EL FIN DE LA INDULGENCIA FRENTE AL “NINISMO”

Alonso Moleiro


ALONSO MOLEIRO
@amoleiro 

 

Todavía se invoca a los “nini”. Se infiere sobre sus perfiles, se analiza su intrincado carácter indeciso. Se abona sobre su misterio. Se estudia y se indaga sobre su espeso silencio.

 

Vigente como estrato, se supone, en todas las mediciones. Alejado del hecho público, silvando y mirando al techo, comprando kerosene, mientras el país se descose por los cuatro costados.

 

Todavía hoy, diez años después del sísmico 2002, las encuestadoras emplean mucho tiempo calibrando su grosor natural para, a continuación, comenzar a repartir consejos sobre cómo enamorarlos.

 

El más completo y acabado galimatías de los estudios de opinión pública vigente en este tiempo histórico. La nación de los razonamientos al detal. La ciudadanía perfecta: agarro los costados que me interesan del discurso de uno de los bandos y le arranco lo pelos al pedacito que me sirve de su adversario. El ciudadano perfecto.

 

Aunque no se siente, porque no organiza marchas ni convoca asambleas, el ninismo ciertamente existe. Puede que la forma de caracterizarlos en los sondeos porte un sesgo caprichoso: no estando organizados en ninguna plataforma específica podemos apreciarlo como un colectivo que comienza a cobrar sentido a partir del borde de la orilla en donde viene a desembocar la bipolaridad nacional. Tercia entre los otros dos, habitualmente elaborando descafeinadas reflexiones sobre la importancia de la paz.

 

Aunque inocuo y desapercibido, el ninismo es, de hecho, bastante común. Camina por las calles, se monta en autobuses, se sienta en los restaurantes. Nos los conseguimos en fiestas, con opiniones disponibles para todos los temas, siempre dispuestos a divertirse. Películas, fútbol, yoga, viajes, cocina. Con cierta vocación de violinista… del Titanic.

 

Con los ninis vamos a tientas, preguntando en voz alta, tocando la puerta y pidiendo permiso. No sea que se nos molesten. El no es chavista ni opositor: es él “y punto”.

 

La tragedia del “ninismo” es esa: habita las dimensiones de la nada. Se trata de un voluminoso legajo de seres humanos que, en el más político de todos los momentos, en una circunstancia histórica que no está pidiendo la más aguda y exigente de todas las interpretaciones, no tiene expresiones políticas acabadas. Si existiera un “Movimiento Ni Ni Integrador”; si alguna “Liga ninista y democrática” presentara una plataforma en la cual sus postulados y horizontes a conquistas quedaran explicados, todo sería más sencillo.

 

Durante varios años los factores que forman criterios en la opinión pública tuvieron muchos escrúpulos en lo tocante a su relación con los ni-ni. A fin de cuentas, hacia un año tan cercano como 2004, el lente para interpretar la política venezolana ofrecía curiosos contrapuntos que podían confundir a cualquiera: unos sectores democráticos desordenados y violentos, pobremente conducidos; y un chavismo que, acorralado, todavía podía hacer suyas algunas formalidades plasmadas en la Constitución. En el trazo grueso, varias veces, la paradoja quedó completa: los opositores más radicales a veces parecían chavistas. Ningún ni-ni sensato tenía porqué hacer suyas aquellas intemperancias; lo que quería era trabajar y vivir en paz; sin más ni más, pues, como en cualquier parte del mundo.

 

Las circunstancias, huelga decirlo, han cambiado sustancialmente. No sólo se trata de que la metamorfosis chavista ha quedado consumada, y, con ella, toda la estafa política que ésta trae consigo. También es necesario apreciar el enorme peso cualitativo que podemos distinguir en la oposición hasta la fecha. Primarias, programa y unidad perfecta incluida.

 

Venezuela no tiene frente a si una elección cualquiera. El país enfrenta un dilema radicalmente contrapuesto y dramático en el planteamiento de dos modelos. Están destinados a tocar, por cierto, las fibras más íntimas de nuestra cotidianidad.

 

Uno es comunal, estatal, unidimensional, centralizado, dominado por un partido y reñido con la noción de alternabilidad. El otro es descentralizado y mixto; plural; destinado a potenciar la autonomía de los ciudadanos y a limitar el poder del Estado frente a la sociedad. Pensado para que, también, nuestros entrañables ni-ni odontólogos, electricistas y contadores puedan respirar en paz y hagan lo que quieran con sus vidas, sin que para ellos tengan que pensar en irse a vivir a Bogotá o Aruba una vez que hayan decidido no ir a votar el 7 de octubre.

 

El tiempo histórico del ninismo ha caducado. Si nuestro enternecedor ni ni no sabe de la existencia de Cadivi, de Sundecop, del Sitme, de las amenazas a Polar, de la escasez del aceite, de los secuestros y de Eladio Aponte Aponte, pues ya es hora de que se vaya enterando.

 

Ser “ni ni” pudo haber sido, hasta hace unos años, una circunstancia al cabo explicable; digna de ser escuchada y comprendida, producto de un esquizofrénico momento de polarización política que no nos ofrecía mayores opciones. En un momento como este, tomadas todas las notas, con conclusiones elaboradas y las cartas sobre la mesa, sería un síntoma de estupidez y cretinismo asocial sin descripción posible. Dos cuadras antes del siete de octubre, el único requisito que priva para ser “ni ni” es no tener la menor idea de lo que está sucediendo en la calle.

 

Otros podrán tomar fuelle para intentar justificarlo. Respecto a este tema, oficialmente comunico que yo llego hasta aquí.

 

@TALCUAL

 
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