VENEZUELA, COLOMBIA Y LAS FARC

Elizabeth Burgos

ELIZABETH BURGOS
eburgos@orange.fr   

 

Las FARC le ponen la vara muy alta al presidente Santos en sus intentos de pacificar la guerrilla y lo obligan a jugar al lamentable papel de quien trata de excusar lo inexcusable.

El ataque del pasado lunes del Frente 59 de las FARC evidentemente afincado en territorio venezolano, contra una patrulla del ejército colombiano en el que perecieron 12 militares colombianos, a 200 metros de la frontera con Venezuela, pone en evidencia que la alianza de todos conocida entre la narco-guerrilla y el gobierno de Venezuela no implica solamente el que las FARC utilicen el territorio venezolano como zona de despeje que les permita descansar, someterse a tratamiento médico, y a Caracas como sede de sus actividades diplomáticas, sino que esa complicidad irresponsable puede convertir al país en zona de guerra pues se evidenció que los guerrilleros del frente 59 llegaron de Venezuela, atacaron la patrulla colombiana y volvieron a cruzar la frontera para refugiarse de nuevo en su campamento venezolano.

Es muy posible que Hugo Chávez y los encargados de poner en práctica la diplomacia paralela inherente al castrismo (que consiste en alimentar de manera permanente la acción de desestabilización del sistema democrático), le hayan puesto como condición a las FARC eximirse de realizar actividades de tipo militar contra el ejército colombiano.  Pero sucede que en materia de subversión y de enfrentamiento militar, más que en cualquier otro campo, surgen imponderables difícilmente controlables que pueden exigir reacciones inmediatas porque de ello depende la vida o la muerte.  Y una vez que las armas hablan, se instaura la dinámica de la violencia y la lógica que le son inherentes.  Los tiempos de duración de los conflictos armados, no obedecen a una planificación acordada de antemano.  El caso de Colombia lo asevera.  Y quienes dentro del círculo de Chávez tienen en sus manos las relaciones con las FARC, seguramente creen que la complicidad con los guerrilleros les asegura la obediencia de éstos.  La ingenuidad en las relaciones políticas, es el rasgo mejor compartido en general en el seno de la clase política venezolana.

 

Tras la elección de Juan Manuel Santos, este se desmarcó de la política de Álvaro Uribe, se restablecieron los vínculos diplomáticos entre Colombia y Venezuela.  El objetivo de Santos, presionado por la clase empresarial colombiana, era obtener que el gobierno venezolano, gran importador de todo cuanto se consume en el país, pagara la deuda contraída con los empresarios colombiano, y de paso, incrementar las relaciones comerciales.  Ello se hacía tanto más necesario cuanto los sectores de izquierda del Partido Demócrata dentro del Senado de EE.UU, frenaban la firma del Tratado de Libre Comercio con Colombia. 

 

El ex ministro Fernando Londoño sobrevivió milagrosamente del atentado.

Esta fase de “amistad” entre el presidente Santos y el teniente coronel Hugo Chávez catalogado por el primero como el “nuevo mejor amigo”, ha coincidido con una actividad manifiesta por parte de Bogotá de entablar conversaciones de paz con la guerrilla.  Seguramente sus asesores han llegado a la conclusión de que las FARC están suficientemente debilitadas militarmente por lo que es el momento de negociar.  Es muy posible que ya estén en marcha conversaciones secretas entre ambas partes y que Hugo Chávez, siguiendo el ejemplo de Fidel Castro, – gran incitador de guerras para luego proponerse como agente negociador – se haya propuesto como el elemento facilitador de estas gestiones.  Todo ello, forma parte de la rutina en este tipo de escenario.

 

Lo inesperado ha sido la actitud de las FARC que en pocos días han desarrollado una actividad de terrorismo urbano y de ataques militares que tienden a mostrar que no están debilitadas militarmente y demuestra que de haber negociaciones, pondrán la apuesta muy alta.

                                   

Pero lo que más intriga dentro de este escenario, es la modificación radical de la postura de Santos, no ya en relación a la que fue la suya como Ministro de la Defensa de Álvaro Uribe.  Porque no se trata de abogar por el mantenimiento de un estado de guerra a ultranza, dado que toda guerra debe llegar a un término y a una negociación.  Se trata de la manera cómo el presidente Santos, tras la última ola de violencia perpetrada por las FARC, ha reaccionado ante el público.

 

Después del intento de atentado contra instalaciones  de policía en el centro de Bogotá, y el atentado contra el ex ministro Fernando Londoño, en el que murieron sus escoltas y resultaron heridos 48 transeúntes, para Santos, ese atentado pudo haber sido ordenado por la “extrema derecha”, o por “tiburones”, sin dar más explicaciones al respecto. 

