UN LIDERAZGO CARISMATICO

Tulio Hernández


Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net 

 

Una de las interrogantes que con más frecuencia se hacen las filas de la alternativa democrática venezolana es cómo explicarse por qué, siendo el actual un gobierno tan inepto, ineficiente, desordenado, improvisado y corrupto, sigue manteniendo en las encuestas tan altos niveles de aceptación, apoyo y reconocimiento.

 

Las respuestas a la que el sentido común convoca son, generalmente, más o menos las mismas: “Las encuestas o están mal hechas o sus autores han sido comprados por el oficialismo”. “El gobierno, el gran empleador y redistribuidor de la renta petrolera, tiene controladas ­a fuerza de la chequera de petrodólares­ las conciencias de la gente común”. “Las mayorías venezolanas son incultas políticamente y, por tanto, se tragan como peces bobos las carnadas populistas del líder”.

 

Tengo la impresión de que aunque en todas estas afirmaciones hay una pequeña dosis de verdad, ninguna es suficiente para explicar lo que ocurre. Lo de las encuestas, porque el oficialismo obviamente tiene compradas algunas empresas, la mayoría de las encuestadoras que han acertado sus predicciones en elecciones anteriores muestran para la de octubre una tendencia compartida. Lo del poder del Gobierno para comprar conciencias, aunque tenga parte de razón, no alcanza a explicar por qué entonces en las dos últimas consultas electorales, el 2D y las elecciones legislativas de 2011, que no tenían que ver con el Presidente, fueron ganadas por la opción democrática. Y en lo del atraso o incultura de la población, porque la gente que votó por Hugo Chávez en 1998 es la misma que antes votaba por AD y por Copei, y sería muy temerario sostener que se produjo un colectivo embrutecimiento repentino.

 

Creo que a una buena parte de los sectores democráticos, y a los opositores que no lo son tanto, nos ha costado mucho digerir el carácter excepcional, único y original del nuevo liderazgo que conduce el país: el hecho de que lo que comenzó a gestarse en Venezuela desde su primera aparición en público, la mañana del 5 de febrero de 1992, haya sido la conversión de Hugo Chávez en un líder que responde, casi literalmente, a lo que Max Weber, el gran sociólogo alemán del siglo XX, definió como liderazgo carismático.

 

Es decir, la conversión del militar golpista de 1992 en un líder que el colectivo que le sigue asume como dotado de dones “específicos del cuerpo y del espíritu estimados como sobrenaturales” cuya autoridad emerge, así lo explicaba Weber, “en tiempos de extrema penuria y dificultades psíquicas, físicas, económicas, éticas, religiosas o políticas”.

 

No es el primero ni será el último de la historia. Ni es una pulsión propia sólo de naciones con grandes capas de pobreza. Guardando las diferencias, a Adolfo Hitler, el más carismático de los líderes europeos del siglo XX, un sargento tan histérico como histriónico, lo siguió con pasión incondicional y masiva uno de los pueblos más alfabetizados y educados de la época.

 

La mayoría de los líderes carismáticos, en el sentido weberiano del término, tuvo finales trágicos. Como el suicidio de Hitler o el exilio forzado de Perón. Pero no siempre la tragedia está inscrita en su mapa de navegación. Los venezolanos nos preparamos para salir de uno de ellos por la vía electoral. Y esa no es una operación muy fácil porque se trata de luchar en contra del sentimiento de una buena parte de la población todavía enceguecida por el culto al jefe único.

 

Por eso miro con muy buenos ojos el camino paciente, sereno y racional por el que ha optado Henrique Capriles en su campaña. Porque por la otra vía, la de las artes de la emoción febril, la hipnosis, la seducción de masas, el encantamiento histérico por la irracionalidad compulsiva del dogma, nadie derrota a un verdadero líder carismático.

 

Hay que recurrir a aquel segmento de la población al que le queda aún una parte de la racionalidad que genera no el descreimiento o el desencanto. Probablemente sea esa la única manera de derrotar un liderazgo carismático, sin tragedias. Ni armas. Ni muertes repentinas. Ni guerras. Probablemente estamos inventando colectivamente un camino inédito de liberación.

 

 

 

 
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