CIUDADANO Y USTED

KARL KRISPIN 

Karl Krispin

Todos escuchamos a diario el peso que la voz ciudadanía y los derechos individuales tienen o deben tener en nuestras sociedades contemporáneas. Vivimos atestiguando como un latiguillo, aquello de la construcción de ciudadanía, de la educación para la ciudadanía y lo vital de que el cuerpo social actúe en equilibrio y defensa de esos derechos imprescriptibles y propios de las sociedades democráticas. Una sociedad acentúa sus paridades cuando el Estado garantiza que sus ciudadanos ejerzan esas prerrogativas y además establece su rol de árbitro para que se cumplan adecuadamente. Los derechos ciudadanos vienen construyéndose en un lapso histórico que se identifica con la época moderna, desde el famoso Bill of Rights o Carta de Derechos de 1689, cuando el monarca inglés, Guillermo de Orange, se obliga a someterse al Parlamento hasta nuestros días. Cuando es  derrotado el llamado Ancien Regime, la revolución americana y la revolución francesa celebran la llegada del ciudadano y establecen la igualdad de los hombres ante la ley. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789, que aparece con la puntualidad de un siglo después,  pone la piedra fundacional en el reconocimiento de las libertades y el establecimiento de un control para los propios actos estatales.  Como en todo papel resistente,  la afirmación de los derechos ciudadanos se leía muy bien. Es la época en que pasamos de ser súbditos a ciudadanos con la proclamación de que los privilegios no existirían y que a todos se les trataría de usted, sin excepciones ni miramientos.

 

 

El proceso histórico ha sido lento, difícil, arduo, sangriento y doloroso. Desde los picos del pensamiento occidental del Iluminismo cuando los teóricos de la razón establecieron la negociación transaccional entre los individuos y el Estado hasta el advenimiento de los fascismos, de las dictaduras comunistas totalitarias y su posterior derrota en el siglo XX, ha corrido mucha agua bajo el puente. La propia revolución Francesa generó la época del Terror en nombre del nuevo genoma de los comités de Salud Pública. Luego, curiosamente, el emperador Napoleón Bonaparte exportó los conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad al resto de Europa y el siglo XIX europeo es el escenario de la lucha entre los absolutismos y las libertades en la Europa continental. De hecho cuando el Congreso de Viena de 1815 reimpone el viejo régimen, el virus contagioso y emocionante de la libertad se terminará esparciendo por el Viejo Continente como lo inevitable. La lucha por hacer verdad la conjugación de un trato de ciudadano se toma más de un siglo, a veces dos siglos como en los Estados Unidos al producirse en los años sesenta la integración y la igualdad social plenas en ese país.

 

Nuestro Arístides Rojas escribía que el siglo XIX constituyó la emancipación del espíritu y con ello deja colar ese proceso de conquistas que llegó hasta América. Pero el ejercicio verdadero de la ciudadanía tendría que esperar en nuestro país hasta el siglo XX, a pesar de algunas laxitudes toleradas y permitidas en el siglo XIX. Nuestra república fue censitaria de 1830 hasta 1848, personalista con los Monagas hasta 1859, en 1854 la República abandona el esclavismo, impropio de cualquier invocación ciudadana, fuimos fratricidas entre 1859 y 1863, estables con los liberales amarillos hasta 1899, volvimos a la guerra entre 1901 y 1903 y seguimos dictatoriales hasta 1935. A partir del año 36 Venezuela entra en el siglo XX según Mariano Picón Salas a construir su aspiración de democracia y ciudadanía cuyos años estelares van desde 1936 hasta 1948, y de 1958 hasta 1998. Entre 1830 y 1899 convivieron mirándose de reojo los partidos históricos venezolanos: el Conservador o Rojo y el Liberal o Amarillo. Las diferencias podían pasar del periódico a la tribuna, y del congreso al campo de batalla. Esta construcción de institucionalidad se topó en el XIX con que la sociedad ensayaba a republicanizarse y mientras lo hacía, irrumpieron los caudillos, los hombres de armas, los herederos de la Independencia a quienes Bolívar en el Discurso de Angostura habla claramente de “recompensarlos con los bienes de la Nación”, sin duda la frase más obedecida y de mayor alcance a lo largo de los años que sugirió aquel histórico documento.

