LA DIFICULTAD DE APLASTAR A UN PAÍS

Tulio Hernández

 

TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net  

 

El hombre se ve incómodo. Trata de comunicar amabilidad. Pero la gestualidad corporal le traiciona. Especialmente el brazo que en vez de acercar al otro en gesto de comunión toca al prelado con distancia en una mezcla de temor con timidez.

 

El que toca es el vicepresidente ejecutivo de la República, Elías Jaua. El tocado, quien mira a la lente con expresión ambigua, es monseñor Diego Padrón, el presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana.

 

 

 

La foto está en la primera plana de El Nacional. Miércoles 11. Pero otras, más o menos iguales, con el mismo encuadre y las mismas posturas, en otros diarios del país. Registra un hecho representativo: que por primera vez en muchos años, el gobierno rojo tiene un gesto de acercamiento hacia la jerarquía católica. Y la Iglesia, con su sabiduría de siglos, lo acepta.

 

Pero, claro, no es cómodo.

 

Hay mucha herida y blasfemia de por medio. A la jerarquía católica, Hugo Chávez la ha llamado, en cadena, “demonios con sotana”. El peor insulto que, mirado desde el dogma bíblico, se le puede infligir a un cristiano. Y no ha sido el único. El ya extinto diputado Carlos Escarrá los acusó también de pedófilos. A todos los sacerdotes. Sin distinción. “Todos son unos pedófilos”, dijo ante las cámaras, para complacer a Mario Silva, el hombre de la televisión escatológica, que carcajeaba a rabiar.

 

Ahora la jugada política es en clave electoral. La Iglesia tiene la oportunidad de cobrar las deudas que el Gobierno mantiene con ella. Y el chavismo, usándola, intentará zafarse el aura de intolerancia y negativa al diálogo reforzada por el discurso de paz del candidato Capriles.

 

El chavismo ha tenido que bajar la cabeza ante un poder del que tanto ha denigrado y al que le exigía una rectificación que jamás ocurrió. Eso también es una derrota. Pero no electoral, como la del 2D, sino de opinión pública puesto que significa abandonar una política de Estado basada en la negativa al diálogo con cualquier sector que no sea incondicional al gobierno.

 

Era una lógica, totalitaria, que les daba dividendos. El que no está conmigo no es un adversario, es un enemigo. Por tanto no forma, no debe formar, parte de mi misma comunidad política. Es un indigno.

 

No hablo con él. No lo merece.

 

No pertenece a este país. Es un traidor. Un apátrida. Debería irse a Miami.

 

Pero obviamente, ya lo midieron, la estrategia de dividir ya no les beneficia y el chavismo ­a juicio de un buen amigo, un movimiento transformista: de día en la oficina con corbata, de noche en la zona de tolerancia­, intenta rápidamente cambiar de posición.

 

Que después de catorce años de intentar “pulverizarlos”, los disidentes por millones continúen en suelo patrio es también una derrota. Y que la opción democrática esté en franco crecimiento y tres gobernadores ­Guarulla, Falcón y Briceño­ hayan saltado de las filas del militarismo a las de la democracia, también.

 

El mensaje es claro: para dividir un país de manera decisiva, echar de la tierra patria a los activistas incómodos y aplastar moralmente a los restantes, es necesaria la violencia física. Para dividir un país y realizar el sueño del poder total hay que, como en Cuba, o como en la España de Franco, fusilar, encarcelar, expropiar y exiliar a mansalva. De lo contrario, el proyecto del poder total es irrealizable. Mientras haya un mínimo de libertades democráticas, aunque estén confiscadas, y aún teniendo un petroestado, hay que reconocer la existencia del otro, aceptarlo como adversario no como enemigo, sentarse a dialogar con él, y acepar la alternancia como un principio clave.

 

Dos cronistas apuestan por la interpretación de la foto. El primero, mal intencionado, sugiere adivinar en el brazo y la mirada del emisario oficial unas secretas ganas de darle un empujón al monseñor apenas pasen las elecciones. El otro cronista, fantasioso, encuentra que el gesto del arzobispo es pícaro porque está a la espera de que al entrar en contacto con la carne del representante de Cristo, el brazo del emisario oficial haga fuego y se encienda como en las películas de regresiones satánicas.

 

 
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