CUATRO IMAGENES

Milagros Socorro

Milagros Socorro


MILAGROS SOCORRO
msocorro@el-nacional.com 

 

Cuando en el futuro se haga balance de estos meses, previos al cambio que ha de producirse en Venezuela, seguramente se aludirá a las semanas de encierro del Presidente de la República, al secreto que rodeó su agonía y a los apresurados manejos de la jerarquía bolivariana para ocultar sus delitos y preservar sus fortunas.

 

Se hablará de los esfuerzos del pacífico Henrique Capriles para conectar con un electorado acostumbrado a la confrontación e idiotizado por las limosnas.

 

 

Es posible que, al describir la degradación del régimen en trance de desplome, se mencione la irracional crueldad del grupo oficialista que irrumpió en la oficina de la Secretaría General de la Federación de Centros Universitarios, agredió a los estudiantes que hacían preparativos para la marcha de postulación de Capriles y luego incendió la única salida del edificio con los 30 bachilleres dentro.

 

En suma, las acciones públicas de estos días tienen tal dramatismo que seguramente solaparán, al hacerse el balance de este mundo en disolución, las vivencias cotidianas de los venezolanos. Es, de hecho, lo que vemos en la actualidad: el silencio del Presidente es más ruidoso que los ayes de angustia de una población torturada por la inseguridad ciudadana, que no tiene a quién acudir en busca de protección y justicia.

 

Para dejar constancia de lo que estamos viviendo, al margen de las elecciones y del tránsito mortal del jefe del Estado, consignaré aquí cuatro imágenes que dan idea cabal de la Venezuela de esta hora. Son episodios de los que he tenido noticia de primera mano, ya porque me lo contaron las propias víctimas o porque tuve ocasión de verlo.

 

1. Al cerrar la puerta de su carro, el ingeniero siente los brazos que lo atenazan y el susurro en la nuca. Es un secuestro en plena calle de Caracas. Lo meten en una camioneta donde ya se encuentran cuatro personas evidentemente aterrorizadas. Ve sus ojos crispados, escucha su respiración acezante y rápidamente concluye que es el quinto rehén en esa pesca criminal.

 

2. Los tres hombres armados se cuelan en un apartamento de clase media en Maracaibo. Dentro están tres mujeres: una escritora y profesora universitaria, su madre de 84 años de edad y la empleada doméstica. Los tipos llegan pidiendo dólares y prendas.

 

Recorren el inmueble volcando gavetas y destrozando cerraduras.

 

Exigen que las víctimas se queden quietas. La señora mayor los mira a los ojos y los increpa: “Desgraciados ­les dice­, sois muy valientes cuando estáis armados. No sois más que unas mierdas”.

 

La escritora, probablemente una de las docentes más respetadas de la Universidad del Zulia por su solvencia académica, su dedicación a los alumnos y su primoroso cumplimiento con los horarios y normas de la institución, sólo atina a rogarle a su madre que mantenga la mirada en el piso.

 

3. Me cuesta reconocerlo cuando lo encuentro después de muchos años. Era un hombre precioso del que poco queda, tras la expropiación de su finca en Perijá.

 

El despojo lo arrojó a la desesperación, estado del que ha ido saliendo con gran esfuerzo. Su relato da cuenta de unos productores del agro perseguidos con saña por un régimen autoritario, que, encima, ha pactado con los irregulares que se dedican a extorsionar, humillar, secuestrar y asesinar venezolanos en las fronteras. Muchas son las escenas ignominiosas que ha visto y que va refiriendo con el dulce acento de ese confín del Zulia. Me cuenta de los hacendados que sacan su ganado por las noches para evitar que los invasores lo maten al día siguiente en esos festines de sangre y mugidos a los que se entregan quienes no han trabajado la tierra ni visto crecer los becerros. Los detalles configuran un fresco de violencia, bajezas y horror en el que destaca una visión: “No puedo explicar lo que se siente ­me dice­ cuando uno ve llegar al guerrillero que viene a cobrar la vacuna… acompañado por un capitán del Ejército de Venezuela”.

 

4. Esta semana vi, a la orilla de la autopista número 2, en Maracaibo, una valla con la cara de Chávez y una frase: “¡El Zulia va con vos!”. Al pie de la pieza publicitaria se encontraba (es posible que todavía esté) un vehículo marca Toyota, propiedad del Comando Regional Nº 3 de la Guardia Nacional. Está ahí, con dos funcionarios dentro para custodiar la foto y evitar que el Zulia vaya… a ofrendarle churretes de pintura.

 

Artículos relacionados

Top