LA LIBERACION DE HUGO CHAVEZ

Diego Bautista Urbaneja


DIEGO BAUTISTA URBANEJA
dburbaneja@gmail.com 

 

Quizás el venezolano que más necesita que Henrique Capriles gane las elecciones se llama Hugo Chávez Frías.

 

Así que si uno no es chavista, no es venezolano. Según una noticia que leo, eso dijo Hugo Chávez el 24 de junio. Sabíamos del “Estado soy yo” de Luis XIV. Eran tiempos en los que estaba fuera de toda duda que los reyes lo eran por designación divina. Aun así, todavía se cita la frase del monarca francés como emblema de desmesura política.

 

El hombre que nos gobierna está enfermo. No de la enfermedad física de la que tanto se habla. La que en verdad lo aqueja es anterior. Es una de las peores enfermedades que hay y es una enfermedad del alma. Es la enfermedad del poder.

 

En su caso ha llegado a niveles verdaderamente críticos. Porque llegarle a negarla a los demás la nacionalidad por no ser su partidario es algo que sobrepasa todo lo que la cultura democrática puede soportar. No es el primer caso. Ha habido en la historia política del mundo otras causas políticas, otros líderes, que han identificado la pertenencia, la sumisión a ellos, como condición y señal de patriotismo, de gentilicio, de existencia casi. Pero es mejor no nombrarlos.

 

“Contra mí”

 

Habíamos supuesto que en política democrática el extremo de la intolerancia y del fanatismo era la afirmación de que “el que no está conmigo, está contra mí”. Pero eso para Chávez son frases de niño. Lo suyo va mucho más allá. Él piensa que quien no está con él no es nada, es menos que nada.

 

De ahí el nivel de la campaña oficialista contra la candidatura opositora. Es simplemente un festival de insultos. Algo diferente a eso hubiera supuesto admitir que el adversario es alguien y eso no puede ser admitido. Se observa cómo en eso no hay resquicio. El mensaje oficialista es en eso monolítico, terriblemente fiel al espíritu de su conductor supremo.

 

Por eso es tan profundo lo que está dilucidándose en las próximas elecciones. Los venezolanos tenemos que aprovechar esa ocasión para romper esa cadena de odio. La derrota del oficialismo es una verdadera empresa de liberación, nada menos que de nuestro interior, de nuestras almas. Liberación de un proyecto que quiere que nos enfrentemos sin misericordia, separados por una barrera infranqueable que parta a Venezuela en dos. Liberación de la forma en que ese proyecto ha penetrado en el alma nacional.

 

En este país no puede volver a oírse una frase como la que da pie a este artículo. Nadie puede negarle a otro su condición de compatriota. En el campo de los que no apoyamos a Chávez creemos lo contrario: que los que posiblemente van a salir derrotados el siete de octubre, los venezolanos que respaldan al comandante, sí son venezolanos, muy venezolanos. Son tan venezolanos como yo, y como todos los que vamos a votar por Capriles. Tenemos que decírselos, tienen que saberlo, tienen que saber que nosotros creemos eso.

 

Chávez quiere encerrar a sus partidarios en una jaula de odio, y quiere hacer de sus adversarios unos seres llenos de ese sentimiento terrible. Él quiere que sus adversarios seamos lo que él dice que somos, unas personas llenas de odio contra los militares, contra sus partidarios, y quiere sembrar en ellos un odio hacia nosotros que sea respuesta al que él quiere hacerles creer que les tenemos. Es una de las empresas políticas más perversas de que se tenga noticia.

 

Paternal

 

Con frecuencia leo a un destacado columnista que se refiere a Chávez con cierto afecto paternal, compasivo. Como lamentándose de que lo que era básicamente un buen muchacho barinés haya terminado siendo ese desaforado enfebrecido, esa apariencia de ser sin sentido de los límites. He simpatizado con esas líneas, porque sospecho que allí se ha producido un enorme desvío de personalidad, que convirtió en ese enfermo de poder a alguien que iba a ser cualquier otra cosa menos eso, vaya usted a saber qué. Pitcher quizás. Y ahora conecto esas lecturas con este artículo de hoy. Porque se me ha ocurrido pensar que eso que se vio desviado está allí, acurrucado, esperando que lo libren, como en aquel viejo juego del escondite, y en una reflexión mía que puede ser tan infantil como el juego ese. Porque se me ocurre que esa liberación de la que antes hablaba, esa liberación del odio, de ese deseo de sentir odio por sus adversarios y de que sus adversarios lo sientan por él y por los suyos, no tenga un beneficiario más connotado que el barinés en cuestión. Porque quizás el venezolano que más necesita que Henrique Capriles gane las elecciones se llama Hugo Chávez Frías.

 

 

 

 
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