Silencios de un corrupto

FRANCISCO GAMEZ ARCAYA
@GamezArcaya 

 

Acaba de salir de su amplio baño recubierto en mármol. El vapor ha empañado todos esos rincones de impecables acabados travertinos. El funcionario sale enrollado en sus toallas inmensas y da chance a que la nube se asiente con el correr del aire fresco que viene de su cuarto. Al regresar, se mira en el espejo mientras abotona su camisa. Han quedado atrás los días en que buscaba en el periódico las temporadas de ofertas de camisas nacionales. La camisa inglesa que viste hoy lo hace ver elegante, al menos según su recién estrenado criterio en la materia. Cuántas carencias puede ocultar el buen vestir.

Mientras se mira orgulloso, recuerda cuando todo comenzó. Las cosas han sido fáciles desde el inicio. Adulancias oportunas, amigos adecuados y moral flexible han bastado para que el funcionario sea todo un ejemplo de prosperidad súbita. Al elegir las yuntas tiende a la sencillez, no por austeridad sino por prudencia. Recuerda con rencor aquella malintencionada foto que un periodista apátrida publicó de sus yuntas de oro. Dobla los puños de la camisa y siente nuevamente las moribundas patadas de una conciencia que ha tratado de dominar a fuerza de placeres. Piensa en el escaso mérito de todo lo que tiene, en sus limitadas capacidades y talentos, en su pobrísima formación intelectual que dista mucho de la requerida para afrontar las responsabilidades de su cargo actual. Cierra las yuntas y recrea en su mente las mismas teorías que han hecho claudicar en el pasado esa voz interna que le remuerde. Insiste en que la colectividad del robo y las necesidades de su familia hacen menos directa la culpa.

Cumplido el amarre de los puños, procede a elegir la corbata adecuada. Repasa la agenda mentalmente. No hay actos públicos y el día se anticipa tranquilo. Por eso puede escoger con libertad entre sus cientos de rojizas corbatas de sedas francesas. Mientras manipula la lujosa prenda con exagerado cuidado y hace con absurda reverencia el primer intento de armar el nudo, le viene a la mente la aterradora posibilidad de que todo eso termine pronto. El funcionario padece el mal de todo parásito que vive de la estima de un gobernante abusivo. Se cree eterno y rara vez piensa en un imposible destino que lo obligue a abandonar el dulzor del poder. Pero el miedo vuelve de a ratos y lo golpea en la cara.

Una vez terminado el nudo y ajustado el traje italiano, el funcionario elije una correa de marca pero de hebilla discreta y unos zapatos que le hacen juego. Los compró en el imperio. Menos mal que ya no hay eventos públicos al aire libre, piensa. Era insoportable su sufrimiento cuando sus carísimos zapatos se manchaban del barro hediondo y marginal.

Ya los escoltas lo esperan para llevarlo a su despacho y el celular del funcionario comienza a sonar incesantemente. El cortísimo espacio de silencio que reinaba cuando se vestía ha terminado y él respira aliviado. Esos ratos mudos le despiertan aquellas desagradables voces y miedos que hoy, por ejemplo, harán que su copioso almuerzo no le caiga bien. Buen provecho, funcionario.

 

 

 
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