La marcha roja

FRANCISCO GAMEZ ARCAYA
@GamezArcaya 

 

Con cincuenta y cinco años encima, una esposa y dos hijos adolescentes, José Luis gana un miserable sueldo limpiando los baños del cuarto piso del edificio que ocupa una importante dependencia del gobierno. Siete años fregando a diario lavamanos y urinarios que le permiten a José Luis pagar un insuficiente mercado quincenal. Un trabajo digno y honrado hasta que recibe las humillantes circulares. Cuando le llega una, José Luis preferiría revolcarse en las pestilencias propias de su sitio de trabajo antes que pasar por esas vejaciones. El viernes de la semana pasada le tocó, otra vez.

El superior del piso llegó al encuentro de José Luis con una carpeta en la mano. Se le acerca, como lo ha hecho ya con el resto de los empleados del piso, lo saluda escuetamente y, sin verlo a los ojos, le entrega la carpeta. José Luis la abre, lee el papel con la dificultad de siempre y ve el sello y la firma del jefe. Para evitar filtraciones tiene que devolver la carpeta de inmediato. Le dan libre la tarde del lunes y lo invitan a presentarse en la planta baja del edificio para embarcarse en el autobús que lo llevará a una farsa más. No hay amenazas directas en la circular que leyó, nunca las hay, pero conoce muy bien el destino de varios de sus compañeros, hoy desempleados, cuando sus nombres no aparecieron en las listas de control que se firman en la puerta del autobús y al final del evento.

Pasa el fin de semana y José Luis no le cuenta a Marta, su esposa, el obligado plan del lunes. Repetir y discutir el asunto lo único que le trae es mayor repulsión y por eso prefiere hacerlo sin cuestionamientos, como un autómata.

Llegado el día lunes, José Luis hace la limpieza final de los baños con el desdén propio de la rabia contenida. A la hora prevista se cambia su maloliente pero digno uniforme de trabajo por el rojizo atuendo que le entregan, nuevo y reluciente. La repugnancia y la vergüenza no le permiten verse en el espejo. Baja las escaleras, firma la temida lista de asistencia y se embarca en el autobús de turno, confundiéndose entre sus compañeros ante la colorada uniformidad. El trayecto va acompañado de una arenga incomprensible a cargo de un desconocido con acento extraño. Al arribar al punto de concentración, José Luis es nuevamente censado y se le asigna un supervisor, el cual velará que él y otros tantos sigan hasta el final la ruta trazada. Bandera en mano y pito en boca emprende la caminata, la cual concluye ante los pies del líder máximo.

José Luis llega a su casa en la noche, consciente de que su cuerpo sirvió una vez más para ocupar de rojo ese metro cuadrado de calle que las cámaras querían enfocar. Antes de llegar a su casa se cambia de ropa. Al abrir la puerta se encuentra con Marta y los muchachos que lo esperan viendo televisión. Marta y José Luis no dicen palabra de lo que ambos saben. José Luis asqueado y Marta llena de esperanza destellante. Todavía tenía el alma alegre y los pies adoloridos por los diez kilómetros que había caminado el domingo.

 

 

 

 
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