 

 

Arístides Rojas

Juan Vicente Gómez acaba con toda la discusión política y lo logra al punto de que la generación de 1928, que alienta la arquitectura nacional del post-gomecismo tiene que alfabetizarse políticamente para la fundación de los partidos socialdemócratas y socialcristianos que regirán el panorama venezolano del resto del siglo XX. Todo vestigio conservador o de liberalismo económico fue barrido en la neogramática política que aparece posteriormente a Gómez, con excepción de los años de López y Medina. Es por ello que la toma del Estado se perfila como el primer paso para la metaforización de las aspiraciones ciudadanas siempre con la venia de los pro-estatales. Una de esas raras operaciones la constituye la suspensión de los derechos económicos durante casi cuarenta años, decisión paradójica  adelantada por Rómulo Betancourt al día siguiente de la promulgación de la Constitución de 1961.

 

Juan Vicente Gómez

En algún ensayo del pasado escribí que los partidos políticos no se democratizaron adecuadamente en su evolución y que esa distancia con los ciudadanos, en su labor de intermediación, favoreció su implosión y el advenimiento de los antipolíticos hacia los ochenta, precisamente en el tiempo cuando pensamos que comenzaría nuestra navegación institucional a velocidad de crucero. Esto quiere decir que desdibujaron el ejercicio de la ciudadanía y lo segregaron a los despachos de sus jerarcas. Esto es parcialmente cierto. Pero existen otras variables que valdría la pena examinar. Coincidencialmente, este proceso comienza con la desaparición física de Rómulo Betancourt y unos años más tarde se perfecciona con lo que Simón Alberto Consalvi y Carlos Andrés Pérez llamaron “la rebelión de los náufragos”, los apóstatas del sistema, ahora desaparecidos o arrepentidos.

 

Napoleón Bonaparte exportó los conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad al resto de Europa.

La ciudadanía, más allá de las tantas definiciones que jalonan los tratados políticos es, en resumidas cuentas, la capacidad que tenemos para convivir, respetarnos, interactuar, ejercer nuestros derechos, tolerarnos, obedecer las leyes y cumplir nuestros deberes. Nuestro querido DRAE la define como: “1. f. Cualidad y derecho de ciudadano.2. f. Conjunto de los ciudadanos de un pueblo o nación.3. f. Comportamiento propio de un buen ciudadano”. Norberto Bobbio la califica como “el pasaje de la prioridad de los deberes de los súbditos a la prioridad de los derechos de los ciudadanos”.

 

El ejercicio de la ciudadanía implica la confirmación de la libertad que es el bien supremo por el cual la humanidad ha estado luchando desde la derrota del antiguo régimen. Cuando hablamos de ciudadanía vinculada a la libertad nos paseamos por la necesaria convivencia, armónica e irrenunciable entre la tabulación de los derechos y el cumplimiento de los deberes. Esto implica una cuidada síntesis del ciudadano como hombre social, económico, político y cultural como un todo. El ejercicio de la ciudadanía valora el comportamiento de un individuo educado, consciente de la necesidad de interacción y respeto social, acostumbrado a vivir en una sociedad donde impere el Estado de Derecho, donde él sea una pieza importante del pacto social y de la confirmación efectiva de la ley como lo aceptado. Los ciudadanos deben ser ante todo sujetos activos en su rol de defensa de la democracia como sistema de garantía de las libertades individuales: en este sentido su colaboración debe estar vinculada a la necesidad que tiene el cuerpo social de contar con todos sus componentes societales. La ciudadanía y la certeza que sobre este ejercicio deben tener los ciudadanos es la forma de garantizar la paz social.

 

