VIDA, MUERTE

Américo Martin

Américo Martín
@AmericoMartin
amermart@yahoo.com

 

I

            El país y el mundo tuvieron a la vista las dos presentaciones, las dos movilizaciones. Se necesita estar bien comprometido con el gobierno para no apreciar la enorme superioridad de la organizada por la alternativa democrática en comparación con la escenificada el lunes por los partidarios del presidente Chávez. No se trata sólo de más cantidad y de mayor entusiasmo. No es sólo un asunto de espontaneidad de uno en contraste con las imposiciones del poder en el otro. Es, sobre todo, un asunto de mensaje.

            En política, me consta y he aprendido eso, es vital conocer la dirección de la corriente de la historia, frente a la cual no queda sino cabalgarla o frenarla. He hablado de la “corriente” histórica y no de la dirección del viento porque no se trata de adecuarse oportunistamente a los caprichosos flujos del aire, sino de entender adónde se dirigen las tendencias profundas, vale decir: qué es lo que define el progreso y qué el retroceso. El cambio progresista es en este caso la candidatura de Capriles y la trampa de un pasado ineficiente, la del presidente Chávez. No son dos personas. Son dos tiempos, dos estilos, dos modelos. Capriles encarna la aspiración hondamente sentida por una mayoría que se opone a la prolongación por seis desesperadamente largos años lo que ahora hay. Chávez está al descubierto: durante trece años, disponiendo de  más recursos que todos los gobiernos del pasado, está dejando a Venezuela en condiciones deplorables, con una progresiva pérdida de oportunidades y un peligroso menoscabo de las garantías y derechos fundamentales.

 

II

 

Y eso no es todo. La ofensiva oficialista contra el Derecho Internacional Humanitario y la Comisión y Corte interamericana de Derechos Humanos descubre la intención de seguir despojando de sus libertades a los ciudadanos. Cree poder hacerlo sin el ojo avizor del sistema jurídico que se dio la Humanidad tras intensas luchas contra dictaduras tradicionales o revolucionarias. El régimen no termina de entender la inutilidad de semejante esfuerzo. Aunque se “retire” de esas organizaciones, ellas no se “retirarán” ni desertarán de su obligación de enfrentar las continuas violaciones de los derechos humanos. Con el agravante de que la sola intención de desafiliarse  configura lo que en el argot del boxeo llaman “golpe telegrafiado”, un amago fácil de conjurar porque revela su trayectoria.

Da la impresión de que la alternativa democrática estuviera compitiendo con un rival confundido, sin visión, lleno de pasiones que a veces son muy malas consejeras. Déjenme poner un ejemplo: en el estado de Florida (EEUU) están inscritos 23 mil electores, en su mayoría, claro está, opositores. En las primarias del 12 de febrero votaron 12 mil. Quiere decir que el potencial electoral de Capriles podría superar  bien los 15 mil votos. Al tomar una decisión tan burda y antidemocrática como la de cerrar el Consulado y prohibirle a los venezolanos sufragar en el lugar donde residen, los jefes del PSUV a contrapelo ponen en conocimiento del mundo su miedo a la derrota y su desprecio al derecho constitucional de elegir. Proceden como badulaques incapaces de comprender que 15 mil votos no inciden en forma importante en el resultado electoral. Pierden mucho y no ganan nada.  Y sobre todo pierden cuando provocan a esos miles de venezolanos a demostrar que de todas maneras votarán, pero ahora lo harán con un notable esfuerzo  movilizador que será un acicate para millones de electores en todo el territorio nacional.

 

III

 

En la dramática confrontación del 7 de octubre se va a apreciar la incidencia del dinero y el peso del uso abusivo del poder en una competencia que encuentra al gobierno y a su líder en mal estado. Personalmente dudo mucho que en un momento tan dilemático como el que vive nuestro país la compra de conciencias o la ocupación masiva de espacios publicitarios puedan trastocar sensiblemente la voluntad popular.

La cuestión se ha reducido a términos que tocan a la gente de manera directa y profunda. No se necesita mayor complejidad para elaborar el mensaje. Capriles lo ha entendido, diría, perfectamente. Lo que está en juego no es el falso dilema entre capitalismo y socialismo.  En país alguno del hemisferio esa ha sido la materia a decidir. Tampoco es el especioso y falaz esquema oligarquía-proletariado ni tonterías parecidas. La alternativa democrática ha presentado ofertas para responder a las carencias fundamentales y las necesidades del país, aparte de que ha reunido a los mejores y más desinteresados talentos de Venezuela. Pero el debate se percibe de otra manera.

La madre de los problemas está en el mensaje de Capriles a favor de la paz, la unión, el diálogo  y la participación de todos en el progreso y desarrollo. El asunto es de dramática sencillez: paz o violencia, progreso o retroceso, unidad o división, diálogo o procacidad.

Capriles es un joven lleno de ideas y experiencias que, deseoso de servirle a Venezuela, recorre el país con asombrosa tenacidad. Chávez, el actual presidente, se empeña en gobernar sólo para sus seguidores, tapiza el ambiente con insultos hirientes, se aferra a modelos anacrónicos y carece de la salud, la vocación popular y la fuerza de movilización que caracterizan la acción de su rival. Rasgos éstos que se manifiestan también en quienes los presentaron. Erika de la Vega, belleza y pujanza juvenil. José Vicente, un adulto mayor, diríase algo trajinado.

La alegoría de la vida. La alegoría de la muerte.

 

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