Chávez, monólogo en voz de mando

 
ESPECIAL PARA EL ABC DE LA SEMANA

Desde el bosque de frases exaltadas, conjuras, pontificaciones lugarcomunistas y signos de admiración en que está encapsulado, bosque que sostienen la erre de retórica, la D de demagogia, la P de populismo, la I de ira, la CHE de cháchara, quien nos manda no para de hablar, sigue, enfermo o sano, persuadido de que la doctrina con letra entra.

 

Faitha Nahmens

Faitha Nahmens

Cada vez más soez y más iracundo –“majunches”, “escuálidos”, “mariconsones”-, cada vez desvencijado y mal conjugado -“optubre”, “de sembrina”, “aperturar”, “accesar”-, cada vez más estrambótico en su afán igualitario -“miembros y miembras”- y cada vez más inquietante y perturbador el discurso oficial para los oídos exhaustos que se sienten atosigados de día y noche con su incesante bombardeo verbal -“!Si permiten que la oligarquía y el polluelo pitiyanqui golpista Henrique Salas regrese a la gobernación a lo mejor voy a terminar sacando los tanques de la brigada blindada, para defender al gobierno revolucionario y al pueblo de Carabobo!”-, a propósito de las celebraciones de abril, las día del idioma, y del libro, por si acaso, imposible no abogar por una campaña a favor del mejor predicamento, imposible no pedir tregua, imposible no aspirar a escuchar -en vez de cadenas y condenas, bramidos y amenazas, fábulas y consignas-, las palabras que invitan a pensar fuera del recetario, las que vienen de la razón en lugar de aquellas calculadamente biliares, las sabias, las que contienen la reconciliación y facilitan el entendimiento.

Ha de ser más que una simple consideración burguesa. Las palabras usadas como piedras -más por el lado de lo demoníaco que por emular al esmerado Demóstenes- así actúan: lastiman, intimidan, agreden o enardecen. Más de un estudioso de la comunicación considera que el lenguaje rudo y cuartelario del presidente venezolano estaría conectado a las acciones violentas de sus seguidores contra sus detractores. “Su idiolecto”, como le llama el lingüista Germán Flores, autor de La palabra de Chávez“ es un discurso constante de confrontación y guerrerista, y las palabras tienen fuerza propia, no se las lleva el viento, no, pueden traer tempestades”. Con argumentos o no, y en todo caso por encima de la normas que sobre la difamación él mismo defiende con celo para sí -revelar hechos está bien, acusar y ofender no- tiene por costumbre lanzar improperios a diestra y siniestra: “Ladrón”, le espetó a Alan García, “Mentiroso”, le enrostró a Uribe. “Borracho,burro, donkey, mister Danger, cobarde, alcohólico, eres de lo peor que ha habido en este planeta”, le soltó, a Bush. “Cerdo”, ofendió a Henrique Capriles Radonsky. La guerra es a viva voz. La lengua es de niple.

Por identidad, convencida actitud militante, zalamería, o mal gusto, el equipo gubernamental no se queda atrás. Si el mandatario es a menudo criticado por incitar el vandalismo con su arenga incendiaria, los chavistas de nónima y ejercicio no han sido tímidos en atizar la mecha del voraz estilo, y propagar el fuego. “Son unos sifrinos fachistas y mariconsones”, dijo muy poco diplomático el canciller Nicolás Maduro, el 12 de abril, refiriéndose a los políticos opositores. “Los pendejos son los que van a terminar entregando sus armas…  ¡que los ricachones se las metan por el…!” hizo la acotación, la misma semana y en horario infantil, Juan Barreto, hablando (mal) de la política de desarme.

 

El cree que la gente es vulgar, grosera, ordinaria, por lo que nos habla así, persuadido de que eso lo acercará al pueblo”, sostiene Flores. Y al parecer, sí: su hablar campechano -amén de virulento-, lo presentaría como un líder próximo, accesible, uno de los nuestros. “La verdad es que el presidente, con su hablar vulgar y marginal, nos obliga a enfrentar lo que siempre queremos evitar, lo que rechazamos, y no sólo en alocuciones. Porque además de que habla como los marginales (en un sentido literal: los excluidos), actúa como ellos, y lo más importante es que los reconoce, les otorga un lugar dentro del discurso. Chávez no deja de tener razón en muchas de las cosas que dice”, desliza, a contramano, Javier Ignacio Alarcón, en la página virtual Guayoyo en letras, “y la oposición, que se ha convertido en pura reacción, sigue negando las formas culturales y sociales que le permitieron al presidente sentarse en Miraflores”.

