El hechizo de la palabra

Alex Capriles M.


AXEL CAPRILES M.
acaprile@ucab.edu.ve 

 

Nuestras vidas no son más que figuras retóricas de un discurso dominante

 

Por algo tenemos tantos más abogados, narradores y poetas que matemáticos y físicos. Nos seduce la palabra. Nos fascina el pico de oro. Es parte de una herencia rabiosamente española. Ya lo señaló Miguel de Unamuno: “nuestro don es ante todo un don literario, y todo aquí, incluso la filosofía, se convierte en literatura”. Tan es así, que el país entero se nos ha convertido en ficción. Pero es mucho más que el gusto por el realismo mágico, el deleite en la prosa poética o la fascinación por la oratoria populista de más baja extracción. Es el dominio absoluto del verbo. Es el imperio del nominalismo; el desprecio total de la lógica, de los hechos y de la realidad. No tenemos que hacer nada ni contrastar nada. Basta con nombrar las cosas para que ellas sean creadas. Nadie se preocupa por verificarlo. Nuestras vidas no son más que figuras retóricas de un discurso dominante.

Venezuela es un país que crece económicamente al ritmo de la India, donde el desempleo se achica agigantándose la informalidad y donde la pobreza disminuye sin cesar, a pesar de que frente a nuestros ojos las barriadas y la miseria se incrementan día a día y toman todos los lugares verdes que quedan en la ciudad. El índice de desarrollo humano se mantiene también en alza aunque él incluya seguridad ciudadana o sostenibilidad para generaciones futuras en términos económicos, sociales y ecológicos.

Nuestra fijación en la palabra, en el decir y la manera de decirlo, es tan acentuada que poco importa la comprobación y contrastación de los enunciados. Un verbo grandilocuente y ampuloso declara el amor infinito por los pobres y decreta el fin de la pobreza, y para que ella desaparezca se ordena simplemente cambiar la forma de medirla. Así, las transferencias se computarán como subsidio a la pobreza y los actos corrupción, como Pudreval, el famoso caso de compra millonaria de comida podrida con cobro de comisiones, reducirán mágicamente los índices de pobreza. Pensamos que, a partir de octubre, surgirá otra Venezuela atenta a las realidades y a la acción.

 

 

 

 
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