Bombas de la paz

María Teresa Ronderos

MARÍA TERESA RONDEROS

 

El sofisticado y miserable bombazo contra el ex ministro Fernando Londoño Hoyos, hombre de derechas, abogado, periodista y empresario, es una poderosa señal de que en Colombia asustan más los vientos de paz que los de guerra. El atentado dejó dos muertos y herido a Londoño.

 

En 1984, cuando Belisario Betancur se puso a negociar con las guerrillas, la resistencia violenta a una salida pacífica se hizo sentir dejando un reguero de víctimas en el  Magdalena Medio y otras regiones del país. Entre 1989 y 1990, cuando nos alcanzamos a imaginar que Colombia podría estar en paz, pues con el anuncio de Constituyente, varios grupos guerrilleros y paramilitares dejaron las armas, los atentados a figuras políticas sobrepasaron todos los registros mundiales: tres candidatos presidenciales asesinados en una sola campaña, entre ellos, Luis Carlos Galán, que iba a ser el Presidente.

 

En 1998 y 1999, mientras el gobierno Pastrana intentaba convencer a las Farc y al ELN que dejaran las armas, éstas, el gobierno y el paramilitarismo elevaron la violencia a nuevas alturas del horror. Entre 1998 y 2002 hubo 914 masacres de civiles.

 

Y la única vez que Uribe habló de paz con las Farc, en un momento de optimismo, recién después de haber sido reelecto en 2006, otra bomba en instalaciones militares dejó la fugaz idea debajo de los escombros.

 

Ahora el presidente Santos puso la posibilidad otra vez sobre la mesa. Quizás pensó que por fin estábamos maduros para hacer una negociación que nos librara de manera rápida del fantasma de las Farc, y nos dejara ponernos a hacer un país en serio. Apoyó una reforma constitucional que le abre a las guerrillas una puerta posible de salida del conflicto y al país un marco legal para dejar atrás los pecados de la larga guerra si se firmara la paz. El día del atentado a Londoño este proyecto de norma estaba en sexto debate en el Congreso y le faltan dos.

 

Se equivocó Santos. Todavía estamos en el mismo atolladero: intentar la paz en Colombia es lo mismo que sonar las trompetas de la batalla de atentados y terror.  El juego de los guerreros ya es claro. La cacareada inteligencia del Estado debería demostrar que ha progresado y descubrir pronto a los cerebros del ruin atentado. Le debemos esa justicia a las víctimas, pero también le debemos a los colombianos más sufridos darle un chance a una pronta paz.        

 

@ELPAÍS

 
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