LA ARROGANCIA O LOS PIOJOS

Sergio Dahbar

SERGIO DAHBAR

 

Está documentado que los psicóticos se identifican con figuras históricas fuertes. Es un lugar común de la cultura universal que establezcan cierto nivel de transferencia con Napoleón Bonaparte: la clásica mano metida dentro del uniforme a la altura del estómago es una marca registrada de que algo extraño sucede en la azotea.“Si no soy nadie, seré Napoleón”.

 

El tema llegó incluso a convertirse en un guiño cinematográfico que no hace falta explicar demasiado.


El desequilibrio está ahí, sin necesidad de mencionarlo por su nombre. “Enfermos de identidad ­diría Juan Luis Linares­ se ven obligados a construirse otra, alternativa, de naturaleza delirante”. Ni hablar de los que creen que Bolívar anda suelto por ahí o pretenden descubrir quién lo asesinó como si fueran miembros del escuadrón de CSI.

La pregunta más importante de todas pareciera ser si Napoleón padecía los rasgos que luego se mineralizaron a lo largo de la historia como una conducta errática, señal de que la percepción de la realidad se distorsionó de manera irreversible.

Hace algunos años la BBC de Londres reveló nueva evidencia genética: las enfermedades transmitidas por los piojos jugaron un papel esencial en la desastrosa retirada de las tropas de Napoleón durante su incursión en Rusia en 1812.

Investigadores de la Université de la Méditerranée en Marsella analizaron la pulpa extraída de los dientes de soldados que perdieron la vida durante la campaña. Los científicos encontraron que algunos tipos de tifus y fiebre de trinchera ­enfermedades transmitidas por piojos­ eran comunes dentro de la Gran Armada. El estudio fue publicado por el Journal of Infectious Diseases.

En este caso la historia es más confiable que la antropología forense. Napoleón emprendió la campaña contra Rusia en el verano de 1812 con 600.000 hombres, 150.000 caballos y más de un millar de cañones. Así lo inmortaliza su edecán, el conde Philippe-Paul de Ségur, en un libro que para suerte de mucha gente se consigue en Caracas y debe leerse ya: La derrota de Napoleón en Rusia (Duomo/Océano).

Nadie superaba a Napoleón en grandeza hasta 1812. Provenía de una familia de la pequeña nobleza italiana y, a salto de numerosas hazañas militares en Egipto, Italia y Francia, con 24 años de edad ya era general de brigada.

Seis años más tarde, primer cónsul de la República Francesa. Y el 2 de diciembre de 1804, emperador absoluto.

Napoleón, con 40 años, dominaba toda Europa, desde el Atlántico hasta el río Niemen. Era un conquistador, un administrador y un legislador. Pasaba revista de las tropas para saber qué necesitaban, y ese soldado que conocía a sus hombres era el líder que encarnaba las mejores aspiraciones de la Revolución Francesa.

Pero no pudo advertir que llevaba a medio millón de personas a la muerte segura. La Gran Armada era una ciudad que se movía lentamente: consumía recursos imposibles. Era una operación insostenible, una máquina de muerte que sólo servía para una guerra puntual y rápida. No pudieron soportar el frío del invierno ruso por tiempo y menos la terca decisión del zar de no rendirse.

Como apunta con tino el prologuista de La derrota de Napoleón en Rusia, Mark Danner, esta epopeya trágica revela como pocas épicas la “caída del héroe, la precariedad de la gloria y su inevitable tendencia al exceso”.

El mismo Danner, periodista norteamericano que ha cubierto guerras en Centroamérica, Balcanes e Irak, hace observaciones y preguntas esenciales: “Ningún ejército, no importa cuán grande sea, puede vencer el odio”. “¿Cómo crear a partir de esa destrucción un orden duradero?”. “¿Cómo vencer a un enemigo que se niega a reconocer la derrota?”.

Si alguna lección confirma la tragedia de Napoleón es que “el poder depende, ante todo, no de las armas de la guerra o de los hombres que las empuñan, sino de la constelación política necesaria para su despliegue”. El tiempo y los rumores son esenciales.

El testimonio del conde Philippe-Paul de Ségur representa una lección para muchos capitanes de empresas modernos: la arrogancia ciega al ser humano. El poder deslumbra con su parafernalia y aleja a los hombres de la realidad. Por eso Napoleón siempre será un referente de que nuestra cabeza ha perdido la cordura.

 

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