EL GRAN FRACASO

Victor Maldonado

VICTOR MALDONADO C.
victormaldonadoc@gmail.com
Twitter: @vjmc

 

 

Trece años son 4745 días. Cada uno de ellos con la onerosa carga de 34 homicidios. Cada uno de ellos con su propio aporte de delitos contra la propiedad y otros crímenes afrentosos como los secuestros, extorsiones, y esa violencia por goteo que nos hace más pesada la vida, sin que ningún venezolano pueda evadir esa sensación de miedo que se cierne en forma de pesadillas y temores. Nos hemos convertido en un país violento y cruel, donde la vida y la dignidad de las personas valen poco menos que un teléfono celular. Pero, ¿cómo ha podido ocurrir esto? Vale la pena volver a echar el cuento.

Todo comenzó con el estilo trasgresor con el que se inauguró esta “revolución”. Las primeras imágenes del novel presidente, el día que tomó posesión, comunicaron al país cuál iba a ser el estilo: llegó y abrió el arca donde reposa el Acta de la Independencia, y se dedicó un largo rato a hojear el texto sagrado que registra la valentía de nuestros padres fundadores, la mayor parte de ellos por cierto, ciudadanos civiles que luego se trastocaron en militares por la fuerza de las circunstancias. Con ese gesto Chávez nos dijo que él no creía en límite alguno para su poder de disposición. Seguidamente pasó a la ceremonia de investidura y violó la Constitución vigente cuando sin aviso y sin protesto la declaró moribunda y llamó al proceso revolucionario que aun no ha concluido. Claro está que ante ese primer gesto debieron activarse los anticuerpos de la república, pero lo que observamos fue “el temblequeo de las piernas” y esas ansias tan venezolanas de no llevarle la contraria al hombre fuerte del momento. La guinda de esa inmensa torta fue el discurso que pronunció el presidente ante el desfile militar que se iba a realizar en su honor. Allí dijo que la gente podía tener justificación a la hora de robar. Que una de ellas era el hambre y otra la pobreza. Con esa frase instauró un régimen de impunidad patrocinado por el gobierno y avalado por el ideólogo y líder del proceso. Pero con eso también señaló que la propiedad privada no iba a ser ni garantía ni derecho, sino un obstáculo para esa redención social que su comunismo en proceso debía conseguir por la única vía que podía imaginar un militar: por la fuerza. Que no queden dudas. El presidente Chávez es la causa eficiente de la inseguridad y la violencia que sufren los venezolanos.

Sigamos con la historia. Se estimuló un proceso de empoderamiento del odio y del resentimiento y se señaló por cualquiera de las vías posibles que “dentro de la revolución todo era posible”. Que la adhesión al presidente y la lucha por su proyecto político avalaban cualquier expresión de impunidad. Para los rojos-rojitos no hay ley. Surgieron los comandantes de los colectivos armados. Lina Ron fue su mejor expresión pero no la única. La apología al terrorismo, el culto a líderes guerrilleros, la concesión de zonas liberadas para que sean administradas al margen del monopolio de la violencia legítima, el uso de radios comunitarias para la gavilla política y el manejo de las instituciones del Estado para perseguir y amedrentar, son una lista incompleta de la lectura que podían hacer los venezolanos sobre cómo cuadrarse y cuáles eran los grados de libertad concedidos en agradecimiento a la lealtad revolucionaria. Por si fuera poco, esta es “una revolución armada” contra nosotros, los disidentes, los no revolucionarios, que somos poco más que la mitad del país. El concebir una relación social fundada en esta guerra de baja intensidad, pero guerra al fin, en la que ni a un empleo se puede aspirar porque para eso está la lista de Tazcón, solamente podía producir como consecuencia esta violencia que nos está matando.

Por último, la lógica económica que favorece el ocio, el rentismo de los más pobres, y la disponibilidad para que por esas grietas se cuele la delincuencia organizada y el narcotráfico. Un inmenso sistema de subsidios que corroe la moral y deja tiempo libre para ir contra los otros, tal y como insistentemente insiste la propaganda gubernamental. Mientras tanto, el gobierno desmonta las policías, las desarma, y repite la fracasada estrategia de confiar la seguridad ciudadana en militares. ¿Podrá el General Benavides trastocarse de represor y verdugo a garante de la seguridad ciudadana? Él, que se ufana de ser el adalid más conspicuo de este proceso de impunidad y desarme de la institucionalidad, ¿podrá imponer la ley? ¿Cuál ley?

A Chávez no le importa la seguridad ciudadana. En su programa de gobierno solamente dedica un pequeño párrafo al tema, pero para insistir en el error de la evasión: Sigue hablando que el camino es la revolución, la misma que en 13 años se ha convertido en un gran fracaso, porque ¿qué otra cosa puede ser esa terrible cifra de 34 asesinatos por día? ¿Amor? No lo creo.

 

 

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