 

Las frases de Chávez son dardos que reparte con éxito: se riegan como la pólvora con su carga explosiva de prejuicios y resentimientos. Son herramientas de uso práctico para la polarización. Los términos acuñados como “lacayos”, “vendepatria”, “oligarcas”, “fachistas”, entre otros epítetos para referirse a sus opositores tienen cobertura en todo el territorio nacional, consumo masivo. Como “Goriletti”, mote con que tildara al presidente de facto hondureño, Roberto Micheletti. O “vaya que es usted bien pendejo”, la frase con que le reviró al secretario de la OEA, José Miguel Insulza. O “vergatario”, fineza con que bautizara un modelo de teléfono celular. Poco amistosas, parecen buscar la provocación. En cuanto a sus seguidores, pues, también se expresan con pegajosa rima. “¡Uh! !Ah! !Chávez no se va!” es una frase que tendría un alto contenido afectivo y pasional -más parece de unos holligans-, a la vez que atenazante. Un presidente no se va, gana o pierde las elecciones. Pero no es este el caso, Chávez hace campaña como ungido. “Yo tengo que jugar un papel en la dirección —obviamente— por un tiempo, no sé por cuánto tiempo”.

 

 

Voz y bota

 

Es irrefrenable cuando está frente a un micrófono con cinco mil personas delante”, diría Luis Miquilena. Sí, Hugo Chávez es Prometeo Encadenado: habla a pasto -en una Cumbre presidencial hasta fue mandado a callar por un rey asesino de elefantes- y al parecer, según los analistas, para garantizar su onmipresencia y la vinculación eterna e indestructible con sus seguidores. El profesor Germán Flores, especialista en literatura medieval, así lo cree: “Chávez habla para mostrar la importancia, no de lo que va a decir, sino de él mismo”, tercia. Franca Erlich, experta en análisis del discurso y académica de la Universidad Central de Venezuela, reitera el argumento. Que sí, que el presidente cuando habla, ideologiza, crea conexiones afectivas, soba cabezas (aunque promete freír otras en aceite hirviendo), así como también entra con su yo como río en conuco. “Sus alocuciones suelen girar en torno de su persona y de su círculo interno y familiar, y creo que esa forma informal de decir, sin protocolo y aparentemente sin agenda, y con todo el tiempo a su disposición, con ese regodearse en lo anecdótico e íntimo, con ese tono de confianza con que ventila, pues, su vida privada, lejos de menoscabar su imagen la refuerza positivamente”, accede. “Es un discurso, el suyo, autocentrado y polarizante, que tiene el efecto de estrechar lazos con su audiencia”.

 

Herbert Koeneke, politólogo y académico de la Universidad Simón Bolívar, también resalta el rasgo personalista del discurso presidencial. “Desde que era cadete ha mostrado ser histriónico. Sin duda, busca a toda costa protagonismo, de hecho, usa reiteradamente la primera persona del singular cuando habla, y eso es propio de los líderes personalistas: se sienten irremplazables, no aceptan críticas constructivas, aspiran a permanecer durante largo tiempo en el poder y son enfáticos en su discurso de confrontación”, registra sus declaraciones La Nación de Argentina.

 

́lvaro Uribe y George W. Bush, los más insultados.

Cabe recordar esta imagen: Chávez hablando del estado y señalándose con el índice a sí mismo, algo así como que el estado soy yo (mesmo). Caudillo y pueblo. Nada más. Esa es la fórmula ceresoliana de instantánea aplicación chavista. Sin instituciones y mucho menos intermediarios que interrumpan el encanto. “Terminemos de entenderlo: ser institucional hoy es ser revolucionario, porque la revolución se ha institucionalizado”, revelaría el propio presidente sus intenciones. “Pensamiento, palabra y obra son una misma cosa para el Dios bíblico y Chávez quiere emularlo: que lo que él piense diga y haga sean lo mismo, y lo único, cual dogma”, interpreta Germán Flores. “Venezuela está gobernada por la verbocracia de su presidente, es la política, es el fondo, y tan hábil y abundante ha sido el uso y abuso que ha dado a la palabra, la forma ¡que modificó el hablar de sus conciudadanos!”. Un éxito: el verbo es política de estado. El verbo atacar.