No sé si como aquel personaje del Cándido de Voltaire, Pangloss,  podemos decir que vivimos en el mejor de los mundos pero lo que sí es cierto es que el mundo hoy parece mejor. Parece mejor, no obstante que las sociedades contemporáneas han incrementado, especialmente en Hispanoamérica, sus problemas de exclusión y de necesidad de replantearse un sistema de justicia social o repartición equitativa. Navegamos entre el permanente debate de las correcciones económicas y allí es donde solemos no poner el ojo con la misma acuciosidad con la que lo hacemos en términos de la cuestión política. Los derechos económicos están igualmente vinculados al ejercicio de la ciudadanía ya que un individuo debe realizarse plenamente en la sociedad y contribuir a ella desde el punto de vista económico. Las sociedades donde existen menores desequilibrios económicos y en las que los prósperos abundan, son las que reciben una contribución más efectiva de sus ciudadanos, tributariamente hablando, para cumplir con los cometidos del Estado. Se trata de hacer verdad aquella vieja aspiración de que el Estado viva de la Nación y no sea la Nación la que viva del Estado. Estructura por cierta bastante pervertida en una Venezuela rentista tradicionalmente pendiente de las reparticiones del Estado. De allí que nuestra ciudadanía y su ejercicio hayan estado tan constreñidas a la aparición de un gobierno que favorezca y ampare las libertades ciudadanas que impactan en la vida económica.

 

 

En una sociedad de ciudadanos libres, de individuos plenamente realizados o en realización de sus libertades políticas, sociales, económicas y culturales, el Estado debería ser apenas un árbitro, un mediador, un equilibrador pero en ningún momento ese ogro filantrópico al que se refería Octavio Paz desde la perspectiva mexicana o ese Leviatán enemigo de las iniciativas individuales en nombre de un siempre sospechoso bien común que cambia según la retrechería idiomática del gobernante de turno, que asume el monopolio de la interpretación de la felicidad como buen prometedor del paraíso en la Tierra.

 

Yo no soy economista, apenas un escritor que le interesa el curso de la historia y tampoco creo que haya una fórmula económica única. Si en los tiempos de la Gran Depresión americana o inclusive durante la reciente crisis hipotecaria de los sub-primes se hubiese acogido el criterio de la Escuela Liberal Clásica de la economía, los resultados habrían sido apocalípticos, porque existen ocasiones en que el Estado debe necesariamente intervenir para salvarnos del naufragio colectivo. Pero esas son las épocas puntuales de crisis. En los momentos en que la normalidad del ciclo económico no conjuga los sobresaltos, el Estado debe comportarse como un bonus pater familiae que no ponga en peligro la emprendeduría de los individuos, su derecho a la realización económica, su contribución a la riqueza de las naciones y en resumidas cuentas su inalienable derecho de ejercer su ciudadanía en términos económicos.

 

En 1983 en nuestro país vivimos una jornada negra económica que elevó a la categoría sistémica la palabra crisis y la sembró, la adhirió, la pegó al imaginario colectivo del pueblo venezolano. Fue una suerte de encunetamiento económico: veníamos por una impecable autopista rumbo al futuro, en la absurda creencia de un precio del petróleo elevado para siempre. Como no supimos contemplar con tino la realidad, se nos fueron los frenos y perdimos el rumbo.  La evolución de los siguientes años se realizó sobre la base de no acometer las correcciones que restablecieran la armonía y hasta se pensó en una reforma política y cosas tan de ciencia ficción para la realidad de lo que se vivía como una nueva constitución. Es como si alguno de ustedes quedara en la ruina y para disfrazar la situación, optara por cambiarse el nombre. Eso fue lo que se llevó a cabo: buscar el atajo político ante una situación de desequilibrio económico. Los únicos dos gobiernos que en la historia reciente de la República trataron de enderezar los entuertos económicos, fueron los gobiernos de los presidentes Luis Herrera Campíns y Carlos Andrés Pérez, y estos señores terminaron crucificados en el Gólgota de la opinión pública.

 

Uno de los peores momentos desde el punto de vista institucional para la democracia venezolana lo constituyó la salida de la presidencia de la República del presidente Carlos Andrés Pérez. La caja de Pandora se desató y liberó sus demonios quedando al menos la esperanza que renegociamos cada cierto tiempo. En ese momento la mirada del ciudadano acusó a los partidos políticos que aparecieron como anillo al dedo para establecer un chivo expiatorio a la medida de los raciocinios tranquilizadores de la mayoría. Y aquí vuelve a surgir el problema del ejercicio de la ciudadanía ligado al mantenimiento de una cultura política. Rómulo Betancourt una vez señaló que su máxima realización había sido fundar Acción Democrática (algunos chistosos de la política sostienen que la descubrió) porque se trataba de una organización de intermediación institucional que lo sucedería y garantizaría la continuidad de un proyecto político. Igual ha debido pensar Rafael Caldera, no con tanto convencimiento, pues abandonó su creación. Lo que importa es que habíamos construido y estabilizado, en términos de nuestro ejercicio ciudadano político, un sistema de partidos que mal que bien servía de base al sistema y su defensa, aunque haya que señalar que la sentencia de extrañamiento aparente al bipartidismo venezolano ocurrió entre otras cosas por la carencia de una vigorosa democracia interna de esos mismos partidos con las excepciones del caso. Los candidatos al geriátrico permanecieron y los jóvenes se volvieron viejos en un juego suma cero.

