DOS INSCRIPCIONES

Diego Bautista Urbaneja

DIEGO BAUTISTA URBANEJA
dburbaneja@gmail.com 

 

Sólo quien acepte la propuesta de Chávez es digno de llamarse pueblo

 

La mera comparación de las concentraciones que acompañaron a los dos candidatos presidenciales, confirma una característica central de nuestra situación política: la coexistencia de dos concepciones de la democracia, de dos conceptos de pueblo, incompatibles entre sí.

 

En la enorme manifestación que estuvo en la inscripción de Capriles, se expresó una idea de pueblo como una entidad plural, que aspira a vivir bajo reglas que valgan para todos, y bajo las cuales todos puedan tener la oportunidad de progresar. Bajo el paraguas de esas normas se deja a cada quien la decisión de cómo va a concebir y realizar su propio progreso. La propuesta de gobierno de Capriles, viene a ser una manera de definir a través de cuáles políticas las fuerzas que lo respaldan entienden que todos pueden prosperar. Pero lo importante es que se concibe al pueblo como esa instancia plural, cuya diversidad ha de ser manejada por esas reglas donde todos los sectores, todas las personas, pueden moverse en busca de su prosperidad. Eso incluye el que siempre serán posibles otras ofertas políticas, que simplemente propondrán otras reglas, otras políticas, para manejar la diversidad y obtener el progreso. Las derrotas y las victorias siempre son en este esquema de validez temporal. La misma diversidad del pueblo asegura que siempre estarán en disputa versiones contrapuestas respecto a cómo debe conducirse el país, presuponiéndose siempre que el pueblo es concebido bajo el signo de la pluralidad. La democracia consiste entonces en la presencia de los procesos y los derechos que permiten a los ciudadanos escoger cuál de las versiones en competencia les parece la preferible y hacerla realidad.

 

Pero luego está la otra concepción. La que vestida toda de rojo, acompañó a Chávez a su inscripción. Según ella, el pueblo no es una pluralidad. Es un bloque unificado en torno a la figura de un líder, del que deriva su ser, su identidad. Por lo mismo, sus objetivos son los que esa figura unificadora defina, y respecto a ellos no hay diversidad que valga. Dentro de esta concepción, los que no comulguen con esa entidad cuasimística constituida por la unificación con el líder, no caben en esta idea de pueblo. Simplemente, no son pueblo. La lucha política no es una competencia entre diversas versiones del progreso y las vías para llegar a él. Es la lucha a muerte entre el pueblo así definido y sus enemigos. El desenlace de esa lucha tiene que ser definitivo, y saldarse en la derrota total y aniquiladora del contendor. De ahí la obsesión por la “irreversibilidad”. La democracia es la victoria de una parte del pueblo sobre otra, o más exactamente, de acuerdo a lo que hemos dicho, del pueblo sobre lo que no es el pueblo, por numeroso que esto sea.

 

En esta concepción, la cantidad o la calidad del contendor es una consideración secundaria. Puede ser toda una mitad del país, menos uno. Con esa mayoría está justificado el aplastamiento total del enemigo. En realidad, ni siquiera haría falta ser mayoría: basta con ser el pueblo, y eso viene dado por la relación con el líder. Todo eso de la mayoría, de los procesos electorales, de las reglas de juego, son elementos dilatorios de esa victoria aniquiladora, que en esta concepción del pueblo se aceptan porque no hay más remedio, porque así lo impone la cultura democrática de la sociedad y el contexto internacional. La de Chávez no es entonces una oferta política: es la única oferta política que un pueblo digno de tal nombre puede aceptar. En realidad, la cosa es circular, porque dentro de esta concepción sólo quien acepte la propuesta de Chávez es digno de llamarse pueblo.

 

La consecuencia de la primera concepción, en cuanto a vida política se refiere, es la periódica competencia política por la conquista del favor de ese pueblo plural y diverso, al cual todos pertenecen y en el cual todos caben. Nadie está en la búsqueda del aniquilamiento de nadie, y todos se entienden como condición de todos los demás. En la segunda concepción, la vida política se transforma en una lucha agotadora en la cual una parte busca aniquilar a la otra mientras esta se resiste y, siendo demasiado grande, tiene con qué intentar ser la que prevalezca, para salvación de todos, incluidos los pretendientes a ser sus verdugos.

 

Los venezolanos tenemos que decidir de cuál forma de pueblo queremos formar parte, en cuál forma de democracia queremos vivir. Los hechos cotidianos hablan con mucha claridad respecto a lo que está en juego. Lo demás está en nuestras manos.

 
Diego Bautista UrbanejaDiego Bautista Urbaneja

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