 

Pero que no lo llamen “bocazas” como a Cassius Clay, que era pugilista pero su causa, el antibelicismo. Chávez va más bien regando con palabras, que serían minas, el terreno. “Con la cizaña que mete, que al parecer, resulta hipnótica, consigue hacerse de los aliados y eventuales y necesarios defensores de su causa, que pican en su río revuelto”, diría en Aló Ciudadano un participante telefónico, “cree que los pobres son sus perros, porque siempre dice que los cerros bajarán cuando él diga”.

 

Su imagen de paladín justiciero, la que buscaría per sé fortalecer, aun sin haber librado batalla alguna -por eso pretende otorgarles al 27 y al 4 de febrero jerarquía de fecha patria, como diría Ibsen Martínez- la construirá con palabras envalentonadas, palabras como balas o como oráculos, según el destinatario, que repetirá y repetirá con la voluntad del martillo que busca a toda costa que entre el clavo. Con ellas intenta difundir la doctrina, seducir, convencer, mandar, alzarse como ídolo, las lanza como Rapunzel, sus trenzas. Así teje puentes con sus súbditos desde el balcón del pueblo.

 

La enfermedad que padece, ahora mismo, le otorgaría un aire de sacrificado redentor y, en pos del papel de héroe, libra su convalecencia como una campaña admirable: “Cada segundo que me toque de esa batalla los llevaré a ustedes en el corazón”. La palabra da la pauta de su agenda. El 13 de abril, rememorando su vuelta triunfal a Miraflores, decía en cadena: “Doy gracias al pueblo que me apoyó !Bolívar no tuvo esa suerte, lo dejaron solo!”. Así que quien abrió la tumba del Libertador, gesto que ya de por sí lo planta en la historia en un nivel de tú a tú con el tótem, podría, además, superarlo en seguidores, según su propia comprensión de los hechos. Y si aquél desafió los disignios de la la naturaleza y juró que haría que le obedeciera, este también promete lo mágico: “No habrá cáncer ni emboscada de la vida que nos detenga”. Ibsen Martínez le dice al mandatario de la voz ora entrecortada, ora iracunda, que es “el gran charlatán”.

 

Lengua hiperkinética

 

Al cabo de 13 años en el coroto, detenta un ensordecedor récord nacional: 1500 horas dándole a la lengua, al día de hoy, según la suma del tiempo de sus discursos y alocuciones (sin contabilizar lo que habla en las reuniones políticas de aquí y allá, lo que habla por teléfono o el tiempo que dedica a hablar a solas con Simón Bolívar). Si las palabras fueran mercancía para el consumo -las groserías primero-, en el país se hubieran agotado hace tiempo. Chávez las hubiera adquerido todas y estuviéramos endeudados hasta la mudez con tanta palabra empeñada. Su mejor marca son aquellas casi 10 horas de monólogo en la Asamblea Nacional (13 de enero de 2012), cuando entregó la memoria y cuenta de su gestión; y hace poco, para asombro y suspicacia de todos, habló cinco, amén de que cantó y bailó frente a las cámaras, con todo y que está convaleciente. Valga la acotación del diputado de Proyecto Venezuela Carlos Berrizbeitia, quien le lleva otra cuenta al conductor de Aló Presidente que ha de tener más resonancia: el maratónico programa dominical le ha costado al país 23 millones de dólares.

 

Ripley mediante, hay quien le lleva la delantera: con todo y lo que habla, Chávez no llega aun a superar la marca cimera de Fidel Castro, su mentor. El dictador cubano, aunque usted no lo crea, ha conseguido hablar hasta doce horas seguidas (1968), y solo hasta 1986 había pronunciado ya más de 20.000 discursos, cifra que lo que lo convierte, de lejos, en el líder político que más palabras ha pronunciado en público, según su biógrafo Tad Szilc, y aún añadiría otros 400 antes de ceder el poder a su hermano Raúl en 2006. Desde su récord Guinnes, fascinado con el esforzado pupilo, homólogo de puños y boca, no obstante, le da su bendición: “Yo, que muchas veces abordé arduos problemas en extensos discursos, no alcanzo a explicarme cómo aquel soldado de modesto origen fuera capaz de mantener con su mente ágil y su inigualable talento tal despliegue oratorio sin perder su voz ni disminuir su fuerza”, le lanza un piropo en Granma el tío de las barbas, al que tanto ama el de La Hojilla. Y Chávez se sentirá halagado y querrá proseguir con su tarea compulsiva de predicador. Asombroso. Una semana de silencio, de estarse callado y como ausente, son la yesca de los más extremos rumores. Acaba de pasar.