 

Hay que ver de cerca y por encima de todo, ejercer la duda, alrededor de este aprendizaje del pueblo venezolano a finales de los noventa cuando se pontificaba, como una verdad de fe, que la sociedad civil había crecido y se había desarrollado de tal forma que sobraban los partidos políticos. Si a esta ensalada le agregamos el ataque calibrado al sistema por parte de actores políticos, económicos y mediáticos de peso, cuando se produjeron los golpes de Estado del año 92, entre telenovelas como “Por estas calles”, el orden de cosas apenas requería de un empujón para precipitarse.

 

En aquel momento, nuestro aprendizaje colectivo ha debido invitarnos a buscar una fórmula de cordura política que salvara lo construido pero la mayoría del pueblo venezolano eligió con entusiasmo a una propuesta originada en el golpismo que se planteaba refundar a su modo la República y  que solicitaba en el fracasado sistema cubano un motivo de su inspiración romántica. Mas aún, nos agregaron el cognomento de bolivariano, lo cual adjetiva prejuiciadamente la ciudadanía. Si hubiésemos tenido la verdadera conciencia del destino que nos jugábamos, al que sólo bastaba corroborar leyendo la prensa diaria, el pueblo ciudadano habría optado por otra solución. Finalmente a la historia no le interesa aquello que hubiese podido suceder sino lo que estrictamente pasó. La refundación triunfó y en seguida el bolivarianismo comenzó a imponer la tesis de un pensamiento único y de un socialismo para todos en violación de la Constitución del 99.

 

Otra crisis política, la del golpe de Estado de 2002, precipito y polarizó aun más la situación. Desde entonces vivimos el vértigo de elecciones tras elecciones, de esperanzas tras esperanzas y de demonios tras demonios. Sin embargo, nuestro ejercicio ciudadano, desde el punto de vista político se ha enriquecido por acción o reacción y el económico se ha empobrecido como esos diagramas económicos de los cómics que apuntan hacia el abismo. De lo único que nos podemos ufanar es de un alto precio del crudo porque la industria privada nacional ha sido prácticamente desmantelada y en los campos ya ni Santos Luzardo espera con nostalgia la llegada del ferrocarril.

 

Sin libertad no hay ciudadanía.

Desde el punto de vista decisor, hay un crecimiento de democracia participativa y protagónica, expresado en el empoderamiento de los sectores que tradicionalmente estuvieron excluidos en nuestro país a través de los consejos comunales, las mesas técnicas de agua y los mecanismos de inclusión que el actual orden de cosas ha promovido. De una parte el país polarizado representa el gran peligro para la construcción de ciudadanía pues los incluidos temen ser excluidos al poseer el Estado el monopolio de la decisión económica.  Por otra parte, los antiguos excluidos y ahora incluidos (porque según cifras de la CEPAL nuestro país ha reducido a la mitad la pobreza crítica además del incremento de los beneficios sociales a una población necesitada a través del programa de las Misiones) temen también perder sus más recientes conquistas. Volvemos al punto de origen del problema: el Estado repartidor, decisor de destinos, munificente, empresario, no suele crear estímulos para la competencia ni la puja individual. El centro de la sociedad debe ser el individuo y la suma de los individuos: no la fantasía del colectivismo sino un Estado compuesto por administradores prudentes que velen por la justicia y equidad para todos.

 

El peligro más inminente que enfrenta el ejercicio de la ciudadanía y la libertad es precisamente un orden de cosas político que se vende a sí mismo como monopolio de la verdad en un eje pueblo-conductor-partido como en el clásico esquema fascista, incluyendo además a las fuerzas armadas como guardia pretoriana de un proyecto político exclusivista. La democracia de un solo color no existe,  el sistema económico de un solo cariz no existe, el pensamiento único no existe como no sea en Corea del Norte o en la mente de un fundamentalista terrorista, la hegemonía comunicacional es propia de las dictaduras y un país en manos de un solo hombre tendrá la dimensión de su cerebro, como ironizaba John Milton respecto a la comprensión de lo infinito.

