El Pelé blanco

Waldemar Iglesias

Zico fue uno de las grandes figuras de los años 80. Formó parte decisiva del mejor Flamengo de la historia y se destacó en el seleccionado brasileño en España 1982. Le decían el Pelé blanco. Aunque no fue campeón mundial,  justificaba su condición de crack en cada partido.

 

 Zico, símbolo de un seleccionado para el aplauso.

Llovía en el Monumental. Un River en días complejos vivía una noche de entusiasmo en aquel octubre de 1982. El mejor Flamengo de la historia recién había sucedido y estaba enfrente. El año anterior, el equipo brasileño había ganado todo lo que tenía en su camino. El Liverpool, campeón de Europa, podía dar fe: en Tokio, en la final Intercontinental, sufrió una de las palizas deportivas más enormes de su historia de glorias repetidas. Y ahí, sobre el césped de Núñez, por las semifinales de la Copa Libertadores, el Fla de Zico demostraba que seguía siendo capaz de asombrar a todos en cualquier rincón del mundo. “Fue 3-0. Un baile. Lo pasó por arriba. Una superioridad que impresionaba”, cuenta ahora, en plena redacción, el periodista Marcelo Maller. Sucede también ahora, en días de retirada del Barcelona de Pep: los equipos inmensos viven en este tipo de recuerdos, más allá de los colores de las camisetas. Y los jugadores que fueron sus caras más visibles -sus emblemas- habitan esas mismas memorias. Como Messi ahora, Zico era entonces el mejor de los mejores.

De su padre, que era arquero amateur y trabajaba como panadero y como sastre, no heredó el entusiasmo por el puesto pero sí la inquebrantable simpatía por el Fla. José Antunes Coimbra, inmigrante portugués, le regalaba a cada uno de los siete hijos que tuvo la camiseta del Flamengo y la del seleccionado brasileño. Sobre aquellos días, Zico -el menor de los Antunes- contó en una entrevista con el sitio de la FIFA: “Teníamos una bandera en casa, nuestro cachorro se llamaba Mengo, el pajarito Cardeal, por ser rojo y negro, esas cosas”. Era, desde la niñez, un autétinco flamenguista, un rubro-negro. Ya a los doce o a los trece, Zico jugaba con jóvenes cinco años más grandes, incluso a pesar de su físico breve. Dos de sus hermanos, ambos futbolistas del América de Río de Janeiro, lo sabían de sólo mirarlo un rato: él era el mejor. Cuando O Galinho (El Gallo, como le decían) llegó al Flamengo, el club -como el Barcelona con Lionel Messi- invirtió en un tratamiendo para su fortalecimiento. En breve, se obervaron los resultados. Al talento de mago que traía desde los tiempos de la cuna le sumó la estabilidad que su físico comenzaba a garantizar.

Para los hinchas de Flamengo que aplaudieron hasta quedarse sin manos a Romario, a Bebeto y a Leónidas da Silva, Zico es “o maior craque da historia”. El mejor de todos. Pero no sólo del club. Se referían y se refieren al mundo. Sucede que ellos vieron la mejor versión de aquel futbolista que justificaba cualquier elogio y cualquier adjetivo grandilocuente. De aquellos días, también lo recuerdan los premios: fue elegido como el mejor jugador sudamericano en 1977, 1981 y 1982. La Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) lo ubica en el top ten (puesto siete) de los mejores jugadores sudamericanos del Siglo XX y lo señala como el mediocampista con más goles del mundo (406 en Primera División). Su apodo de entonces, también hablaba de su relevancia: “O Pelé branco”. Zico era El Pelé Blanco.

