CUBA EN SEPIA

Yoani Sánchez


YOANI SANCHEZ
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La escultura de bronce fundido apoya uno de sus brazos en la barra del bar. Parece que va a pedir otro daiquiri, pero en realidad está observando con sus ojos de metal a todo el que entra y sale de El Floridita. Algunos lanzan los destellos de sus cámaras sobre aquella estatua de Hemingway, tamaño natural, mientras otros lo miran como un ser salido del pasado, de aquella lejana época en que no era nada extraordinario encontrar un norteamericano bebiendo en alguna cantina o caminando por las apretadas calles de La Habana. Tiempos en que noventa millas no parecían una distancia tan grande y la barrera del idioma se saltaba a fuerza de tragos, música, abrazos y bromas.

A pesar de la cercanía geográfica, hoy Cuba es para la gran mayoría de los estadounidenses un territorio desconocido, un región hundida en el misterio. Puede ocurrir incluso que muchos de ellos ni siquiera puedan situar a nuestro país en un mapa, o se imaginen una islita en la que se puede avistar la periferia total de sus costas desde la altura de un cocotero. Algo así como el espacio habitado por Robinson Crusoe, pero en este caso no está ocupado por un solitario hombre sino por 11 millones de personas. En ese inmenso país que nos queda al Norte, todavía hay quienes se creen la historia del heroico David resistiendo los embates de Goliat para implantar el reino de la justicia social. Y otros que nos ven más como un engendro político donde un pueblo robotizado, hundido en la miseria material y moral, amenaza con invadirlos, lo mismo como soldado que como emigrante.

Hace ya medio siglo que los ciudadanos norteamericanos se ven privados del derecho legal de visitar nuestro país. Mientras ellos han tenido que aprenderse los nombres de once mandatarios diferentes que han pasado por la Casa Blanca en cinco décadas, nuestra Plaza de la Revolución apenas ha tenido dos inquilinos con el mismo apellido. En todo ese tiempo la mayor parte de los enemigos de Estados Unidos han evolucionado hasta convertirse en socios comerciales, como Rusia, China o Viet Nam o en aliados de la OTAN como lo han hecho varias naciones de Europa del Este. Se ha dado el caso contrario de ex amigos que se hicieron adversarios, como Irán o Venezuela, sin embargo el nombre de Cuba (junto al de Corea del Norte) permanece en la misma lista.

Así que la imagen que se tiene de los cubanos al otro lado del estrecho de La Florida, se ha ido conformando con mucho de imaginación, otro tanto de recuerdos pasados y con parte de las historias de los exiliados. De ahí que no resulte raro que se nos vea como una de esas postales antiguas de colores sepias, donde se ha congelado para siempre una imagen de mediados del siglo veinte. Un pueblo que todavía se mueve sobre los viejos autos marca Cadillac, Chevrolet y Plymouth que nacieron justamente en fábricas norteamericanas. Una Isla atrapada entre la belleza de su naturaleza y el deterioro de su arquitectura, con barrios que por momentos parecen ubicados en New York o Washington DC, mientras otros recuerdan a Calcuta o a Somalia. Pasear por las amplías avenidas de La Habana actúa como un detonante para la nostalgia de aquellos estadounidenses que superan los sesenta años. Una especie de deja vu, que los hace rescatar recuerdos de su infancia, sensaciones de adolescente. Somos algo así como un museo de principio del siglo XX, pero en el cual los encargados de la “colección” no se han ocupado de cuidar las piezas que se muestran al público; una aglomeración de objetos obsoletos y remendados, que evocan el glamour de lo ya extinto.

Salta a la vista que somos los únicos pobladores de Latinoamérica que no llaman a estos rosados visitantes de camisas floreadas, con el despectivo de gringos. Aquí no, aquí le decimos “yumas” que tiene un tono laudatorio, admirativo, hasta de cierta fascinación. Aunque la propaganda política los trata todo el tiempo de “yanquis”, tal palabrita no ha logrado calar en el lenguaje cotidiano. Y lo mismo ocurre en la otra dirección. Muchos norteamericanos nos ven con el cariño con que se mira al primo más joven y pobre, que todavía tiene mucho que aprender. A veces, con cierta arrogancia, nos hacen preguntas que sólo ellos entienden ¿Por qué no funciona aquí mi Blackberry? ¿Dónde está la máquina para pagar el parking? ¿Se pueden encontrar kleenex en algún lugar? Y cada una de esas interrogantes rezuma una ingenuidad que nos da gracia, que nos hace reír. Quizás de ahí sale parte de esa imagen de que somos un pueblo que siempre sonríe, que después ellos contarán a sus amigos en New Orleans, Arkansas, Texas.

Entre los norteamericanos que han podido pisar esta tierra en las últimas cinco décadas hay también muchas personas excepcionales. Desde académicos o estrellas televisivas, hasta directores de cine de la talla de Spielberg, (¿por qué no viajar a un Parque Jurásico?) y expresidentes como Jimmy Carter, llenos todos de buena voluntad más que de ingenuidad. Otros miles vienen cada año y se atreven a desafiar los controles que impone la propia legalidad de Estados Unidos, usando el viejo truco de viajar a través de un tercer país y aprovechándose de que las autoridades migratorias no estampan un cuño en su pasaporte para que nadie descubra su entrada a este demonizado territorio.

 

Entre esos intrépidos visitantes estuvo Jaime, un muchacho de New York, que no conforme con apasionarse con la literatura cubana, se enamoró perdidamente de una joven trigueña de ojos oblicuos y manos de curandera. Un día, hace más de cinco años alguien le preguntó justamente cómo veía a Cuba. “Mi experiencia es singular –dijo- así que no sirve para hacer generalizaciones. Tengo conciencia de que estoy en esta Isla cuando abro los ojos en la mañana y la primera pregunta que me viene a la mente es ¿Qué voy a comer hoy?”

 

@ELPAIS


 
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