 

La consciencia política del mundo de hoy dejó atrás a los fascismos y al socialismo real y de hecho no hay sistemas puros sino híbridos o cooperantes, y las sociedades contemporáneas están empeñadas en cómo armonizar la libertad de mercado con oportunidades de igualdad para todos, en medio de un discurso que privilegia la pluralidad y un mundo de agregados permanentes con base en las particularidades, las pluriculturas, los derechos de las minorías, la integración de los excluidos y los deseos de una mayoría que se manifiesta en los gobiernos elegidos pero con respeto a los derrotados. Hoy el ejercicio de la ciudadanía amplía su radio de acción en la combinación de los derechos políticos, económicos, culturales y sociales en una sociedad de naturaleza polifónica, la de muchas voces.

 

Las venideras elecciones del 7 de octubre tienen la señal de que muchas cosas están en juego porque seguimos enganchados al carromato de la política como única pieza verificable del orden ciudadano. Dependemos como nunca para la realización de nuestra personalidad societal el contar con socios confiables que consientan la opción de afirmarnos o respetarnos la libertad o, por lo contrario,  la manipulen para los fines del Gobierno o del Estado, que no necesariamente siempre coinciden con los de la sociedad civil.

 

Tenemos dos escenarios: la versión del voluntarismo del líder, su culto a la personalidad, un partido de gobierno diseñado para obedecerle sus deseos y caprichos. Y por otro: el escenario de la sociedad plural que se regocija de que todos pensemos distintos pero que tengamos por norte la diversidad y las oportunidades para todos, sin necesidad de portar un carnet partidista. Se trata de escoger entre la Edad de Piedra o el futuro próspero y globalizado. Cada uno de los votantes debe contarse a sí mismo como factor de resolución de la ecuación del futuro.

 

Cuando los ciudadanos toman las calles, es que temen por sus derechos, temen que alguien se los arrebate. Sucedió en febrero de 1936, volvió en los años del llamado Trienio Adeco como protesta al la tesis del Estado Docente, también en la víspera del 23 de enero de 1958, pasó a partir de 2001 indetenidamente de marcha en marcha, de concentración en concentración. La ciudadanía pateó las calles y pateó las amenazas. Ahora sucede en las redes sociales, en Facebook y Twitter, que se alzan como espacios para guarecer nuestras voces y multiplicar nuestra plataforma de reivindicaciones. El mundo tecnológico y comunicativo que nos rodea y nos reproduce de inmediato en la virtualidad es el mejor modo para contener las tiranías y sus agentes de mercadeo. Twitter, le despoja al big brother orwelliano de toda su capacidad de censura.

 

Antes de componer estas líneas, encontré en el blog del profesor Norberto José Olivar, a quien agradezco su invitación y celebro su extraordinaria obra literaria, la siguiente conclusión: “No es ciudadano quien no haya leído a Paul Auster”… El ejercicio de la ciudadanía hoy en día también exige a un hombre universal que necesariamente es el hombre moldeado por el proceso de la educación: un lector de Auster, de Haruki Murakami, del propio Olivar, de Hesnor Rivera, de Cecilio Acosta, de Stefan Zweig, sólo para mencionar algunos nombres, vale decir a un individuo a quien el conocimiento libera y le proporciona la mejor excusa para ser mejor, para reconocerse en la solidaridad con los demás, para medir el impacto de sus actos en la sociedad. Hombres cultos, universales, políglotas, emprendedores, que se sientan la medida de sí mismos y que no estén solicitando su realización de acuerdo a lo que reciban de un venático pariente llamado Estado sino con arreglo a lo que den a la sociedad como productores de riqueza. Este lector de Auster o de Jorge Luis Borges nos va a asegurar que no sólo será un defensor de sus derechos políticos y económicos sino de la inalienable libertad que concede la cultura, espejo de todos nosotros, rostro de nuestra ciudadanía.

 

Usted mismo, ciudadano.

 

NR. Un párrafo ha sido omitido por falta de espacio

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