despreciables delitos, lo que convierte en secuestrados políticos a las víctimas de aquellas sentencias.

 

Saúl Bellow

           ¿Por cuánto tiempo más privará “el éxito de los nazis” de Saúl Bellow?

            Es bueno dirigir esa pregunta a los militantes del PSUV. Llegaron al partido entusiasmados porque entraban a la escuela del Hombre Nuevo, sin las perversiones morales que nadie ha cometido más que este gobierno. Creían ingresar a una fuerza revolucionaria al servicio de los parias del mundo. Pensaban en la ruidosamente pregonada Economía Solidaria, autogestionaria y democrática

III

            Pero el balance de semejante ideario es trágicamente negativo. Ingentes recursos se perdieron en los bolsillos insaciables de la corrupción; nunca se conocerán los montos malversados porque la función contralora  desapareció del hacer administrativo.

            El profesor Oscar Bastidas-Delgado hace una relación ordenada del hundimiento de lo que el gobierno entiende por “Economía Social”. El desastre comenzó con el Sistema de Aldeas Rurales Sustentables, frustrados medios para uso de grupos gubernamentales. La joya de la corona fueron las Cooperativas “seis años después –recuerda Bastidas- más de 280 mil constituidas serían calificadas por el presidente como instrumentos del capitalismo”.

Vinieron cacareando los gallineros verticales, hace rato olvidados como no sea para mofarse por lo bajo. En 2003 nacieron y murieron los cultivos hidropónicos y los Fundos Zamoranos y Núcleos de Desarrollo Endógeno. ¡Cuánto dinero perdido! ¡Cuántas ilusiones evaporadas! El sumun de esta estrategia de barro  son  los consejos comunales, “embudos receptores –advierte Bastidas- de aportes gubernamentales que no desarrollan ahorro ni crédito”

            Si a ustedes, amigos psuvistas, los despojan de razones éticas y de proyecto viable  ¿por qué seguir con los puños en alto entonando cantos gregorianos a una causa inexistente?

           

 

 

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