CHINA Y SIRIA: PRUDENCIA ESTRATEGICA

Beatriz de Majo


BEATRIZ DE MAJO
bdemajo@gmail.com 

 

Si algo ha podido comprobarse en el caso de la criminal actuación del dictador Bashar Al Assad es que la presión internacional no depone gobiernos. La posición de China y Rusia ha sido determinante en conseguir que el esfuerzo de los demás países por detener las matanzas y los ajusticiamientos en Siria sea estéril.

 

El criterio de estos dos países ha sido similar: China se opone a cualquier género de intervención en Siria más allá de las sanciones económicas y el repudio moral. Rusia hace otro tanto y, a pesar de que ambos han condenado las matanzas de civiles y de menores inocentes en Hula, no le asignan responsabilidad alguna al poder que gobierna, aun cuando el emisario de la ONU ha develado y deplorado que los asesinatos de más de un centenar de personas fueron ordenados desde Damasco.

 

No parece que el resto de los países líderes de Oriente y Occidente, y ni siquiera los árabes, sean proclives a una intervención militar, pero sí se inclinan hacia nuevas medidas de presión.

 

China y Rusia consideran que seguir adelante con acciones que desestimulen los sacrificios humanos para provocar un cambio forzado de gobierno en Siria, podría agravar las tensiones en el área con consecuencias impredecibles. Mientras tanto, Bashar Al Assad sigue cavando tumbas y asesinando a mansalva a sus compatriotas disidentes y a niños.

 

Frente a la avalancha de rechazos unilaterales de los grandes países, que expulsaron simbólicamente de sus territorios a los diplomáticos de Al Assad, China ha permanecido imperturbable. La posición permisiva de Rusia la explican ­aun cuando no la excusan­ intereses económicos de enorme envergadura que esa nación tiene en suelo sirio.

 

En el caso de China, su negativa a ir más lejos en la defensa de los derechos humanos de los sirios se sustenta en una torcida posición principista. Desde Pekín se cavila con frecuencia acerca de las consecuencias que pudieran tener para sí misma, en un futuro posible, el establecimiento de sanciones impuestas desde afuera para corregir los excesos de poder. China es una de las potencias que coloca en primera línea de prioridad estratégica su integridad nacional. A esta integridad la han considerado mancillada con situaciones de reclamos territoriales populares tanto en el caso del Tíbet como en el de Taiwán y ello les hace pensar, a menudo, en recursos de contención y de represión armada en contra de las disidencias civiles, las que no serían aceptadas ni compartidas por los países demócratas del mundo.

 

De allí que mal puede China sumarse espontáneamente a sanciones más contundentes que permitan eyectar al gobernante sirio o poner a su régimen en una posición más comprometida. Ello puede constituirse en un precedente para eventuales actuaciones internacionales en su propio detrimento si una irrupción popular hiciera imperativa su actuación oficial en uno de sus territorios disputados. No se trata, en el caso chino, de una lealtad mal concebida hacia el criminal gobernante sirio, es simple prudencia estratégica.

 

La comunidad internacional está impaciente. China posiblemente también.

 

 

 
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