Hablador de todo como los febriles, pues, asimismo será, desde la audacia, un todero del decir. Surtirá sus alocuciones de cifras colosales y promisorias, auxiliado por los empleados del ramo, así como también cantará canciones. En una minuta de horas podría despedir o contratar sin licitación ni argumentos, amenazar o felicitar a alguien (y en cualquiera de ambos caso recibirá aplausos), hacer anuncios temerarios o avizorar imágenes fantásticas que jura que cristalizarán. Cual circo romano, pretenderá alegrar las tardes dominicales de sus seguidores atormentando a algún opositor de aquí o del mundo o rememorando su infancia, a la abuela que lo crió y a la mamá que le pegó. Siempre habrá quien le pida un favor ahí mismo, y tierno consolará a un niño que no tiene dónde vivir, jurará venganza contra una empresa o un banquero, llorará, y rosario o crucifijo en mano, rezará. Todo puede pasar en una transmisión conjunta de radio y televisión solicitada por Chávez, en vivo y en horario estelar, y si le parece, no se abstendrá de decir palabrotas. “Podrán decir lo que ustedes quieran… pero lo que ustedes tuvieron fue una victoria de mierda”.

Si ha sido alguna vez cauteloso o parco -excepción que confirma la regla- ha sido para referirse a su comprometida salud, al cáncer. Las emociones no las contiene, pero la fragilidad de su organismo sí que la calla, como lo han hecho ya antes otros mandamases; cuenta la leyenda que Juan Vicente Gómez consiguió hacerse el vivo después de muerto durante dos días, es decir que se mantuviera en secreto el suceso de su finitud dizque porque quería que coincidiera la fecha de su deceso con la del Libertador, un 17 de diciembre. Por lo demás, Chávez, nacido un 28 de julio -cuatro días después de para su decepción- no se anda con prudencias ni tacto: hasta del cólico que sufrió (2008) conversaría con lujo de detalles frente a las cámaras, contando cómo sudaba frío hasta que tuvo que hacer mutis obligado por la urgencia.

Pasma también la construcción encebollada de su conversa, ora exaltada ora risueña, por los saltos, sin pausa, que hace de un asunto a otro, y por la manera cómo produce, como el mago conejos de su sombrero, palabras. Pero sobre todo deja perplejos a todos el que !no se levante de la silla! Y no será porque se mantiene con pasión aferrado al poder, no en este caso, porque a veces también habla de pie, e igual no hace pausa. Para ambos casos, se especula que por dentro de los pantalones lleve una sonda haciéndole el favor.

 

Por la boca muere el pez

 

La primera vez que se tuvo noticias de él, cuando en vivo, en transmisión televisiva, el 4 de febrero de 1992 dijo que “las condiciones no están dadas por ahora”, fue por su boca, jamás ausente que se robó el show; porque el golpe de estado falló. Aquella frase quedaría impresa en el imaginario nacional y sería su ábrete sésamo a la escena política desgastada. Hasta en la tarjeta de presentación que entregaba cuando era candidato presidencial la hipérbole estaría servida: contenía su nombre completo, Hugo Rafael Chávez Frías, su grado militar, dos números de teléfono donde localizarlo y en el dorso, una frase de Bolívar colocada sobre una bandera nacional, amén de unas palabras suyas apuntadas con su puño y letra acerca de un país limpio de polvo y paja que él conquistaría no más llegara al poder.

 

Veinte años después de aquel gesto virulento fallido, ahora se esfuerza en darle sentido heroico a aquella boutade luctuosa con el auxilio del verbo: la acaba de definir como “una movilización de conciencias”. Los conceptos como él han sufrido mutaciones, o han salido al sol en su interpretación más audaz. Así como su imagen, que de entonces a esta parte, ha cambiado -fue golpista con el uniforme de camuflaje de selva, optó por participar en las elecciones de traje y corbata, fue líder de rojo hasta que, dicen, los santeros le recomendaron otro color por razones de buena vibra y salud, y ahora va embutido en verde militar- asimismo ha desempacado su discurso: de apasionado con moderación, a radical con groserías. Aquél que arremete también se retracta. El que promete “cambiar”, y se arrepiente, luego retoma la amenaza con las venas infladas. Cada cosa, tendrá el nombre que él le pone y para todo habrá explicación, incluso, para las enmiendas. “No hay presos políticos sino políticos presos”. Así irá cambiando los conceptos, reinventando las calles y las cosas.