 

Ante la captura y mantenimiento en secuestro del periodista francés Romeo Langlois, pese a que las FARC hacia poco habían prometido públicamente que ya no practicarían más ese método, y que la captura tuvo lugar ante la patrulla de militares y policías con los que Langlois se desplazaba, víctimas de una emboscada en la que murieron cuatro uniformados y aparentemente Langlois fue herido, el ministro de la Defensa declaró que el periodista francés “estaba desaparecido”.  Luego, el presidente Santos, declaró que se “ ignoraba en manos de quién podía estar Langlois”, luego que “no estaba seguro” si las Farc lo tenían o no.  Luego, de que “habían indicios, pero que no estaba seguro de que las Farc lo tengan”

 

Últimamente, tras el hallazgo de una bomba en el teatro Gran Rex de Buenos Aires en donde el ex presidente Álvaro Uribe iba a dictar una conferencia, el Gobierno de Bogotá por boca del Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, minimizó el hecho declarando que eran “artefactos no muy grandes” en pólvora negra que “no causarían mayor daño”.  Mientras que el juez Norberto Oyarbide, argentino encargado del caso, lo consideró como algo muy grave y que la bomba era suficientemente potente como para causar la muerte de las personas que se hubiesen encontrado próximas al lugar.  Y que el daño iba a ser “muy grave para la Argentina”, pues en el sitio en donde  fue puesta la bomba iban a acudir personalidades internacionales que acompañaban al ex presidente Álvaro Uribe. 

 

Doce militares colombianos murieron tras emboscada ejecutada por el frente 59 de las FARC

Curiosamente, la policía argentina también minimizó el hecho, suscitando la cólera del magistrado quien declaró que sólo el juez encargado de un caso estaba habilitado a manifestarse y no la policía.  En  ese sentido, sorprende el comunicado oficial del Director de Comunicaciones de la Policía Federal, organismo sujeto a las órdenes de su ministro responsable, sobre que la bomba encontrada poseía “un efecto mecánico o rompedor de escasa importancia”, agregando que “la carga primaria estaba compuesta por dos bombas de estruendo de dos pulgadas, (artificios pirotécnicos) cuya carga reactiva estaría dada por cincuenta gramos de pólvora negra cada una”.  Sabemos los lazos que unen al gobierno de Buenos Aires, con el de Caracas, pero Bogotá… hasta ahora no tenía parte en el baile del ALBA.  El ex ministro Londoño declaró al salir de la clínica a propósito del atentado que sufriera, en Radio Súper del 22 de mayo, en donde alude directamente a Chávez: “Nuestro nuevo mejor amigo”, que es una amistad que hemos puesto ante los ojos del mundo como una amistad detestable, es el amigo de Gadafi, de Ajmadineyad y de Bashar al Assad, y eso no nos parece tolerable porque no es tolerable ninguna forma de terrorismo, y mucho menos ninguna forma de totalitarismo.  Uno no puede ser amigo de sanguinarios totalitarios, ni amigo de quienes sean amigos de esos sanguinarios totalitarios.  Habrá que tolerarlos con respeto, habrá que cuidarlos porque representan naciones dignas de un mejor futuro.  El noble, el querido pueblo venezolano tiene todo nuestro amor, pero no lo tiene –no puede tenerlo- el déspota que ahora los dirige, y es el que ha importado a América estas formas de terrorismo que empiezan a manifestarse.  Hemos sido gobernados por débiles, y no hay peor gobierno que el de los débiles en los momentos críticos de las naciones”.

 

Ante la voluntad de minimizar los hechos reciente de terrorismo flagrante, la conducta del presidente Santos, hace pensar en la de un rehén víctima del síndrome de Estocolmo, por lo que se justifica un sentimiento de perplejidad; porque es de suponer que un jefe de Estado no deba calibrar el tamaño de una bomba, sino tomar posición sin ambigüedad, para denunciar un acto de terrorismo.  O lanzar conjeturas sobre una supuesta “mano negra”, en relación al atentado al ex ministro Londoño, cuando públicamente las FARC lo habían condenado por sus denuncias cotidianas en contra de los insurgentes.  O emitir dudas sobre  los autores del secuestro del periodista francés, Romeo Langlois, incluso, cuando el propio Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, Alain Juppé, ya había declarado públicamente que el francés estaba en manos de las FARC. 

 

En cuanto a la actitud de colaboración del “nuevo mejor amigos” del Presidente Santos, algunos analistas colombianos subrayan el hecho de que la mayoría de los combatientes extraditados desde Venezuela a Colombia, como prueba de la buena voluntad de colaboración, con excepción del editor de Anncol, son miembros del ELN.

 

En el conjunto de esos acontecimientos de violencia política, que tienen como sede y origen Colombia, sin embargo, la emboscada en la frontera colombo venezolana y el intento de atentado contra el ex presidente Uribe en Buenos Aires, demuestra claramente, que existe una voluntad de internacionalizar el conflicto y de suscitar un estado de violencia en la región.

 

¿Será que el debilitamiento del gobierno de Evo Morales; la pérdida de liderazgo continental de Hugo Chávez, la falta de credibilidad internacional del gobierno/melodrama de Cristina Kirchner, y sobre todo, el dilema existencial de los hermanos Castro, los lleve a intentar una huida hacia adelante?

 

La irresponsabilidad de la que estos presidentes han hecho gala en el ejercicio de sus respectivos gobiernos, tienden a corroborar esta hipótesis. Queda la interrogante: ¿Qué pasa con Juan Manuel Santos? ¿Acaso también está enfermo?

 
Elizabeth BurgosElizabeth Burgos

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