Once años después de ser el mejor futbolista de Sudamérica, Zico seguía siendo capaz de lo mejor. Lo escribió Eduardo Galeano: “Fue en 1993. En Tokio, el club Kashima disputaba la Copa del Emperador contra el Tohoku Sendai. El brasileño Zico, astro del Kashima, hizo el gol de la victoria, que fue el más lindo de los goles de su vida. La pelota llegó, en centro cruzado, desde la derecha. Zico que estaba en la media luna del área, entró con todo. En el envión, se pasó: cuando advirtió que la pelota le quedaba atrás, dio una vuelta de carnero en el aire y en pleno vuelo, de cara al suelo, la pateó de taco. Fue una chilena, pero al revés. – Cuéntenme ese gol – pedían los ciegos.” Luego, lo llamaron El Gol Escorpión. Cuentan que en Japón, casi dos décadas después, todavía se habla de aquella jugada.

Entre aquel gol y su magia pura para el Flamengo, Zico también se dedicó a ser ídolo en un ambiente presuntamente hostil para su estilo exquisito: el calcio. Quienes conocen la historia y la vida ìntima del Udinese saben que la Piazzale Argentina, donde se encuentra el estadio Friuli, bien podría haber sido rebautizada a mediados de los años 80, cuando Zico le dio al equipo bianconero la posibilidad de ser protagonista en la Serie A. Lo cuenta la propia página de la institución del norte italiano: “La llegada de su Majestad Zico significó estadio siempre lleno”. Récord de hinchas en el contorno y fiesta en el campo de juego. Sobre todo en la primera campaña. En la temporada 83/84, Zico hizo 19 goles en 24 encuentros. Luego, entre lesiones y un inconveniente judicial (vinculado a cuestiones económicas), su recorrido final se desdibujó. Entonces, volvió a casa, a su Flamengo, para volver a tomar impulso.

Su vida vinculada al seleccionado brasileño resultó un encanto deshecho antes de su desenlace feliz. Fue el rostro más sonriente del Brasil de 1982 que finalizó triste ante el pragmatismo italiano. Fue el crack de otro Brasil para el aplauso, en México 1986. El recorrido finalizó en aquellos penales luego de los 120 minutos ante Francia, en ese partido de los cuartos de final que mucho se pareció a lo mejor de la historia. Sí, es verdad: a Zico le faltó eso, la máxima cita, ese espacio que por detalles obliga al segundo plano a cracks sin olvido posible. Como dice el escritor mexicano Juan Villoro: “El máximo tribunal de un futbolista es el Mundial. Messi tiene ahí una asignatura pendiente. Maradona no logró tanto como Pelé, pero es obvio que Brasil pudo haber sido campeón en 1970 sin Pelé. En cambio, Argentina solo podía ser campeona con Maradona. En definitiva, no sólo importa ganar un Mundial, sino cómo se gana”. Queda una impresión: el Brasil de Zico pudo haber sido un perfecto campeón en aquellas Copas del Mundo. El destino no quiso.

Zico tenía una manía: anotaba todos sus goles en un cuaderno. Sus números personales, más amplios que los reconocidos por la FIFA y entidades de estadísticas, señalan que convirtió 826 goles en 1.180 partidos. Pero él -más allá de consagraciones y de datos, de Mundiales sin vitrinas y de goles multiplicados- tal vez sea tal cual lo narra el periodista Manolo Epelbaum, quien lo vio crecer y consagrarse bien de cerca: “Arthur Antunes Coimbra. ¡Simplemente Zico! Es de aquellas personas que, en cualquier tiempo o era, sobreviviría a su época, o sea: a su propia temporalidad. Con toda y absoluta certeza, los años y las décadas se sucederían y sus historias, sus hechos, sus triunfos y sus jornadas, permanecerían vivas. Pasarían de boca en boca al paso de las generaciones, probablemente aumentadas y enriquecidas por los agregados de la fantasía, de la imaginación y de la pasión popular. Este es el destino de los mitos, de los héroes, en fin, de aquellos que resumen y arrebatan la emoción y las esperanzas de su público. Y Zico es todo eso y algo más, quizá…”. Eso, Zico.

 

 
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