 

Cuando era candidato era mucho más ingenuo”, recuerda el escritor y periodista Jorge Ramos, considerado uno de los 25 latinos más influyentes en Estados Unidos. “No se le había subido el poder a la cabeza. Cuando lo entrevisté en 1998 no hablaba con ese tono de confrontación con que lo hace ahora, ofendiéndome y culpándome por hacer mi trabajo, fue muy grosero en la última entrevista que le hice”. Entonces, Chávez le dijo: “Yo no soy socialista, la América Latina que viene dará un salto adelante, por encima del socialismo y del capitalismo salvaje también… pero yo no soy comunista, si lo fuera lo dijera, no tengo pelos en la lengua”. Pero en 2009 diría, voz en cuello: “¡Sólo por el camino del socialismo lograremos lo que ya hace casi 200 años fue lanzado a los cuatro vientos, la independencia de nuestros pueblos!” “¡Patria socialismo o muerte!” (para luego que le diagnosticaran el cáncer cambiar la consigna, nada de muerte, no, le recomendarían los santeros). A esto se refiere Jorge Ramos: “Chávez no fue honesto ni conmigo ni con los venezolanos, porque los cambios ideológicos no ocurren de la noche a la mañana. Lo cierto es que Chávez ocultó sus verdaderas intenciones porque sabía que si les decía, jamás hubiera ganado”.

El que mucho habla mucho yerra, si es cierto o no, Chávez igual no se mide. Y si en su métrica kilométrica dos ideas parecieran opuestas pues nada como una ocurrente interjección y punto y aparte. Querrá, en cualquier caso que su palabra vaya adelante. Diciendo:“El cáncer debe ser tratado como los escuálidos: de manera inclemente”. Y también“La coca, no es la cocaína… ¡Yo mastico coca!, todos los días en la mañana y miren como estoy”.

Que si el lenguaje puede ser una herramienta de reivindicación femenina ha sido tópico nacional; y las consideraciones locales en ese sentido, motivo de asombro internacional. Un reportaje publicado en el diario ABC de España recogía la extrañeza que a la Academia produce la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela: “Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional…”. En el reportaje se dice que la lengua en efecto se nutre de los prejuicios más antiguos y que por su evolición, muchas expresiones van entrando en desuso por ofensivas: “Ya no decimos minusválidos, sino discapacitados”. Pero les llama la atención aquello de niñas y niños: ¿Resolverá esa incomodidad del habla el machismo? El verbo de Chavez podría servirles para elaborar la respuesta. “Condolezza Rice, a ti lo que te hace falta es un macho”. O el guiño a Marisabel Rodríguez, cuando aun estaban casados, vía cadena nacional: “Cuando llegue voy a darte lo tuyo”.

“La ciencia moderna aun no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”, dijo Freud que después de muerto parece leerle la mente al comandante. Aquel que sólo profiere palabras gentiles, instructivas y constructivas, que habla sin ofender a nadie, a ése llamo yo noble.

 

Arma silenciosa

 

Dos científicos japoneses dicen haber creado una especie de pistola que, al apuntarle a una persona, hace que tartamudee y deje de hablar. La máquina se llama “SpeechJammer”, algo así como bloqueador de discursos. La pistola recoge la voz del sujeto y le dispara, con cierto retraso, sus propias palabras de vuelta -una dosis de su propia medicina-, lo que crea una confusión en el cerebro, que no se acostumbra a escuchar el eco de la voz humana. La técnica se llama Delayed Auditory Feedback o Retroalimentación Auditiva Retardada. Los científicos aseguran que no causará dolor ni malestar físico. Se ha asegurado que podría servir para ayudar a personas con problemas de habla o para silenciar a un interlocutor incómodo en lugares como una biblioteca.

 

 

 

 

Quien de verdad sabe de lo que habla no encuentra razones para levantar la voz” Leonardo Da Vinci

 

 
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