El drama de las encuestadoras

Argelia Rios

ARGELIA RIOS
Argelia.rios@gmail.com
@Argeliarios

 

 

Las brechas que muestran las empresas entre los candidatos huelen a coartada y temor

 

Claro que hay miedo. Negarlo sería desconocer al país que hoy somos… La máquina del terror -activada para doblegar a la sociedad, mientras se solfean inflamados estribillos patriótico-independentistas- ha conseguido triturar la irreverencia que solía distinguir la relación de los venezolanos con el poder. El signo que ahora caracteriza ese nexo es el apocamiento de una robusta franja de ciudadanos, donde caben apretados sectores de todos los estratos socioeconómicos y de todos los oficios conocidos. El petroestado, devenido en poderoso partido político, es una boa constrictor que estrangula sin distinciones, incluso a quienes parecen y se creen a salvo de sus emboscadas. Nadie tiene privilegios: ni los que mejor entonan sus alabanzas al mandamás, ni mucho menos aquellos cuya actividad envuelve la exposición de las fallas y deficiencias del “proceso”. Como se sabe, la fórmula alcanza al periodismo, al igual que otras tantas ocupaciones, y no exime en modo alguno a las empresas encuestadoras.

El hecho de que los afectados se silencien no significa la ausencia de limitaciones en el ejercicio de la investigación de la opinión pública. Fingir que las cosas les caminan sobre un lecho de rosas -aun en medio del infortunio general-, no libera a los encuestadores de los efectos prácticos del tipo de violencia que supone la aplicación del chantaje y la intimidación. Si los capataces de la revolución han restringido todos los mecanismos de control público sobre su gestión, resultaría ingenuo pensar que sus radares hayan excluido a las empresas encargadas de pulsar los ánimos de la gente. Nada de extraño tiene que, aparentándose privilegiados en estos tiempos de incordios, ellas sean en cambio la expresión de una servidumbre asfixiada con guantes de seda para impedir las delaciones más variadas, incluidas las muy medulares tendencias electorales.

Es imposible descartar que también en este caso tenga cabida la autocensura, cuando no el “cuide” de un negocio manifiestamente próspero… No hay lógica que sustente la idea de que las encuestadoras son hoy un invulnerable reducto de libertad y autonomía: tanto menos en la antesala de la crucial medición de octubre, a la cual asistimos caminando sobre un campo minado. Las brechas que cada una de estas empresas muestra entre los candidatos huelen a coartada y a comodín. Huelen también al temor encubierto de sus jefes, que creen estar a buen resguardo eludiendo un imperativo del momento: sacudirse el miedo e investigar como Dios manda al muy ensanchado sector de los “NS/NR”. El país necesita prepararse para aceptar lo que sentencien las urnas, porque un resultado inesperado puede ocasionar una tragedia. No es buen plan hacerse corresponsables de ella.

 

 

 
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