La idea de La Roja es que el 9 son todos

España se emparenta a las grandes selecciones de la historia, como el Brasil de los 70 y la Holanda de Cruyff, que jugaban con falsos delanteros centro

Eduardo Rodrigálvarez / Madrid

 

Los jugadores celebran la victoria ante Bonucci.

Las grandes revoluciones empiezan siempre por las personas. En el fútbol, también. Si algo emparenta a La Roja con el Brasil de los 70, y en general con las grandes selecciones de la historia, es la apuesta por el hombre por encima de la táctica. La gran revolución de aquella canarinha del Mundial de México fue que Zagallo apostó por los mejores futbolistas, independientemente del amontonamiento de características similares en su juego. Se decía que Brasil jugaba con cinco dieces, es decir, con cinco grandes estrellas dignas de lucir el mítico número que señalaba al mejor futbolista. Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino. Cada uno hacía una pequeña dejación de sus características para aplicarse en tareas no habituales en sus clubes. En España, Xavi, Iniesta, Cesc, Silva y Xabi Alonso tienen esa jerarquía. Pero hay más. Mata y Cazorla, a pesar de su escasa participación, tienen una contrastada credibilidad como líderes de sus equipos.

España emparenta con la idea que trasciende al dibujo táctico y apuesta por la calidad. Nada más electrizante que cuadrar el talento, en lugar de las flechas de una pizarra. “Dos grandes jugadores solo son incompatibles en el banquillo”, decía un entrenador español cuando le preguntaban si este y aquel, al ser parecidos, no podían coincidir en el equipo.

La idea de la La Roja es que el nueve son todos, los 23 elegidos, por su versatilidad y porque la mayoría de las grandes selecciones ha ocultado al delantero centro. La Holanda de 1974 tenía a Cruyff como falso 9, y como falso 4, y como falso 10 y como falso líbero. No es el desorden táctico sino el orden de la calidad.

Del Bosque aguantó el chaparrón y siguió apostando por sus bajitos buscando el equilibrio del colectivo, sin renegar de nadie, pero manteniendo la idea lo más intacta posible. Eso no ha quitado para que Negredo o Torres (máximo goleador del torneo) hayan tenido su protagonismo, como podía haberlo tenido Fernando Llorente en situaciones determinadas.

No hay mejor sensación que la que deja una selección cuando cuenta con futbolistas hábiles para varias posiciones. Futbolistas que rompen el corsé, sin desatender la táctica de un equipo que siempre está al servicio de la idea.

Las grandes selecciones (Hungría en los 50, Brasil y Holanda en los 70, el Brasil de los 80 del doctor Sócrates) han pasado a la historia por la calidad de sus futbolistas más que por la posición que ocupaban en el campo. España, modelada por el fútbol de toque, por la autoestima y por la fe, ha hecho prevalecer algo que no tiene precio: el estilo español, reconocible en todo el mundo, identificado. Además, Del Bosque ha tenido que jugar este torneo sin su delantero de referencia, David Villa, lesionado, el rematador más acreditado para el fútbol de La Roja.

La ausencia de Villa no ha modificado la idea de Del Bosque; la apuesta fue la misma

Los centrales del equipo rival se quedan sin referencias ante estos jugadores que hacen de la movilidad y el ingenio sus principales armas. No es fácil perseguir sombras que no se guían por los rayos del sol. Que, en cierto modo, van a su bola. Como no era fácil marcar a Jairzinho, que cosía el balón a la bota, o a Gerson, puro talento concentrado en cada posición, en cada momento del partido; o a Pelé, o a Kocsis, o a Kubala.

La sorpresa en el fútbol tiene un valor incalculable. Y la sorpresa está muy asociada a la inteligencia. Una función que se manifiesta mejor cuando un equipo tiene llegadores de segunda línea, con capacidad para sorprender, para imaginar, para inventar.

Por eso el nueve de España podía ser cualquiera de los 23 seleccionados, como cualquier brasileño de los de Zagallo en 1970 podía cumplir esa función, encantados con su forma de jugar, fueran dieces o cuatros, sietes u onces.

España, como el fútbol, ha cambiado. El dinamismo ha ido sustituyendo poco a poco el estatismo de las posiciones inalterables. Ni el 9 tiene que ser necesariamente alto, ni el 5 tiene que ser obligatoriamente musculoso. Y el 9 puede ser Messi y el 5, Baresi.

 
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